La gran conspiración contra los judíos

screenshot.71Los Protocolos de los sabios de Sión

La gran conspiración contra los judíos

Foto:

Serguéi Nilus, primer editor y propagandista de los Protocolos de los sabios de Sión. Diversos autores consideran la posibilidad de que también
fuera el autor del texto.

Del libro ” 20 Grandes Conspiraciones de la Historia”

1) Los Protocolos de los sabios de Sión han sido la fuente en la que se han basado

quienes han querido convencer a la opinión pública de que los judíos controlan los

destinos del mundo y tienen un maquiavélico plan para apoderarse del planeta y

esclavizar a todos los no hebreos.

2) Se trata de un documento apócrifo que en Rusia sirvió para alimentar la ira y la

histeria de masas que condujeron a los infames pogromos.

3) Los Protocolos son responsables en gran medida del antisemitismo nazi que condujo

a los campos de exterminio.

4) Durante la década de 1920 los Protocolos encontraron su principal patrocinador en

Estados Unidos en la figura del magnate automovilístico Henry Ford.

5) Durante la dictadura militar en la Argentina de los años setenta se llevaron a cabo

persecuciones a miembros de la comunidad judía por sospecharse su presunta

vinculación a los “sabios de Sión”.

 

Más que los diarios de Hitler o el hombre de Piltdown, los Protocolos de los

sabios de Sión son con seguridad el mayor fraude histórico de todos los tiempos. Este

documento supone el ejemplo perfecto de la cara menos agradable de la teoría de la

conspiración, la que en un momento dado puede utilizar el miedo y los prejuicios para

construir una mentira que perdura a través de los tiempos64.

No debemos olvidar que precisamente los Protocolos han sido la fuente

perenne en la que se han basado quienes han querido convencer al pueblo de que los

judíos controlan los destinos del mundo al estilo de los villanos de las películas de

James Bond, con un maquiavélico plan para apoderarse del planeta y esclavizar a

todos los no hebreos. Entre otras tristes situaciones, este libelo fue el inspirador de la

masacre de 60000 judíos, a los que se responsabilizó de la Revolución de 1917, a

manos de los rusos blancos. Su lectura por parte de Hitler, evidenciada en “Mein

kampf”, fue determinante para avivar los prejuicios fanáticos del futuro dictador. Con

el paso del tiempo se ha convertido en libro de texto entre los grupos de ultraderecha,

compartiendo estantería en las librerías dedicadas a este tipo de literatura con

panfletos supremacistas blancos y obras en las que se niega el holocausto. Incluso el

magnate estadounidense Henry Ford, que tenía una fotografía de Hitler sobre la mesa

de su despacho, escribió un extenso libro en cuatro volúmenes titulado “El judío

internacional”65 con el que pretendía demostrar a través de diversos ejemplos la

veracidad de los Protocolos.

 

Su tufillo racista y antisemita impregna incluso teorías y planteamientos muy

alejados de la derecha tradicional, como quienes teorizan con que tras la globalización

o el nuevo orden mundial se encuentra la mano negra de las grandes familias de

banqueros judíos. Tales planteamientos han calado hondo en sitios tan insospechados

como Asia, donde la presencia hebrea es insignificante. En efecto, tanto en Japón

(donde los Protocolos se venden muy bien en las librerías) como en las economías

asiáticas de rápido crecimiento (Corea, Malasia, etc.) se ha convertido en popular la

creencia de que todos los males económicos que sufren los países asiáticos están

 

64 http://www.aztlan.org/protocolos.htm es una de las incontables páginas de Internet en las que se puede acceder al

texto íntegro de los Protocolos.

65 Henry Ford, “International jew”. Gerald L. K. Smith, Los Ángeles, 1960.

 

provocados por las élites bancarias judías, temerosas de perder su hegemonía frente a

la pujanza de esta región66.

Ni que decir tiene que el mito de la conspiración judía ha encontrado en los

países islámicos un público excepcionalmente receptivo a este mensaje. Así, las

versiones en árabe de los Protocolos se multiplican difundidas por todos los medios

posibles, desde fotocopias a Internet. Como ejemplo del predicamento que este texto

ha llegado a tener en el mundo islámico podemos citar el caso de Hafez El Barguti,

director del periódico La Voz de Palestina, que en Noviembre de 1997 escribía la

siguiente frase en un artículo: “El plan de Netanyahu se corresponde totalmente con el

plan general sionista, organizado sobre la base de fases específicas establecidas

cuando se escribieron los Protocolos de Sión”. ¿Cómo una mentira de tan monumental

calibre ha llegado a imponerse?. La historia del nacimiento y difusión de los Protocolos

de los sabios de Sión es un fascinante relato de intriga que tiene su origen en los

tiempos inmediatamente posteriores a la Revolución francesa, cuando Europa se

encontraba en medio de un marasmo político sin precedentes que llevó el miedo y la

incertidumbre a grandes sectores de la población.

 

El origen de los Protocolos

 

En Diciembre de 1901 un oscuro personaje conocido por el alias de Serguei

Nilus tradujo al ruso unos textos que en conjunto se titularon “Los Protocolos de los

sabios de Sión”. Un libro que demostraba la conspiración judía, de carácter planetario,

para hacerse con el dominio absoluto del mundo. El origen de los Protocolos y del mito

consiguiente es especialmente instructivo para quienes estudian la psicología social y la

teoría de la información. Como toda buena mentira, los Protocolos tienen un germen

de verdad, constituyendo una amalgama de documentos inventados y genuinos

panfletos políticos de carácter más o menos revolucionario que se distribuían por las

convulsionadas calles de la Europa del siglo XIX. Si tuviéramos que encontrar un

antecedente remoto habría que buscarlo en el jesuita francés Agustín Barruel.

Canónigo de la catedral de París, escribió una demoledora obra titulada “Memorias

sobre el jacobinismo” en la que sostenía que una serie de sociedades secretas como

los Iluminati y la francmasonería eran quienes dirigían en secreto la revolución.

 

A pesar de ser el tatarabuelo de la conjura judeomasónica que tanto

entusiasmaba al general Franco, el abate Barruel no mencionaba expresamente a los

judíos en su obra. Éstos entrarían a formar parte de la teoría de la conspiración

pergeñada por Barruel a partir de una carta que éste recibe en 1806 firmada por un tal

J. B. Simonini, un oficial retirado del ejército que en esos momentos residía en

Florencia. Todavía hoy ni siquiera tenemos constancia de la existencia de este

Simonini, que bien pudo ser un vehículo utilizado por Barruel para expresar sus propias

paranoias. Simonini advertía a Barruel de la existencia de una diabólica secta judía que

constituía “el más formidable poder, si uno considera la gran riqueza y la protección de

que disfruta en casi todos los países europeos”.

El relato de Simonini adquiere tintes novelescos cuando nos cuenta cómo

descubrió la conspiración disfrazándose de judío e infiltrándose en un encuentro de

conspiradores celebrado en el Piamonte italiano. Como un foco de comprensión súbita

se debió de iluminar el cerebro de Barruel, cuando leyó que los conspiradores habían

sido la fuente de financiación de los Iluminati y francmasones tan odiados por él,

habiéndose, además, infiltrado en todos los niveles del clero. Al año siguiente, Agustín

Barruel alertaba al gobierno de la existencia de un complot judío internacional “que

 

66 David G. Goodman y Masanori Miyazawa, “Jews in the Japanese mind”. Free Press, Nueva York, 1995.

 

transformará iglesias en sinagogas” y cuyo objetivo final era ni más ni menos que

conseguir que un judío se convirtiese en Papa: “Finalmente sale a la luz el Sanedrín,

que ha actuado clandestinamente durante quince siglos”. Durante ese período, los

judíos habrían gobernado el mundo secretamente (nadie parecía notar lo mal que les

había ido en ese gobierno, porque su condición marginal y su periódico sometimiento a

persecuciones de todo tipo no habían variado en lo más mínimo). Así nacía el primer

mito judeofóbico de la modernidad: la conspiración judía mundial.

 

En el cementerio judío de Praga

 

Aproximadamente sesenta años después de la carta de Simonini, los mismos

planteamientos aparecen recogidos en una novela titulada “Biarritz”67, escrita por un

funcionario del servicio postal prusiano llamado Herman Goedsche, que escribía bajo el

seudónimo de sir John Retcliffe. Parece ser que, aparte de funcionario postal,

Goedsche también trabajó durante una temporada para la policía secreta prusiana, en

puestos como escolta del político Benedict Waldeck. Esta obra de ficción contiene un

capítulo titulado “El cementerio judío de Praga y el Concilio de los Representantes de

las Doce Tribus de Israel” en el que se describe un espeluznante encuentro en la

necrópolis de los representantes de las Doce Tribus de Israel para sellar el propósito

de conspirar contra el mundo: “Cuando el último sonido de la campana que anuncia la

medianoche en Praga se hubo perdido, en el cementerio judío, junto a la tumba del

Gran Maestro de la Cábala, Simeón Ben Jehuda, se encendió una luz débil, iluminando

a trece extrañas figuras vestidas de blanco, con las túnicas rituales (de los levitas). Una

voz ronca, como salida del féretro, se dirigió a los congregados: “Los saludo a ustedes,

los elegidos, los representantes de las Doce Tribus de Israel”.

 

Se trata de una extraña reunión de judíos llamada Sanedrín Cabalístico que se

llevaba a cabo una vez cada noventa años desde 1491, siendo aquél el quinto de estos

encuentros. En la reunión se hacen constantes alusiones a unos misteriosos personajes

denominados “los Sabios”. Goedsche adaptó más tarde el material contenido en este

capítulo ficticio dándole forma de discurso, alegando haber sido emitido realmente por

un rabino de la ciudad de Lemberg. Sin embargo, el examen de este documento reveló

que Goedsche había utilizado para su propósito un fragmento de un raro libro de 1864,

cuyo autor era el francés Maurice Joly, “Dialogues aux enfers” –”Diálogos en el

Infierno”-, un volumen en el que se presentaba un ataque político contra Napoleón III

en forma de diálogos imaginarios entre Montesquieu y Maquiavelo.

Muchos antijudíos de Europa publicaron folletos y panfletos en los que se

extractaba aquel capítulo. La primera de estas publicaciones fue hecha en San

Petersburgo en 1872 bajo el título “En el cementerio judío de la Praga checa”. Más

tarde, en 1876, el texto vio de nuevo la luz en Moscú, y en la propia Praga en 1880. En

Francia fue el escritor Gougenot des Mousseaux quien lo reprodujo en su libro “Le juif,

le judaisme et la judasation des peuples chrétiens”, editado en París en 1869. Sin duda

aquel texto sirvió de inspiración para que en 1881 el abate Chabauty, de San Andrés

en Mirabeau, en Poitou, publicara un grueso volumen titulado “Les Francs-Masons et

les juifs”, en el que denunciaba la conspiración del judaísmo y la masonería, poniendo

como prueba el texto de Retcliffe y dándole un nada velado tinte cristiano al asociarlo

con el advenimiento del Anticristo.

 

67 Sir John Retcliffe, “Biarritz”. C. S. Liebrecht, Berlín, 1868.

 

La eclosión de los Protocolos

 

Con la llegada del siglo XX aparecen en Rusia los Protocolos tal como los

conocemos actualmente. En términos generales, lo que se describe en este texto es un

supuesto anteproyecto suscrito por “los representantes de Sión del Grado 33” para la

completa dominación del mundo por parte de los judíos. A lo largo de sus páginas se

plantea un programa para la imposición de un nuevo orden mundial donde los judíos

acabarían convirtiéndose en déspotas supremos del planeta. El programa establece

una conspiración con diversas cabezas rectoras y múltiples tentáculos dedicados a

sembrar el desorden y la anarquía, a derribar ciertos regímenes -en especial las

monarquías-, infiltrarse en la francmasonería y otras organizaciones similares y, como

remate, adquirir el control de las instituciones políticas, sociales y económicas del

mundo occidental. Como si fuera poco, este plan estaría siendo aplicado -según sus

anónimos autores- al control de pueblos enteros sin que nadie se hubiera percatado de

la verdad. Son veinticuatro capítulos y más de doscientas páginas de desvaríos en las

que los pretendidos déspotas justifican sus maquiavélicos planes aduciendo que ya que

el pueblo es incapaz de gobernarse por sí mismo serán ellos quienes lo guíen desde la

sombra.

 

Más aún, los Protocolos afirman que los judíos, como fase preparatoria para lo

que debería ser una revolución a escala mundial, se estaban ocupando de soliviantar lo

más posible a los ciudadanos en contra de sus dirigentes políticos y económicos. Es de

suponer que a más de uno se le pondrían los pelos de punta al leer esto en un

ambiente social tan convulso como el que caracterizaba a la Europa de principios del

siglo XX. Una vez completada la revolución mundial, los dirigentes del complot judío

mantendrían a la población bajo control mediante la institución de un Estado de

bienestar basado en una organización gubernamental fuertemente centralizada. Las

bases de esta dependencia total del Estado serían el pleno empleo, los impuestos en

función de la riqueza, la educación pública y el apoyo a las pequeñas empresas. Sería

como agitar constantemente la zanahoria de la libertad frente a los ojos de los

ciudadanos pero sin permitirles nunca llegar a alcanzarla.

El hecho de que los Protocolos aparecieran en Rusia no es casual, pues tiene

mucho que ver con la marcada tendencia del zar Nicolás II de buscar apoyo en el

mundo de lo espiritual y lo esotérico, como quedó de manifiesto en el caso de

Rasputín. La dependencia era tan grande que el consejero espiritual de turno

terminaba adquiriendo un poder considerable, lo suficientemente grande como para

hacerlo acreedor de las más feroces envidias de la Corte. Una de las peculiaridades

más notables de la Corte rusa era su gusto casi obsesivo por todo lo francés, tanto que

la familia real apenas se comunicaba en otro idioma que no fuera el galo. Las modas

de París se seguían como si de preceptos divinos se tratara, y el ocultismo era una de

las novedades francesas más importantes de finales del XIX. En la Rusia imperial era

práctica común intentar colocar a los chamanes, brujos o magos favoritos de duques y condesas lo más cerca posible del trono del zar. De esta forma, la gran duquesa Isabel

allegó al zar un oscuro personaje del que actualmente sólo conocemos su seudónimo:

Serguei Nilus. Decidido a aprovechar en su favor las paranoias del zar, le presentó

ciertos documentos pretendidamente secretos que al parecer probaban la existencia de

una conspiración contra su gobierno. El Partido Comunista ruso tenía por aquel

entonces un papel relativamente modesto, muy alejado del que alcanzaría años más

tarde, pero aun así, suficiente para lograr cierto nivel protagónico, por lo que no es

difícil suponer que fue empleado por Nilus para legitimar su propuesta. La inclusión de

los masones en la presunta conspiración le permitiría, por añadidura, dejar en una

posición muy incómoda a sus contrincantes de las órdenes ocultistas que operaban en

la corte imperial. El zar, sin embargo y a pesar de sus muchos defectos, debía de conservar el suficiente criterio como para determinar la falsedad evidente del

documento, por lo que ordenó la destrucción del mismo y Nilus fue desterrado de la

Corte, debiendo dar gracias por no sufrir un castigo mayor. Sin embargo, hacia 1902 o

1903 esta obra comenzó a circular masivamente, siendo publicada por los periódicos68

e incluida como anexo en 1905 en el libro de un místico ruso llamado Vladimir

Soloviov. Al parecer, Nilus también se había ocupado de difundir el libelo por París,

donde se tiene noticia de su existencia en 1884.

 

Se extiende la epidemia

 

En Rusia, el documento apócrifo sirvió para alimentar la ira y la histeria de

masas que condujeron a los infames pogromos69. Esas persecuciones se hicieron

especialmente intensas tras la promulgación del Manifiesto de Octubre de 1905. Este

documento era fruto de los esfuerzos de los sectores liberales por modernizar el

zarismo. Sin embargo, el inmovilismo ruso no estaba dispuesto, en modo alguno, a

convertir el país en una monarquía parlamentaria. Con un malestar público innegable

tras la humillante derrota militar sufrida frente a Japón, hubo quien pensó que

exacerbar el odio hacia los judíos era una jugada política rentable.

 

Ya en la época inmediatamente previa a la revolución bolchevique, la Okrana, la

temida policía secreta zarista, utilizó otra versión para justificar la represión contra los

comunistas, tanto dentro como fuera de Rusia. Incluso en los momentos en que la

revolución bolchevique se encontraba en su momento de mayor auge, Trotski, uno de

sus dirigentes más importantes, tuvo que apresurarse a desmentir públicamente que

fuera un agente de la conspiración judía internacional en Rusia. Trotski no podía negar

su origen judío, pero su actitud personal no podía estar más alejada del judaísmo, fe y

cultura a la que miraba con profundo desdén. De hecho, su seudónimo Trotski había

sido tomado tanto por razones de clandestinidad como para distanciarse

definitivamente de su verdadero nombre, Lev Davidovich Bronstein, el último vínculo

que lo unía a sus raíces.

 

Curiosamente, la guerra civil rusa se caracterizó porque ambos bandos

cometieron actos de antisemitismo igualmente deleznables. Para los rojos, los judíos

eran un residuo del pasado y para los blancos eran el enemigo invisible que había

terminado por derribar el orden establecido de las cosas.

 

Extendiéndose con la velocidad de una epidemia, los Protocolos no tardaron en

llegar a Alemania, donde encontraron un caldo de cultivo perfecto para que su

contenido fuera creído por una audiencia ávida de encontrar un chivo expiatorio para

sus males. Así pues, en este país se terminó culpando a los judíos tanto de la derrota

en la Primera Guerra Mundial como de la galopante crisis económica que azotaba la

nación70. Más tarde, el documento se convertiría en una pieza fundamental de la

parafernalia ideológica del partido nazi. Durante el III Reich los Protocolos fueron

profusamente reeditados, convirtiéndose en un verdadero best-seller. Además, fueron

usados como material de estudio oficial en las escuelas alemanas y buena parte de las

matanzas industriales de seres humanos en campos de exterminio se hicieron en su

nombre. Hitler lo consideraba su libro de cabecera.

 

68 La primera edición de los Protocolos apareció seriada en la revista “La Bandera” de San Petersburgo entre el 26 de

Agosto y el 7 de Septiembre de 1903.

69 En su sentido restringido, la palabra pogromo (que en ruso significa “destrucción”, “exterminio”) se emplea para

designar los tumultos antijudíos que sacudieron la Rusia zarista, con la connivencia de las autoridades imperiales, a

finales del siglo XIX y principios del XX. En un sentido más amplio, también designa las persecuciones sufridas por la

comunidad judía desde la época medieval.

70 Norman Cohn, “El mito de la conspiración judía internacional”. Alianza Editorial, Madrid, 1983.

 

En poco tiempo, el renombre de los Protocolos fue tal que condujo a que los

principales periódicos británicos hiciesen amplias reseñas al respecto, siendo creídos en

primera instancia por rotativos tan prestigiosos como The Times71.

 

Henry Ford: antisemitismo en cadena

 

Durante la década de los veinte los Protocolos encontraron a su principal

patrocinador en Estados Unidos en la figura del magnate Henry Ford72. En la cúspide

de su carrera empresarial fundó un pequeño periódico en Detroit llamado Dearborn

Independent, que usó para difundir su propaganda antisemita, acusando a los judíos a

través de sus páginas de ser los instigadores de los más grandes males de la

humanidad. En diversas oportunidades Ford declaró que existían dos Wall Street, uno

positivo, encabezado por la antisemita Banca Morgan, y otro destructivo y que debería

ser erradicado, el encabezado por los banqueros de origen judío.

El contenido del Dearborn Independent llegó a ser tan virulento que motivó la

renuncia de su director original, E. G. Pipp. Ford nombró como nuevo director a Ernest

G. Liebold, hijo de un inmigrante alemán. Liebold era el secretario privado de Henry

Ford y un ferviente nazi73. Liebold utilizó su ascendiente sobre el industrial para

convencer a Ford de la necesidad de crear una agencia de detectives en el número 20

de la neoyorquina Broad Street con el fin de investigar las vidas privadas de los judíos

más prominentes de Estados Unidos y las conexiones que pudieran tener con

diferentes hombres de negocios norteamericanos. Entre los diferentes investigadores

contratados por esta oficina se encontraban numerosos exiliados rusos que lucharon a

favor del zar en la guerra civil rusa que siguió a la revolución soviética, empleando

también a H. Houghton, ex jefe de la oficina de Inteligencia Militar de Nueva York.

 

Otro de los principales colaboradores de Ford en esta empresa fue Boris Brasol,

un inmigrante ruso miembro de la organización antisemita “Los cien negros”. Brasol

fue quien, con la ayuda de la secretaria de Houghton, Natalie de Bogory, tradujo al

inglés los Protocolos. Otro de los miembros de la peculiar agencia de investigaciones

de Ford fue el alemán Lars Jacobsen, que fue enviado a Mongolia y al Tíbet en busca

de ciertos libros secretos que probarían que los judíos tenían un maquiavélico plan

para conquistar el mundo y que eran una sub-raza alejada del tronco fundamental de

los humanos.

Resulta asombroso comprobar cómo los Protocolos se han ido adaptando como

un guante a los puntos de vista de quienes los han adoptado como parte de su

discurso. De hecho, en no pocas ocasiones han sido invocados por defensores de

puntos de vista muy diferentes, cuando no diametralmente opuestos. Por ejemplo, en

los Estados Unidos de Henry Ford se les atribuían significados completamente

diferentes de los que les habían dado en Rusia unos años antes. En Rusia, los

Protocolos fueron utilizados en un intento de legitimar el poder de la oligarquía,

acusando a los judíos de ser la fuerza oculta tras los disturbios y la agitación social.

Para Ford, en cambio, los Protocolos eran la clave para entender los rápidos cambios

que la industrialización había impuesto en la sociedad estadounidense tras la guerra

civil. Culpaba a los judíos no sólo del aumento de la inmigración o del éxito del

movimiento obrero, sino también del creciente poder del gobierno federal y de dirigir el

país desde Wall Street. Ni siquiera Cristóbal Colón se libraba de las diatribas de Henry

 

71 Es de justicia reconocer que posteriormente el The Times fue uno de los primeros medios de Europa en señalar que

el documento era claramente fraudulento.

72 Neil Baldwin, “Henry Ford and the jews, The mass production of hate”. Public Affairs, Nueva York, 2001.

73 Carol Gelderman, “Henry Ford. The wayward capitalist”. St. Martin’s Press, Nueva York, 1981.

 

Ford, que denunciaba que su expedición a través del Atlántico había sido un complot

judío.

Resultaba lógico que con tales planteamientos Ford terminase estableciendo

relación de alguna manera con la Alemania nazi. El primer contacto conocido entre

Ford y el naciente movimiento nacionalsocialista se produjo, según lo relata un informe

de la embajada norteamericana en Berlín, en 1921, cuando el ideólogo nazi Dietrich

Eichart entra en contacto con la compañía Ford para la adquisición de maquinaria

agrícola destinada al Land alemán de Baviera. Los empleados de la compañía son

quienes ponen en contacto por vez primera a Eichart y Henry Ford, que decide apoyar

financieramente el nuevo movimiento, hasta el punto de que el New York Times y el

Berliner Tageblatt acusan a Ford de ser el principal patrocinador de la revolución

nacionalista de 1923, cuyo fracaso cuesta a Hitler dos años de prisión. Pero el apoyo

de Ford a Hitler no fue solamente material. Su libro “El judío internacional” se

convertiría en una de las principales fuentes de inspiración del futuro dictador a la hora

de escribir su obra Mein Kampf.

 

La Ford Motor Company se estableció en Alemania en 1925 abriendo una

sucursal en Berlín. En 1928 Ford une su factoría alemana al holding de la compañía

química I. G. Farben. Entre los directivos de la nueva empresa se encuentran Max

Ilgner y F. Ter Meer (ambos fueron condenados por crímenes de guerra durante los

juicios de Nuremberg). Cabe recordar que I. G. Farben sería la compañía encargada de

producir el Ciklon B, el elemento utilizado en las cámaras de gas de los campos de

exterminio. Una comisión senatorial estadounidense establecida tras la guerra para

investigar cómo los nazis se hicieron con fondos estadounidenses para financiar la

guerra presentó pruebas que demostraban cómo Ford-Werke A. G. quedó convertida

en una empresa netamente alemana que colaboró activamente con el esfuerzo bélico

alemán contra los aliados, y empleó mano de obra esclava para la producción de

material militar. Así, no es de extrañar que en 1938 el gobierno alemán condecorara a

Henry Ford en su 75 cumpleaños con la Gran Cruz del Águila alemana, el más alto

honor al que podía aspirar un extranjero en aquel país, siendo aquella la primera vez

que esta condecoración era otorgada a un ciudadano estadounidense.

En 1941, a raíz de la movilización general del ejército alemán y el reclutamiento

de todos los hombres disponibles, la producción de la planta alemana de Ford sufrió un

descenso considerable, por lo que se empezó a utilizar mano de obra esclava y

prisioneros de guerra, algo expresamente prohibido por la Convención de Ginebra. La

planta comenzó a ser ocupada por prisioneros de guerra franceses, rusos, ucranianos y

belgas. En 1943 la mitad de los trabajadores eran prisioneros de guerra y mano de

obra esclava; en 1944 se sumaron a la plantilla decenas de prisioneros del campo de

concentración de Buchenwald.

 

Las últimas fronteras

 

Como mencionábamos al principio del capítulo, el caso de Japón es

especialmente interesante en cuanto al tema que nos ocupa. Los Protocolos llegan a la

tierra del Sol Naciente en 1917. Tras la revolución bolchevique un contingente de

tropas niponas traba contacto en la parte oriental del imperio ruso con grupos de rusos

blancos. Así, son muchos los soldados y oficiales japoneses que regresan a casa con su

ejemplar de los Protocolos74. Ellos serán los que, sin quererlo, plantarán la semilla de

la conspiración judía en suelo nipón. Como vimos en los casos alemán, ruso o

estadounidense, en cada lugar al que era trasplantado, el mito de los Protocolos

 

74 David G. Goodman y Masanori Miyazawa, op. cit.

 

reflejaba los miedos y obsesiones locales. El caso de Japón no fue una excepción,

reafirmando uno de los caracteres menos agradables del carácter japonés, como es el

exacerbado nacionalismo etnocéntrico y ligeramente xenófobo. Como en Estados

Unidos, el mito dio pie a multitud de teorías de la conspiración en las que

indefectiblemente la amenaza, interna o externa, real o ficticia, terminaba por tomar

un rostro de rasgos judíos.

Aunque resulte difícil de creer, en períodos históricos tan recientes como la

dictadura militar que castigó a la Argentina durante los años setenta, se llevaron a

cabo persecuciones a miembros de la comunidad judía por sospecharse su presunta

vinculación a los sabios de Sión. Ejemplo de ello es el caso del periodista Jacobo

Timerman, apresado, torturado y profusamente interrogado por esta razón75. También

existe un conocido anexo sudamericano de los Protocolos escrito por el profesor Walter

Beveraggi, denominado “Plan Andina”, que pretende revelar el siniestro plan de los

judíos para conquistar la Patagonia chileno-argentina76.

Más aún. El colapso de la Unión Soviética dio paso a un sorprendente

reverdecer del antisemitismo ruso y volvió a sacar a la palestra los Protocolos. A fin de

cuentas, el cambio de modelo socioeconómico ha resultado sumamente traumático

para la población rusa. La pobreza y la corrupción no eran percibidas sin embargo

como consecuencia de la persistencia en el poder de los antiguos funcionarios

comunistas, sino que era más fácil achacarlas a la conspiración judía internacional.

Personajes como Zhirinovski han conseguido popularidad y votos explotando de nuevo

un discurso que ya parece firmemente implantado en el ideario colectivo ruso.

 

Conclusión

 

Estamos en una época en la que los nacionalismos excluyentes vuelven a

reclamar su lugar bajo el sol y donde la globalización económica es contemplada con

recelo. La situación en Palestina añade una nueva variable al ejercicio del mito

antisemita. Por desgracia, es la ductilidad del mito, la forma en que unos y otros lo

adaptan a sus intereses e ideologías, lo que augura que durante el siglo XXI aún lo

veremos distinguirse por el mundo.

 

75 Jacobo Timerman, “Preso sin nombre, celda sin número”. Random House, Nueva York, 1981.

76 El artículo “Vacaciones en la tierra prometida” de la revista nacionalsocialista chilena “Pendragón” (núm. 9, 1997) es

una pequeña joya a este respecto, en la que se da a entender que los mochileros israelíes que visitan el Sur de Chile

forman parte del “Plan Andinia”.

BIBLIOGRAFIA:

http://bancodepoliticosdelmundo.org/principal/cultura/bibliografia-de-20-grandes-conspiraciones-de-la-historia/