Como fabrican a los terroristas suicidas del Islam

La secta de los asesinos

 screenshot.67NOTA.- Este documento interno de la CIA sobre técnicas de asesinato cita a Hassan Bin Sabbah, demostrando la vigencia que aún hoy tiene la mítica “secta de los asesinos”.

Los orígenes de los terroristas suicidas del Islam

1) Los orígenes de los terroristas suicidas actuales hay que buscarlos en una secta de

hace mil años cuyo legado ha llegado hasta nuestros días.

2) Hassan bin Sabbah y su “secta de los asesinos” crearon un invisible imperio del

terror que se extendía del mar Caspio a Egipto.

3) Sofisticadas técnicas de lavado de cerebro eran practicadas ya en el siglo X.

4) Los “asesinos” terminaron sirviendo de patrón y modelo de numerosas sociedades

secretas occidentales, servicios de inteligencia y hasta para el mismísimo Bin Laden.

La historia de Hassan Bin Sabbah y la “secta de los asesinos” es un apasionante relato en el que se mezclan sexo, drogas, veneración y asesinato. De nuevo nos encontramos ante una de esas ocasiones en que la realidad supera ampliamente la imaginación del más fértil escritor. Una fortaleza aislada en la cima de una montaña, un jardín paradisíaco poblado por bellas huríes, dagas envenenadas e intrigas políticas son los ingredientes de esta mezcla alquímica, en la que se encuentra el germen –hace más de mil años- de uno de los más inquietantes fenómenos de la actualidad: el terrorismo suicida islámico.

 

Año 1092: dos hombres a caballo se encuentran en los terraplenes de una

fortaleza inexpugnable conocida como Alamut, “El nido del águila”, que se yergue

majestuosa sobre los picos de las montañas de Persia. Uno de los hombres, el que va

más ricamente ataviado, es el representante personal del Sha de Persia. El otro, a

pesar de ir vestido solamente con una humilde túnica blanca y un sencillo turbante, es,

sin embargo, alguien mucho más poderoso que su invitado. Se trata de Hassan, hijo de

Sabbah, jeque de las montañas y líder de la temida secta de los hashishins, un ser que

en vida había conseguido acceder al Olimpo de lo legendario y cuyo nombre, susurrado en mercados y callejones, inspiraba el temor en todo el mundo árabe. El emisario se

encuentra comprensiblemente inquieto, pues desconoce la razón por la que su

anfitrión lo ha conducido hasta las afueras del castillo, y la siniestra reputación de

Hassan le hace temer por su vida. Sin embargo, no es ése el propósito del poderoso

jeque de las montañas. Tras unos momentos de tenso silencio el señor del castillo se

dirige finalmente a su huésped: “¿Ve usted al centinela que se encuentra sobre aquel

torreón?”. El centinela, uno de los fieros guerreros que había cimentado el poder de la

secta, era una estatua imperturbable cuya figura se recortaba entre las almenas.

Sabbah dio un silbido para llamar la atención del soldado y luego le hizo una escueta señal con la mano. No hizo falta más indicación. La figura de la túnica blanca saludó

marcialmente a su líder, dejó caer la lanza y luego, sin dudarlo un segundo, se

precipitó en una caída de centenares de metros hasta ser tragado por los abismos que

rodeaban la fortaleza. Hassan dio a su boquiabierto visitante unos segundos para que

asimilase lo que había visto y finalmente dijo: “Tengo setenta mil hombres y mujeres

emplazados a lo largo de Asia, y cada uno de ellos está dispuesto a hacer por mí lo

que acaba de ver. ¿Acaso puede su amo, Malik Sha, decir lo mismo?. ¡Y él se atreve a

exigir que le rinda pleitesía!. Ésta es mi respuesta: ¡márchese!”.

 

Esta escena, digna de una producción hollywoodense de los años treinta,

ocurrió realmente. Lo único ficticio fue la optimista estimación que hizo Hassan del

número de sus devotos, que por aquellas fechas se cifraba en algo más de cuarenta

mil, cantidad igualmente respetable. Cómo este hombre y sus seguidores levantaron

un imperio invisible que se extendía del mar Caspio a Egipto es una de las historias

más extraordinarias de todos los tiempos.

 

Históricamente, Hassan Bin Sabbah podría ser considerado como el inventor

oficial del terrorismo constituyendo su figura un antecedente perfecto de Osama Bin

Laden, quien comparte con él muchas características. Hombre de negocios, erudito,

hereje, místico, asesino, asceta y revolucionario, tan polifacético personaje nació en

Persia -la actual Irán- alrededor de 1034 en el seno de una familia acomodada de

origen yemení16. De niño, el hombre que años más tarde sería considerado como la

encarnación de Dios en la Tierra, era un diligente estudiante de teología, un celoso talibán no muy diferente de los que gobernarían en Afganistán mil años después. La

posición económica de su familia favoreció el que disfrutara de una educación

privilegiada para su época, siendo compañero de estudios de personajes de la talla de

Nizam al Mulk (que llegaría a convertirse en visir del Sha de Persia) y Omar Jayyam17

(aún hoy aclamado como gran poeta, astrónomo y matemático). Tal era la unión de los

tres amigos que hicieron un pacto por el cual si uno de ellos alcanzaba algún día una

posición de poder o influencia asistiría a sus compañeros menos favorecidos por la

fortuna18.

 

En su juventud Hassan viajó a Egipto, donde permaneció por espacio de un año

y medio. Fue allí donde abrazó la doctrina shiíta. Aprendió a cuestionar el dogma

islámico y comprendió que el mundo se transforma mediante acciones, llegando a la

conclusión de que las creencias son distracciones inútiles usadas para esclavizar a las

masas. Sin descuidar su fervor religioso, el joven Sabbah se convirtió en un hombre

pragmático que creía mucho más en la fuerza de las acciones que en la de las

plegarias, lo que le serviría más adelante como patrón para estructurar la organización

de sus seguidores…

 

Aparte de lo aprendido en las escuelas shiítas, su estancia en Egipto resultó

bastante accidentada. Hassan tuvo que abandonar precipitadamente la región a causa

de su participación en la controversia suscitada a raíz de la sucesión del difunto califa.

Sabbah fue encarcelado por apoyar a Nizar, uno de los pretendientes al trono, y podría

haber pasado el resto de su vida en prisión de no ser porque la suerte, una de las

constantes que marcaron su vida, quiso que la pared de la mazmorra en la que se

encontraba cautivo se derrumbara y pudiera, de esta manera, huir de vuelta a su

Persia natal19.

 

Durante el viaje tuvo tiempo de madurar el que sería el gran proyecto de su

vida. Para ello necesitaba un lugar apartado y seguro donde poder llevar a cabo sus

planes sin ser molestado. Así, Hassan terminó por encontrar una fortaleza aislada en lo

más alto de las montañas de Qazvin. Este castillo, llamado Alamut (“El nido del

águila”), era la plaza fuerte ideal para la nueva secta que Hassan estaba a punto de

fundar: los ismailíes nizaríes (que más tarde serían conocidos como los hashishins,

palabra de la que deriva la actual “asesinos”). Además, Alamut se encontraba en un

emplazamiento geográfico estratégicamente privilegiado que permitiría a Hassan hacer

proselitismo de su secta ismailí por toda Persia.

 

Los ismailíes son una escisión de la ortodoxia musulmana, algo así como los

protestantes dentro del cristianismo. Tras la muerte de Mahoma en 632 su discípulo

Abú Bakr fue designado para sucederlo, convirtiéndose en el primer califa del Islam.

Desgraciadamente, Mahoma no dejó tan claro como Jesús quién sería la roca sobre la

que edificaría su Iglesia y fueron muchos los musulmanes que no estuvieron de

acuerdo con esta decisión, considerando que Alí, el primo del Profeta, tenía muchos

más méritos para ser su sucesor. Así comenzó la pugna entre los sunitas -la ortodoxia

musulmana- y los shiítas -defensores de la legitimidad de Alí-, que fueron cruelmente

 

16 Edward Burman, “Los asesinos”. Martínez Roca, Barcelona, 1988.

17 http://www-groups.dcs.st-andrews.ac.uk/~history/Mathematicians/Khayyam.html

18 Ibíd.

19 http://www.newdawnmagazine.com/Articles/Secrets%20of%20the%20Assassins.htm

 

 

 

perseguidos por los primeros, que los consideraban herejes. Esta persecución culminó

en el año 680 con el asesinato de Fátima, la hija de Mahoma, que se unió a los

defensores de Alí. A partir de entonces los shiítas tuvieron su propio califa -que recibió

el apelativo de imán- y se separaron por completo de los sunitas, a la espera de la

llegada del Mahdi, un Mesías destinado a conducirlos a la victoria sobre sus enemigos.

Es precisamente en el seno de la tradición shiíta donde nacen las creencias ismailíes

como un cisma surgido por motivos sucesorios en la época del sexto imán, y que iría

cobrando fuerza poco a poco hasta la llegada en el siglo XII de Sabbah.

 

Alamut

 

Hassan se aseguró la propiedad de Alamut por medio de la sutileza y el engaño.

Su formación privilegiada le sirvió en esta ocasión para emplear una treta que ya

aparece reflejada en la Odisea atribuida a Ulises. Hassan llegó a un acuerdo con el

dueño de Alamut por el que se le vendía por un precio exiguo una porción de tierra

que se podría abarcar con la piel de una vaca. El dueño convino en ello pensando que

el joven forastero pretendía establecer un puesto de venta en el lugar, no dándose

cuenta de hasta qué punto podía llegar la inventiva de Hassan. Éste procedió a dividir la piel de la vaca en tiras sumamente delgadas que le permitieron fabricar un largo

cordón con el que abarcaría por entero el área de la fortaleza. Lógicamente, el

propietario protestó, pero los seguidores de Hassan se encargaron de persuadirlo de

que cumpliera con lo pactado.

 

Cuando los rumores de lo sucedido llegaron hasta el visir Nizam al Mulk -su

amigo de la niñez y virtual gobernante de la región, dado que el sultán había delegado

en él todas las funciones ejecutivas-20, y anticipándose a las intenciones de su antiguo

camarada, comenzó a hacer preparativos para que el ejército del sultán sitiara la

fortaleza, algo que jamás sucedería. Al día siguiente, de regreso a sus aposentos tras

una audiencia con el sultán para informarle de sus planes, Mulk fue abordado por un

sufí que en realidad era Bu Tahir, un agente de Hassan, que tras una breve

conversación clavó su daga en el corazón de Nizam al Mulk, convirtiéndolo de esta

forma en la primera víctima registrada de los hashishins.

 

Una vez consolidado su dominio sobre Alamut, Hassan empleó una considerable

cantidad de recursos en la construcción del denominado “jardín legendario de los

placeres terrenales”, un lugar que desempeñaría un papel muy importante en los ritos

iniciáticos de los hashishins. El jardín se encontraba en un hermoso valle flanqueado

por dos altas montañas. Hasta allí habían sido llevados pájaros, plantas y animales

exóticos de todo el mundo. Rodeando el jardín se construyeron lujosos palacetes de

mármol y oro, adornados con hermosas pinturas, exquisitos muebles y tapices de fina

seda. Por todos los rincones de la reducida geografía de este paraíso terrenal se

habían dispuesto los más suculentos manjares, mientras que en cada rincón se podían

ver fuentes de vino y agua fresca.

 

¿Cuál era el propósito de este exótico decorado?. Crear el marco adecuado para

la escenificación de un impactante rito iniciático que asegurase de por vida la lealtad

absoluta de los nuevos acólitos. El iniciado que era llevado al jardín de las delicias se

encontraba en estado de inconsciencia tras haber quedado fuera de combate por una

potente poción, cuyo principal ingrediente era el hachís (de ahí el nombre por el que

era popularmente conocida la secta) en forma de aceite de cannabis, y que además

contenía diversos ingredientes psicotrópicos, como hongos alucinógenos. Al despertar

de su sueño, el acólito se veía rodeado por un grupo de bellas adolescentes que le

 

20 Philip K. Hitti, “History of the arabs, from the earlier times to the present”. Macmillan, Londres, 1970.

 

daban la bienvenida cantando, bailando y tocando instrumentos musicales en su

honor. Mientras el boquiabierto joven aún intentaba reponerse de su asombro, las

muchachas comenzaban a administrarle un masaje que poco más tarde derivaría en

una pequeña orgía que incluía la práctica de sofisticadas técnicas sexuales. Éste era el

prólogo de una corta pero inolvidable estancia en el jardín que aseguraba a Hassan

que podría exigir lealtad absoluta de su nuevo seguidor y que sus órdenes serían

seguidas sin preguntas ni reparos. Tras las ruinas del castillo que todavía existen en

Alamut hay un valle semioculto por las escarpadas paredes que lo rodean por el que

fluye un arroyo de agua fresca y cuyo verdor contrasta con la sequedad del entorno

circundante. Es muy probable que fuera ésa la ubicación del mítico jardín.

 

Aunque algunos autores han cuestionado la validez como dato histórico del uso

del hachís por los asesinos, lo cierto es que se trata de un hecho cuidadosamente

documentado. No obstante, no es cierto que los asesinos ingirieran este narcótico para

relajarse antes de emprender alguna de sus expediciones de asesinato, como se piensa

en la creencia popular, sino que lo más probable es que consumieran algo de droga

antes de visitar el jardín de las delicias por última vez, como placentero prólogo de una

misión suicida.

 

Una sociedad esotérica

 

La estancia en el paraíso terrenal creado por Hassan era solamente el comienzo

de la carrera del adepto en la secta, cuyo escalafón se dividía en siete grados. Los

hashishins combinaban las doctrinas exotéricas y esotéricas del islam. Sabbah era

practicante de la alquimia y estudioso del sufismo, de modo que parte del plan de

estudios iniciáticos para los futuros hashishins implicaba el dominio de métodos ocultos para alcanzar planos más altos de conciencia, algo que en el otro extremo del planeta

ya se practicaba en otra mítica sociedad de asesinos profesionales, los ninja japoneses.

Pero no todo era meditación y preparación mental, sino que también se aprendía cómo

matar eficazmente mediante el veneno o la daga. Los iniciados eran entrenados

concienzudamente de una forma que nada tiene que envidiar a la de los servicios

secretos actuales. Recibían clases de todo tipo de materias que pudieran serles útiles para su cometido, aprendían varios idiomas, así como el modo de vestir y las maneras

propias de comerciantes, monjes y soldados. Además, les enseñaban a hacerse pasar

por creyentes y practicantes de las religiones más importantes de modo que un

seguidor de Hassan podía adoptar con éxito la identidad de cualquier persona, desde

un comerciante acomodado a un místico sufí, un cristiano o un soldado sarraceno21.

 

Para comprender mejor el éxito de los hashishins hay que asumir que el

asesinato político era una práctica muy extendida en el Islam ya antes de la llegada de

Hassan Bin Sabbah. Otras sectas y grupos habían recurrido a tan expeditivo método en

el pasado, e incluso el propio Profeta ya señaló a determinados individuos

manifestando que “no merecían vivir”, a la espera de que sus seguidores entendieran

la indirecta. Una secta extremista shiíta fue conocida en su momento como “los

estranguladores” debido a que éste era el método que preferían a la hora de ejecutar a sus víctimas22. El mundo musulmán de la Edad Media era un entorno confuso en el

que la autoridad siempre pasaba a manos de aquellos que tenían la voluntad y la

osadía necesarias para tomarla y retenerla mediante la violencia o la astucia. Los

derechos hereditarios pesaban tanto como las espadas al servicio de los pretendientes

al trono y más de un gran imperio se desmoronó a causa de estas luchas intestinas.

Imanes y califas eran con frecuencia víctimas de asesinos a sueldo pagados por

 

21 Arkon Daraul, “A history of secret societies”. Citadel Press, Nueva York, 1989.

22 E. Burman, op. cit.

 

aspirantes al cargo que, en bastantes ocasiones, terminaban sus días de la misma

forma que sus antecesores. Lo que introduce de novedoso Hassan Bin Sabbah en este

entorno es la práctica sistemática del asesinato como elemento primordial de su

estrategia, por medio de la que pretende alcanzar determinadas metas mediante la

extirpación “quirúrgica” de ciertos elementos clave de la escena militar y política.

 

Para que este planteamiento tuviera éxito la organización era un factor

esencial. La orden hashishin se basaba en una estructura administrativa que, a juzgar

por los resultados obtenidos, resultó ser tremendamente eficaz. En la cima de la

jerarquía estaba Hassan, el viejo de la montaña, cuya privilegiada mente lo mismo se

encontraba ocupada en trazar complejos planes que jugaban con el equilibrio político

de todo Oriente, que meditando sobre la interpretación de algún pasaje del Corán.

Debajo de él estaban los priores magníficos -místicos y clérigos que daban sustento espiritual al grupo-, los propagandistas o dai -encargados de predicar la palabra de

Sabbah por todo el orbe musulmán y reclutar nuevos adeptos a la causa- y finalmente

los fidai, que eran el escalafón más bajo dentro de los hashishins, aunque en modo

alguno el menos importante. Los fidai -”ángeles destructores” o “autosacrificados”-

tenían un voto de obediencia absoluta y una convicción fanática que los mantenía

dispuestos a llevar a cabo cualquier atrocidad que su señor exigiera de ellos,

incluyendo el suicidio y el asesinato. Vestían túnicas blancas con fajines y turbantes rojos: colores que representaban la inocencia y la sangre. Llama la atención que los

terroristas suicidas actuales mantengan en su iconografía ritual un atuendo muy

parecido.

 

La figura clave en esta organización eran los dai. Se trata de una figura que en

muchos sentidos resulta exclusiva de la cultura persa. Si tuviéramos que compararlos

con algo conocido, los misioneros cristianos resultarían la figura más cercana a nuestra

cultura. Como los misioneros, los dai recibían una extensa formación que los convertía

en vendedores perfectos de las ideas a las que servían, estando investidos además de

una autoridad de la que en principio carece un misionero cristiano. Su tarea era

principalmente la de impresionar a las gentes con las que se encontraban, excitar su

curiosidad e imbuirles el deseo de saber más sobre ellos y sus creencias. Una vez

enganchado un buen número de acólitos potenciales, revelaba los misterios de la

orden sólo a aquellos más prometedores, siempre y cuando accediesen a prestar

juramento de fidelidad al imán, el representante de Dios sobre la Tierra, que, en este

caso, no era otro que Sabbah.

 

Dado que los hashishins ganaban influencia en la región con un ímpetu que

parecía imparable, el Sha de Persia se sentía inseguro en su posición, lo que lo llevó a

cometer el mismo error que cometiera tiempo atrás su visir y a pagarlo de similar

modo. Apenas habían llegado las tropas a las cercanías de Alamut cuando el atrevido

monarca moría envenenado. Tras su muerte, el reino de Persia quedó dividido en

facciones que guerreaban constantemente entre sí, situación que convirtió a los

“asesinos” en el grupo más poderoso e influyente de la región durante años.

 

En ese tiempo la secta fue sofisticando sus métodos, convirtiendo el asesinato

en una forma de arte, desarrollando técnicas cada vez más audaces e imaginativas, en

las que el veneno y la daga eran sustituidos por sofisticadas trampas y técnicas que

permitían al asesino alcanzar su objetivo por muy protegido que éste estuviera. Cabe

destacar que pese a lo dicho hasta el momento no estamos hablando de una horda

sedienta de sangre y dispuesta a alcanzar sus objetivos a cualquier precio. Los

ideólogos y estrategas de los hashishins eran intelectuales que preferían utilizar la

persuasión en lugar de la violencia siempre que ello fuera posible. Entre los métodos

indirectos de persuasión, uno de sus favoritos consistía en obtener la ayuda de

mujeres y niños que ejercían una especial influencia ante padres y maridos poderosos.

 

Los sobornaban con vestidos, joyas y fantásticos juguetes traídos a tal efecto por mercaderes que viajaban por todo el mundo en busca de las más exquisitas piezas.

También supieron cautivar a algunas de las mentes más distinguidas de Oriente Medio

para emplearlas como profesores en sus escuelas o como consejeros en asuntos

mundanos. Esta sabia combinación de mano de hierro en guante de terciopelo sirvió

para que, en poco tiempo, la mayoría de la población de Persia profesara las creencias

ismailíes.

 

Místico y asceta

 

Sin embargo, a medida que sus hazañas se multiplicaban y eran cantadas y

contadas por todo el mundo árabe, Hassan Bin Sabbah fue convirtiéndose en un

personaje cada vez más misterioso y reservado, que vivió el resto de su vida confinado

por propia voluntad entre los muros de la fortaleza. Se dice que durante ese período

abandonó sus aposentos tan sólo en dos ocasiones. Llevaba una vida propia de un

asceta, consagrado a la mística y a la redacción de tratados teológicos. La ambición expansionista que caracterizaba a la secta de Hassan -y los expeditivos medios que

empleaba- no se debía a una ambición personal, sino a su condición de creyente

profundamente devoto de la fe ismailí, que quería convertir en la única corriente

imperante en el Islam. De este carácter modesto y hondamente religioso nos habla la

circunstancia de que Hassan podía aspirar a declararse descendiente directo del

Profeta con más legitimidad que otros que ya lo habían hecho, pero rechazó utilizar

esto como ventaja política: “Prefiero ser un buen sirviente del Profeta antes que su hijo

indigno”.

 

Su celo religioso lo llevó a cometer no pocos excesos entre sus propias filas. En

Alamut, como siglos más tarde en el Afganistán de los talibanes, estaba

terminantemente prohibido beber y tocar instrumentos musicales. Estas prohibiciones y

muchas otras se aplicaban con extremado celo y Hassan exigía a sus seguidores una

total obediencia. Era de una severidad inflexible, tanto que hizo ejecutar a sus dos

únicos hijos: a uno por beber y al otro por saltarse la cadena de mando cometiendo un

asesinato que no había sido ordenado.

 

Durante la última época de la vida de Hassan la secta combatió en dos frentes

bien definidos. En las cruzadas lucharon indistintamente en ambos bandos en función

de cuál de ellos sirviera mejor a sus necesidades del momento. Al mismo tiempo, no se

detuvieron en expandir su dominio por toda Persia y su influencia llegó hasta Siria,

donde comenzó a actuar una rama particularmente activa de la orden.

 

Hassan Bin Sabbah falleció en 1124, a la edad de 90 años. La ejecución de sus

dos únicos herederos hizo que tuviera que designar a dos de sus generales para que

continuaran su obra como sucesores. Uno asumió el control de los elementos místicos

e ideológicos de la orden, mientras que el otro se encargó de los asuntos militares y

políticos.

 

Durante ese período, y aprovechando el desconcierto que trajo consigo la

muerte de Sabbah, la dinastía seljúcida tomó de nuevo el control en Persia, lo que

provocó una nueva oleada de asesinatos. El primogénito y sucesor de Nizam Al Mulk

cayó bajo la daga de un fidai. El nuevo sultán, que había sucedido a su padre Malik

Sha y recuperado el control de grandes zonas del país, decidió, como su padre antes

que él, marchar contra Alamut. Una mañana despertó con una daga clavada en su

almohada. El sultán hizo un pacto con los “asesinos” por el que les otorgaba la

autonomía a cambio de reducir sus fuerzas militares y un compromiso de no injerencia en los asuntos de Estado. Fue también en esta época cuando Marco Polo llegó a las proximidades de Alamut y se enteró de la existencia de la orden, incluyéndola en el relato de sus viajes y haciendo que su fama se extendiera por toda Europa.

Los hashishins sobrevivieron durante más de cien años tras la muerte de Sabbah, hasta que Alamut fue finalmente sitiado y conquistado en 1256 por los invasores mongoles al mando de Halaku Kan, hijo de Gengis Kan. Halaku era un gran admirador de la figura de Hassan y encargó a su principal consejero que recopilara una historia completa de los “asesinos” basándose en los registros de la biblioteca de

Alamut. De este trabajo procede la mayoría de los datos históricos de los que

actualmente se dispone sobre la orden.

 

El legado de los “asesinos”

 

Tras la caída de Alamut, la mayoría de los supervivientes del grupo se vieron

forzados a la clandestinidad, manteniendo sus creencias y tradiciones en estado

latente. En la actualidad, los ismailíes nizaríes todavía existen, y están liderados por el

Aga Kan, una de las figuras progresistas del Islam. La Aga Khan Development Network

es una organización creada basándose en las condiciones de vida en las sociedades en

donde los musulmanes tienen una presencia significativa, si bien se esfuerzan en dejar

muy claro que no son una organización de carácter religioso23.

 

La sociedad secreta que creó Hassan Bin Sabbah marcó un antes y un después

en el desarrollo de este tipo de organizaciones e influyó decisivamente en las que

fueron creadas con posterioridad. Durante las cruzadas, los hashishins lucharon para y

contra los cristianos, según beneficiara a sus planes, si bien las férreas estructuras

jerárquicas de las órdenes militares mermaban considerablemente la eficacia de su

táctica de asesinatos selectivos, ya que tan pronto un personaje clave fallecía era

inmediatamente sustituido por otro.

 

Ricardo Corazón de León fue acusado en su momento de haber solicitado la

ayuda del Señor de las montañas -Sheik Al Yebel, que no era Sabbah, como

vulgarmente se cree, sino el jefe de la rama siria de la secta- para cometer el asesinato

de Conrado de Monferrato. Según cuentan las crónicas, se escogió a dos asesinos que

aceptaron ser bautizados y que fueron emplazados a ambos lados de Monferrato,

fingiendo rezar. En el momento en que se presentó una ocasión favorable lo

apuñalaron y corrieron a refugiarse en una iglesia. No obstante, llegó hasta sus oídos

la noticia de que habían fallado en su intentona y el príncipe aún se encontraba con

vida, por lo que abandonaron su escondite y se dirigieron al lugar donde yacía Conrado

de Monferrato para apuñalarlo por segunda vez. Después de esto fueron capturados y

murieron sin una sola palabra de confesión o arrepentimiento a pesar de la crueldad de

los tormentos que les fueron aplicados24.

 

Algo de aprovechable debieron ver los cruzados en los métodos de los

“asesinos” cuando los importaron a Europa y terminaron sirviendo de patrón y modelo

de numerosas sociedades secretas occidentales. Los templarios, la Compañía de Jesús,

el Priorato de Sión, la francmasonería, los rosacruces… todos deben su eficacia

organizativa al trabajo originario de Hassan. De hecho, los célebres Iluminati tuvieron

su origen en el aspecto místico de la orden hashishin25.

 

También los servicios de inteligencia, las modernas “sectas de asesinos”, han

incorporado en sus metodologías muchas de las técnicas milenarias de los hashishins.

Por ejemplo, en un manual de entrenamiento de la CIA titulado sin eufemismos “Un

estudio del asesinato”26, se pueden encontrar rastros de la influencia de los antiguos

 

23 http://www.akdn.org

24 Arkon Daraul, op. cit.

25 Destaca al respecto el brillante análisis que hace Tim O’Neill en el artículo titulado “Una historia de la venganza y el

asesinato en las sociedades secretas”, incluido en el libro “Cultura del Apocalipsis”. Editorial Valdemar, Madrid, 2002.

26 http://www.iranian.com/History/Aug97/Sabbah/index.html

 

habitantes de Alamut por todas partes, siendo Hassan Bin Sabbah mencionado

expresamente en el documento.

Con el paso de los siglos, Sabbah se ha convertido en una figura mítica que ha

servido de inspiración a artistas y literatos. El irreal mundo de Alamut, con sus sueños

de placeres inenarrables administrados por bellas huríes entre vapores narcóticos y

exóticos perfumes, resultó particularmente atractivo para los románticos. En el célebre

poema “Kublai Khan” de Coleridge, escrito según se cuenta inmediatamente después

del despertar de un sueño de opio, se describe detalladamente la leyenda de Sabbah y

de su paraíso terrenal. Coleridge llama a su Alamut de ficción “Armhara”, el lugar en que se yergue la bóveda del placer, inspirada en el jardín legendario de los hashishins.

Casi un siglo más tarde, los escritores y artistas de la generación beatnik también

consideraron a los hashishins como una de sus fuentes de inspiración, identificándose

con esa mezcla de misticismo oriental, experimentación con drogas y transgresión

social que tiñe la leyenda de la secta. El poeta y pintor Brion Gysin27 menciona a

Sabbah en muchas de sus composiciones, y William S. Burroughs escribió un brillante

poema titulado “Las palabras pasadas de Hassan Sabbah”28, donde condena como

terroristas a organizaciones modernas, como las agencias de inteligencia y las grandes

multinacionales.

 

Como vemos, Hassan Bin Sabbah es una de esas figuras que rompe la barrera

del tiempo y se mantiene vigente según las sucesivas generaciones la enriquecen con

nuevas lecturas que no son sino un fiel reflejo de la situación de cada época. Además,

supone un precedente directo sin el que resultaría imposible comprender tanto a esos

fanáticos suicidas que tanta intriga e inquietud causan entre los occidentales, como la

propia figura de Osama Bin Laden, místico, terrorista, estratega y líder, una versión

renovada del mítico adalid de los “asesinos”.

 

Bin Sabbah/Bin Laden

 

Dicen que no hay nada nuevo bajo el sol, y la historia tendría mucho que

enseñarnos en la guerra contra el terrorismo que actualmente está presenciando el

mundo. En esta ocasión, el aforismo “quien olvida el pasado está condenado a

repetirlo” parece ser algo más que un mero tópico.

 

Osama Bin Laden y su ejército de guerreros fanáticos no son sino una versión

contemporánea, casi un calco, de Hassan Bin Sabbah y su orden de asesinos. Su

escondrijo en las cordilleras de Afganistán es un recordatorio de la plaza fuerte de

Sabbah, ubicada en montañas no muy alejadas de los túneles de Tora Bora. Como

Sabbah, Bin Laden ha educado a sus guerreros desde la adolescencia para que

acepten la muerte sin dudas ni vacilaciones, como parte de un programa político

revestido de contundentes lemas religiosos que se encuentran, por fortuna, muy

alejados de lo que representa la corriente mayoritaria del Islam. Las creencias de Bin

Laden tienen su fiel reflejo en las enseñanzas wahabíes, desviación estrecha y fanática

de la providencial tolerancia mostrada históricamente por el Islam sunita.

 

La puritana versión wahabí del Islam es un movimiento sectario que emergió en

la Arabia del siglo XVIII y cobró nuevos bríos a principios del siglo XX con la fundación

del reino saudita. Según Ibn Jaldún, gran historiador musulmán del siglo XIV, un tema

recurrente en la historia musulmana es el asalto periódico a la civilización islámica por

parte de los primitivos nómadas del desierto, los bárbaros. El wahabismo es un claro

ejemplo de esta circunstancia. El propio Bin Laden -al romper con su origen saudita y

 

27 http://www.brainwashed.com/h3o/dreamachine/start.html

28 http://www.interpc.fr/mapage/westernlands/Derniersmots.html

 

todo lo que representa- confirma la teoría de Ibn Jaldún de la lucha cíclica entre los

habitantes del desierto y los que han preferido una cultura sedentaria instalándose en

las ciudades. Por ello, decir que las posturas de Bin Laden no son representativas del

mundo musulmán y que han hecho un daño inmenso al Islam y a la civilización que

representa es algo más que una justificación más o menos bienintencionada.

 

Sin embargo, aquellos que opinan que la muerte de Bin Laden es la solución de

este problema deberían asumir algunas enseñanzas de lo ocurrido hace casi mil años

en Alamut. En el caso de Sabbah, su ausencia física no extinguió el fanatismo de sus

seguidores hasta más de cien años después de su muerte, y ello tras una aplastante

derrota militar precedida por encarnizadas batallas. La enseñanza histórica de esto es

que podemos acabar con Bin Laden y dispersar su organización, pero ello no supondría

el final del problema, y la civilización occidental puede verse en la necesidad de

permanecer en guardia indefinidamente para contener el fanatismo de los guerreros

ocultos de Al Qaeda.

 

Por lo que sabemos de esta organización, no se trata tanto de un grupo

terrorista con unos fines políticos claros y definidos, como de una secta religiosa de

corte similar a la liderada en su momento por Sabbah. Ése es uno de los factores

determinantes que ha provocado la desorientación de los expertos en terrorismo. La

mayoría de sus miembros no se aproximan ni de lejos al perfil de los desposeídos de la

franja de Gaza, sino que pertenecen a la clase media y alta musulmana, cuyos jóvenes

han recibido una completa educación, muchos de ellos, como el propio Bin Laden, en

las aulas de las más exclusivas universidades de Occidente. Probablemente, la miseria

fuera algo desconocido para la mayoría de estos jóvenes hasta el momento en que

decidieron acudir como voluntarios a Afganistán. Al Qaeda encaja a la perfección en las

definiciones más aceptadas de secta destructiva. Adoctrina y se asegura la obediencia

de sus miembros mediante técnicas de control mental; forma una sociedad cerrada y

totalitaria en la que la figura del líder -autoproclamado, mesiánico y carismático- es

todopoderosa; y están plenamente convencidos de que el fin justifica los medios.

Al Qaeda recluta también el mismo perfil de adeptos que una secta destructiva.

Según el Centro Estadounidense de Información sobre Sectas, el candidato perfecto

para este tipo de grupos tiende a ser una persona inteligente, idealista, instruida,

acomodada económicamente e intelectual o espiritualmente inquieta. Unas

características que encajan a la perfección con las de Zacarías Musaui, miembro del

comando encargado de secuestrar el avión estrellado en Pensilvania y que fue

detenido por el FBI días antes de los atentados. Graduado con máster en Comercio

Internacional y educado en Francia y Gran Bretaña, Musaui, como todos los reclutas de

la secta, experimentó un visible cambio de personalidad tras regresar de su estancia en

el campo de entrenamiento de Al Qaeda. Su propia familia llegó a la conclusión de que

le habían lavado el cerebro.

 

Los estudiantes musulmanes en Europa, desarraigados culturalmente,

enajenados por Occidente, resultan particularmente vulnerables al señuelo de Osama

Bin Laden. No tienen que ser necesariamente apasionados defensores de la causa

palestina o vibrar de indignación ante la presencia de bases de Estados Unidos en el

suelo sagrado de Arabia Saudita. Al Qaeda les llena un importante vacío espiritual y

psicológico: les da un sentido de propósito en la vida, de trascendencia, seguridad e

identidad. La organización conoce a la perfección la psicología de estos jóvenes

musulmanes y pulsa con maestría los resortes precisos para convertirlos a su causa. En

primer lugar, y como todas las sectas, enseña a sus miembros a subordinar su

individualidad a la meta del grupo. El manual que Al Qaeda entrega a sus terroristas

contiene una larga serie de consejos increíblemente detallados y exige que sigan con

precisión ciertos rituales que ayudarán a inculcar la sensación de pertenecer a una

comunidad exclusiva.

 

Como otras sectas tristemente célebres, tales como el Templo del Pueblo del

reverendo Jim Jones, que protagonizó en Guayana el mayor suicidio colectivo de la

historia; La Puerta del Cielo o la Orden del Templo Solar, Al Qaeda persuade a sus

miembros para que sacrifiquen sus vidas con la promesa de un paraíso más allá de la

muerte, una técnica que, como hemos visto, ya fue utilizada con éxito hace un milenio

por Hassan Bin Sabbah.

 

Conclusión

 

Son demasiadas las semejanzas como para no pensar que Bin Laden no haya

tomado elementos de la secta de los hashishins como modelo para levantar su propio

reino de terror. Osama Bin Laden es, a fin de cuentas, una persona culta con un

profundo conocimiento de la cultura islámica. Visto de esta manera, los hashishins

tuvieron finalmente éxito a la hora de hacer perdurar su siniestro legado: una herencia

de violencia que se ha extendido a través de los siglos y ha sido capaz de infectar las

mentes de los niños de Gaza, de los jóvenes musulmanes de los barrios obreros de

Londres o de los ricos estudiantes árabes de los colegios mayores de París. Como dijo

en su momento Luis Racionero: “El Viejo de la Montaña se ha reencarnado en alguien,

es un arquetipo de la impotencia combinada con la maldad nacida del fanatismo: una

mezcla explosiva”29.

Bibliografia del libro: 20 Grandes Conspiraciones de la Historia

http://bancodepoliticosdelmundo.org/principal/cultura/bibliografia-de-20-grandes-conspiraciones-de-la-historia/