La fiebre del referéndum contagia a los miembros de la Unión Europea

14571963821307El mantra más viejo y consolidado de Bruselas es el que dice que cuando el eje franco-alemán funciona, Europa avanza, y que cuando las relaciones entre París y Berlín son tensas, el continente se estanca. Una variante más actualizada podría decir que cuando hay sintonía las crisis se resuelven, y cuando no hay tanta, se convocan referéndums.

La Unión se enfrenta estos meses a una serie continua de crisis con un elemento en común: la mayoría va a acabar de una manera u otra en un referéndum. Un instrumento habitual y hasta esencial, dependiendo del país, para ejercer la soberanía nacional. Una forma de huir hacia adelante en otros casos cuando la élite gobernante es incapaz de consolidarse, sacar adelante iniciativas o necesita cortinas de humo y se ampara en una llamada al espíritu democrático.

El más conocido e importante, por los potenciales efectos rompedores, es el que el próximo mes de junio llevará a las urnas a millones de británicos para decidir sobre la permanencia en la UE, pero no es ni el primero ni será el último. En julio, Alexis Tsipras lo hizo en Grecia sobre el acuerdo con la UE, y lo ganó, pese a que pocos días después acabó aceptando prácticamente lo mismo que los griegos rechazaron.

En septiembre, los polacos opinaron sobre el sistema electoral o la financiación de partidos y el sistema tributario. Rumanía tenía previsto uno para finales de 2015 sobre la reforma Constitucional, pero sigue en ‘impasse’. Bulgaria juntó más de las 500.000 firmas necesarias, pero los tribunales tumbaron miles de ellas. Se debatió en el Parlamento, pero la idea de una consulta fue olvidada.

En diciembre, el Gobierno danés llamó a sus ciudadanos a pronunciarse sobre las llamadas cláusulas ‘opt-in’ y ‘opt-out’. Dinamarca, igual que Reino Unido y en parte Irlanda, tiene un estatus particular dentro de la UE que le permite quedar al margen en determinados temas de Interior, Seguridad o Asilo. Para el resto aplican unas normas y para ellos, otras. El Ejecutivo, que defendía el sí, preguntó a los daneses si querían seguir así o ceder competencias y asumir el acervo, si querían más Europa, y el resultado fue claro: el 53.1% de los votantes dijo “no”.

Hay más. La crisis de refugiados ha hecho mella, y el primer ministro húngaro, ufano y provocado, ha amenazado con llevar a referéndum la decisión de aceptar un sistema de reparto forzoso de refugiados mediante cuotas. Los Estados Miembros aceptaron en julio del año pasado el mecanismo propuesto por la Comisión Europea para recolocar a refugiados llegados a Italia y Grecia, y en septiembre fijaron la cantidad de 160,000, pero por votación simple, con la posición en contra de Eslovaquia (que ha llevado el caso a la justicia europea) y Hungría, que ahora quiere una consulta pública. “Nadie ha preguntado a los ciudadanos en Europa si aceptan o rechazan esas cuotas obligatorias” y eso “se asemeja bastante a un abuso de poder“, denunció Viktor Orban.

Suiza es diferente, porque su tradición de referéndum está más que consolidada y es una práctica casi cotidiana, pero el último de los convocados, que se votó hace apenas una semana, recoge el ‘zeitgeist’ continental, pues sometía a consulta la posibilidad de expulsar del país de forma automática a los extranjeros culpables de delitos menores, incluyendo en casos extremos hasta infracciones de tráfico, según Efe. El resultado de la votación fue negativo.

Caso singular es el de Holanda, país que ya celebró en el pasado un referéndum con resultado negativo sobre la Constitución Europa en 2005, y que en abril someterá a las urnas algo tan llamativo para el resto de socios como el acuerdo de asociación con Ucrania, aprobado ya por el propio Parlamento y ratificado por más de 20 Estados Miembros. Hasta tres asociaciones lograron 446.000 firmas de ciudadanos opuestos a un pacto que, según su denuncia, costaría miles de millones a los holandeses. El Gobierno confía en una aprobación sencilla, e incluso el resultado no es legalmente vinculante, pero el propio presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker, ha alertado de que un “no” puede “cambiar el equilibrio en Europa”, beneficiando a Rusia

La fiebre del referéndum tiene ecos por todo el continente. En Praga, el primer ministro Bohuslav Sobotka dijo hace unos días que si la consulta británica acaba en Brexit no puede descartarse una presión de varios grupos de derecha a favor del ‘Czexit’. Marine Le Pen, eurodiputada, no oculta su predisposición a hacer lo mismo si llega al poder. En España, Pablo Iglesias, además del referéndum sobre Cataluña, ha dejado entrever que hay varios asuntos sobre los que preguntar a los ciudadanos.

Incluso Finlandia recogió a finales de año las 50.000 firmas necesarias en una iniciativa popular para que el Parlamento por lo menos estudie este semestre la propuesta de abandonar el euro. El apoyo a la moneda única está en mínimos, con poco más de un 54% de partidarios, y hasta el ministro de Exteriores, el popular Timo Soini, aseguró en público, ahora que el país cerró 2015 en recesión, que uno de los más grandes errores de las últimas décadas había sido unirse a la moneda única.

EL MUNDO