El porqué de la Inquisición

screenshot.94La Garduña

El secreto mejor guardado de la Inquisición

1) La Garduña fue una sociedad secreta española cuya existencia se prolongó durante

varios siglos.

2) Como si de un precedente del Ku Klux Klan se tratara, su primer propósito fue la

persecución ilegal de judíos y musulmanes.

3) Más tarde derivó en una sociedad de delincuentes que dio origen, entre otras, a la

Camorra napolitana.

4) Secuestradores y asesinos a sueldo, la Inquisición utilizó a menudo sus servicios

para actuar contra personas sobre las que legalmente no tenía jurisdicción.

5) La herencia de la Garduña aún se encuentra presente en el hampa española.

 

Durante algunos de los momentos más oscuros de la historia española su sola mención, siempre en voz baja, infundía el pánico en los corazones. La Santa Garduña fue una sociedad secreta de criminales cuyo poder desafiaba por igual a la Iglesia y a la Corona. Eran granujas, prostitutas y espadachines a sueldo. Durante más de doscientos años reinaron como los monarcas indiscutibles de los bajos fondos de la península Ibérica, y aún en nuestros días su legado no ha desaparecido del todo.

 

La Reconquista española es uno de esos períodos históricos en los que la

confusión y la visceralidad a flor de piel hacen posibles cosas que en otros tiempos

más ordenados hubieran sido impensables. En una época de intensa exaltación

religiosa y nacionalista, los judíos y musulmanes que vivían en territorio cristiano se

encontraban en un estado de virtual indefensión que los convirtió en víctimas favoritas

de bandidos y malhechores que, en no pocas ocasiones, ponían la defensa de la fe

como justificación de sus tropelías, lo que les granjeaba la aprobación tácita de la

Iglesia. A fin de cuentas, los musulmanes eran el enemigo que aún controlaba amplios

territorios del suelo patrio y los judíos, los miembros de una raza maldita responsable

de la ignominiosa ejecución de Jesucristo. Por ello, no es de extrañar que los nobles y

esforzados caballeros que formaban las huestes de la Reconquista recibieran el

inesperado refuerzo de una auténtica legión de rufianes que veían en esta campaña

una oportunidad para obtener un buen botín. La Santa Garduña nació como

consecuencia de este orden de cosas.

 

Los orígenes reales de la Garduña como fuerza unificada no se remontan

mucho más allá de la época de los Reyes Católicos30, quienes en el siglo XV

emprendieron su cruzada contra los últimos reductos de influencia musulmana en la

península Ibérica. A consecuencia del éxito de aquella campaña muchos islamitas

fueron muertos o desterrados al norte de África, con la única excepción de varios

reductos guerrilleros que permanecieron en las montañas durante algún tiempo. No

fueron pocos los que decidieron abrazar el cristianismo para conservar sus viviendas y

posesiones. Eran principalmente súbditos de sangre tan española como la de los

cristianos y religión musulmana o judía, que no tenían ningún otro lugar adonde ir.

Antes de la expulsión de judíos (1492) y moriscos (1609), estos grupos sufrieron todo

tipo de arbitrariedades que incluía la expedición de órdenes de arresto o de desahucio

basadas en cargos falsos, de las que se beneficiaron en no pocas ocasiones los

miembros del clero y de la Garduña. Era una época en que la balanza de poder

variaba, y si bien nobles y señores feudales estaban perdiendo grandes porciones de

 

30 Charles William Heckethorn, “Secret societies of all ages and countries”. Kessinger Publishing Company, Montana,

2000.

 

su poder, lo cierto es que aún no se había desarrollado adecuadamente una nueva

oligarquía que ocupase su lugar, por lo que existía en determinados ámbitos un claro

vacío de poder que permitió a la Garduña actuar en muchos lugares casi con total

impunidad.

 

La Santa Inquisición centró su atención en casos de judíos y musulmanes

convertidos a la fe católica -los conocidos despectivamente como “marranos”- pero que

eran sospechosos de seguir practicando en secreto su religión original. Algunos eran

ricos y otros incluso miembros de la Iglesia. Sin embargo, a pesar de lo que dice la

leyenda negra, la Inquisición no era una institución todopoderosa y en muchos casos

resultaba imposible proceder abiertamente contra determinados individuos, que habían

conseguido comprar su inmunidad merced a su fortuna o influencia.

 

Aliados de la Inquisición

 

En estos casos particulares era donde entraba en juego la Garduña, cuya

actividad de aquellos días podríamos compararla a la del Ku Klux Klan, esto es, una

sociedad secreta esencialmente de carácter racista encargada de la persecución ilegal

de los ciudadanos por razones xenófobas. Los miembros de esta sociedad secreta

trataban a estos judíos y musulmanes influyentes de maneras nada católicas,

recurriendo generalmente al asesinato de cualquiera que difundiera o practicara ideas

heterodoxas. De este modo, este consorcio criminal se convirtió en un arma extraoficial

del Santo Oficio.

 

El férreo adiestramiento y disciplina de sus miembros, así como una extremada

crueldad a la hora de llevar a cabo sus misiones, convirtió a la Garduña en un mito por

derecho propio. En el seno de la sociedad se enseñaba a los neófitos que ésta había

nacido poco después de la batalla de Covadonga31, una pretensión completamente

ficticia e infundada. Igualmente, se les inculcaba que fue el disgusto de Dios Padre el

que permitió a los musulmanes conquistar la mayor parte de la península Ibérica a

modo de castigo para los impíos cristianos de la época. Las únicas personas a quienes

el Todopoderoso permitió sobrevivir fue un reducido grupo de elegidos, sobre quienes

recaería la tarea de reconquistar el país y limpiarlo de infieles. Para ello, este escogido

grupo tuvo que esforzarse durante setecientos años y esto sólo gracias a la

intermediación de la Virgen de Córdoba, cuyos lamentos habían evitado la destrucción

total del pueblo español, y permitido que la Garduña llevara a cabo su misión divina:

hacer prevalecer la pureza de la sangre española. Grupos de patriotas tomaron las

regiones montañosas organizándose en bandas y luchando como guerrilleros en aras

de cumplir su sagrado destino.

 

Otro de los elementos fundamentales del folclore garduño era la historia de

Apolinario, un ermitaño que según la leyenda habitaba en un remoto rincón de Sierra

Morena dedicado únicamente al culto a la Virgen y a la recolección de las hierbas con

las que se sustentaba. La Virgen, conmovida por su fervor y ascética virtud, lo escogió

como su mensajero y le hizo una revelación con el encargo de difundirla y cumplir

fielmente las instrucciones que le iba a dar. Para expiar sus muchos pecados los

españoles tenían que ofrecer al Señor la victoria sobre los musulmanes. A partir de ese

día el ermitaño tendría que predicar este mensaje para, así, impulsar la cruzada que

salvaría a España.

 

Aunque abrumado por la responsabilidad que se había depositado en sus

manos, el anacoreta aceptó el singular encargo. Reclutaría por caminos y pueblos un

ejército de patriotas cristianos y si fuera necesario los conduciría él mismo al campo de

 

31 Ibid.

 

batalla en nombre de la Sagrada Virgen. Como premio, los guerreros serían

recompensados con todas las tierras y otras posesiones que consiguieran arrebatar a

los musulmanes. La riqueza de los mahometanos en manos cristianas sería la prueba

irrefutable que aclararía de una vez por todas cuál era la verdadera religión. La Virgen

ungió al ermitaño, le dio su bendición y lo invistió con un botón que ella misma había

obtenido de la túnica de su Hijo. Presuntamente, esta reliquia, aparte de su valor

simbólico, estaba dotada de poderes milagrosos y cualquiera que la llevara consigo se

salvaría de la muerte y de ser capturado por los musulmanes.

 

Licencia para matar

 

Así pues, los miembros de la denominada Santa Garduña situaban el nacimiento

de su sociedad secreta en un mandato de la Virgen María en persona, dado a conocer

a través de un hombre santo que recibió de tan alto poder el mandato de reconquistar

la península Ibérica y de acabar con el mayor número de mahometanos. Alrededor de

esta leyenda crecieron otras, así como una compleja liturgia que incluía la costumbre

de encomendarse a la Virgen antes de un ataque o la consulta de la Biblia a modo de

oráculo antes de tomar importantes decisiones, abriéndola al azar y buscando un

significado alegórico para el pasaje revelado de esta manera.

 

Los inquisidores encontraron en aquella sociedad de fanáticos rufianes un

valioso aliado, pero durante la época inmediatamente anterior al reinado de los Reyes

Católicos el grupo había experimentado uno de sus períodos de mayor actividad,

consolidando en gran medida su poder e influencia posteriores. Saquearon y

quemaron, ejecutaron por su cuenta en la hoguera a quienes consideraban herejes, y

reclamaron sus propiedades32. No se sabe con exactitud con cuántos miembros

contaba la Garduña, pero no cabe duda de que desempeñaron un papel significativo

en la campaña contra los musulmanes y que sus hazañas pasaron en no pocas

ocasiones al ámbito de la leyenda.

 

No obstante, una vez finalizada la Reconquista, la Garduña se convirtió en un

lastre engorroso para las autoridades. En primer lugar, se trataba de un grupo

especialmente celoso en lo tocante a la cuantía de sus botines. Además, personajes de

cierto renombre que fueron considerados herejes por la Garduña sufrieron la

persecución indiscriminada del grupo a pesar de contar con influencias y amistades.

Ello motivó más de una situación embarazosa que dejaba en entredicho la autoridad

real de determinados personajes de la nobleza, ya que cuando la Garduña elegía un

objetivo llevaba a cabo su cometido con notable minuciosidad, sin atender a ruegos ni

razones. Esto colmó la paciencia de la Corte, decidiéndose llevar a cabo una acción

armada que incluía el envío de tropas contra las bandas de la Garduña, que

desaparecieron de la escena pública sin apenas ofrecer resistencia.

 

Aunque el poder seglar estaba en aquellos momentos contra ellos, la

Inquisición todavía los protegía de forma encubierta. El paso a la clandestinidad supuso

un antes y un después para el grupo. La ciudad de Sevilla, en la que el grupo había

alcanzado una notable implantación, se convirtió en la sede principal del movimiento, y

la Garduña se dio a sí misma una constitución confidencial y unos estatutos

fundacionales con los que tomó su forma definitiva de sociedad secreta. Con este fin

se reunió un consejo formado por los trece rufianes más poderosos de la ciudad, que

dieron a la Garduña la estructura final que tendría durante los siguientes tres siglos.

 

Tal como correspondía a su nuevo carácter, la Garduña adoptó una forma de

organización iniciática dividida en nueve grados a los que se accedía en función de los

 

32 Arkon Daraul, op. cit.

 

méritos que realizaban los militantes, no sin antes completar una ceremonia de

iniciación exclusiva para cada rango33. El escalafón más bajo de la jerarquía estaba

formado por los nuevos reclutas, que pasaban a engrosar las filas de los llamados

“soplones”, a quienes se encargaban las tareas más pesadas y eran poco más que los

sirvientes del resto de la organización. Pertenecían a este rango los espías (de donde

procede el actual significado de esta palabra como confidentes), los exploradores y los

porteros de la orden.

 

Parte fundamental del entrenamiento de los soplones recién iniciados en los

misterios del grupo era el aprendizaje de cómo imitar los sonidos de animales, que

eran empleados como santo y seña del grupo, aparte de servirles como medio secreto

de comunicación y de alarma en caso de peligro. Durante la noche se utilizaban para

este fin el sonido de grillos, búhos, ranas y gatos, mientras que de día se utilizaban

diversas modalidades de ladrido de perro.

 

Otro de los grados inferiores de la Garduña estaba constituido por las llamadas

“coberteras”, prostitutas que el grupo empleaba en multitud de tareas de apoyo e

información. Eran ellas quienes enredaban a los viajeros en los caminos y los

entretenían con su conversación y sus encantos mientras el resto de la banda se

preparaba para el ataque a la desprevenida víctima. En otras ocasiones se hacían

pasar por mujeres honradas, como vendedoras ambulantes o sirvientas, que con los

más variados pretextos podían entrar en las casas de sus víctimas para espiarlos o estudiar la mejor manera de introducirse en el hogar o tenderles una emboscada. Para

casos especiales que requerían un carácter más refinado, la Garduña no empleaba a

las toscas coberteras sino a las llamadas “sirenas”, jóvenes de aspecto cándido que se

hacían pasar por amas de leche. Las sirenas tenían una gran influencia en el grupo ya

que eran frecuentemente las amantes de los jefes de la Garduña.

 

Los “fuelles”, hombres de cierta edad, de apariencia respetable y

frecuentadores de la Iglesia, eran los encargados de la gestión del botín, de granjearse

la amistad de las futuras víctimas y de negociar con la Inquisición y otros empleadores.

Por su capacidad para introducirse en círculos sociales que estaban completamente

vedados a otros miembros del grupo, también eran los encargados del chantaje o la

extorsión a familias acomodadas.

 

Los “floreadores” constituían la fuerza de choque del grupo para aquellos

trabajos en los que la fuerza física resultaba fundamental. A menudo se trataba de

antiguos convictos o penados y eran el grupo más numeroso dentro de la Garduña.

Ejecutaban en la práctica los robos y asaltos que habían sido planeados y preparados

por otros. En cambio, los “punteadores” eran espadachines refinados que, como los

fuelles, podían moverse con soltura en todas las extracciones sociales y desempeñaban

en el grupo la función de asesinos y duelistas a sueldo. Entre ellos la Garduña

reclutaba a la mayoría de sus oficiales, llamados “guapos”, los cuales lideraban las

diferentes bandas que, aunque con una enorme autonomía de acción, estaban

supeditadas en última instancia a la autoridad central del grupo.

 

El liderazgo supremo de varias de estas pequeñas bandas o de una banda de

cierta entidad recaía en los conocidos como “maestros”. Oficiaban las ceremonias de

iniciación del resto de los miembros de la sociedad y preservaban fielmente las leyes,

costumbres y tradiciones. Los “capataces” eran jefes regionales que cumplían al pie de

la letra las órdenes del jefe de todos los jefes, conocido como el “Hermano Mayor” o

gran maestre. La palabra del Hermano Mayor era ley, siendo un personaje temido y

respetado tanto dentro como fuera del grupo. Por encima de las menudencias de la

vida del hampa no era extraño que el Hermano Mayor fuera un importante personaje

de la Corte o de la sociedad sevillana que llevaba una doble vida.

 

33 Ibíd.

 

Como cualquier otra sociedad secreta que se precie, la Garduña también

disponía de contraseñas, signos de reconocimiento y claves para solicitar el auxilio de

otros miembros en caso de necesidad. Cuando un miembro del grupo se encontraba

en compañía de desconocidos y quería saber si alguno de ellos pertenecía a su misma

hermandad no tenía más que pasarse el pulgar derecho por el lado izquierdo de la

nariz. Si otro miembro se encontraba presente se aproximaba a él discretamente y le

susurraba al oído una contraseña, en respuesta a la cual debía darse una nueva palabra clave. En ese momento, y para asegurarse aún más, se procedía a un

complejo intercambio de signos y apretones de manos, similar al adoptado más tarde

por los masones con el mismo propósito. Recién entonces los dos desconocidos podían

ponerse a conversar en la jerga del grupo, un dialecto especialmente diseñado para

que nadie que escuchase la conversación pudiera extraer ninguna información sobre su

contenido. Otras formas de comunicación permitían a los miembros del grupo, aun

estando en prisión, mantenerse en contacto con el exterior y entre ellos.

 

Esa jerga, con sucesivos añadidos y variaciones, pasó casi en su totalidad al

argot de los delincuentes españoles y muchas de sus palabras aún se utilizan a diario

en las cárceles, sin que quienes las emplean sospechen siquiera su remoto origen. Otro

símbolo de reconocimiento eran tres puntos tatuados en la palma de la mano. Este

símbolo ha pasado a la Camorra italiana y, al mismo tiempo, es patrimonio de otras

sociedades secretas, como la masonería34.

 

Un entramado mafioso

 

A pesar de sus orígenes racistas, los miembros de la Garduña no deben ser

considerados exclusivamente fanáticos de la limpieza de sangre cristiana, movidos

simplemente por el odio y la xenofobia. Ante todo, la Garduña era una sociedad de

delincuentes. Ellos fueron quienes controlaron durante el Siglo de Oro las conocidas

“cortes de los milagros” que aglutinaban a mendigos, prostitutas y rufianes de todo

pelaje, y que tan buen juego literario dieron en el marco de la novela picaresca. La Garduña mantenía un entramado mafioso para financiarse que incluía actividades

ilegales de todo tipo, como el secuestro, el lucrativo negocio de la venta de falsos

testimonios en los juicios, la trata de blancas y la falsificación de documentos. Uno de

los “servicios” más solicitados del nutrido catálogo de la Garduña consistía en la

captura, previo pago, de algún enemigo o rival molesto para el cliente. El desdichado

era raudamente embarcado en un buque a punto de zarpar para ser vendido más

tarde como esclavo en alguna lejana plantación de ultramar. El negocio era redondo ya

que se cobraba de quien había encargado el secuestro y se obtenía una suma adicional

por el esclavo.

 

Curiosamente, muchas de estas actividades sólo eran posibles merced a su

complicidad con la Iglesia y las autoridades locales, que hacían la vista gorda en

algunas ocasiones y en otras, cuando la víctima se consideraba un enemigo de la fe,

participaban de manera más o menos activa en las operaciones.

No obstante, a pesar de lo sórdido de sus actividades, la Garduña se regía por

normas sumamente rígidas. La palabra dada era escrupulosamente respetada en el

seno de la sociedad, lo cual constituía uno de los pilares más sólidos de su prestigio.

Se podían contratar sus servicios con la tranquilidad de que jamás se recibiría un

chantaje a cambio de su silencio, y si la Garduña se comprometía a que un hombre

fuera asesinado en un lugar, forma y momento específicos, el asesinato ocurría

exactamente como había sido pactado. Estos trabajos se pagaban en dos cuotas: la

 

34 Ernesto Milá, “La conspiración de los marginados”. http://usuarios.lycos.es/disidentes/arti86.html

 

mitad de la cuota convenida era pagada por adelantado y el resto una vez realizado el

trabajo. También existían reglas que regulaban con todo detalle la forma en que este

dinero era repartido y utilizado. Estaba estipulado como norma que un tercio debía ir

directamente a los fondos generales de la Santa Garduña, una cantidad similar se

dedicaba a gastos corrientes y el resto del dinero era repartido por partes iguales entre

aquellos que realizaron el trabajo.

 

El fondo general no se empleaba jamás: constituía la reserva de poder

económico del grupo, su “seguro de vida”. Harina de otro costal era el capítulo

denominado “gastos corrientes”, en el que se incluían cantidades destinadas al

soborno de funcionarios públicos y otros personajes influyentes. Durante un período

considerable las arcas de la sociedad se encontraban en un estado financiero

envidiable, pudiendo mantener en nómina a un buen número de funcionarios e incluso

a algún personaje de la Corte. Jueces, alcaides de prisión y funcionarios de justicia

debían, a cambio de recibir estos pagos regulares, facilitar la fuga de cualquier

miembro de la sociedad que pudiera haber caído en manos de la ley.

 

El fin de la Garduña

 

Dada la dimensión de este imperio criminal en la sombra no es extraño que

hasta 1822 no cuajara ningún esfuerzo serio para acabar con la sociedad. La

persecución de la Garduña suscitó bastante interés en la opinión pública de la época y

puso al descubierto no pocos escándalos. Sin embargo, las fuerzas del orden se

encontraron ante la dificultad de que la organización había tenido especial cuidado en

no conservar ningún documento en el que quedasen registradas sus transacciones

comerciales, su constitución o sus leyes, por lo que era sumamente difícil obtener

pruebas incriminatorias suficientes para desmantelarla y hacerse una idea del carácter

y la amplitud de sus actividades.

 

No obstante, en 1822 un hecho fortuito ocurrido en el domicilio de Francisco

Cortina, que a la sazón era el Hermano Mayor de la Garduña, permitió el hallazgo de

un libro repleto de anotaciones que se convertiría en la principal prueba acusatoria

contra el grupo35. Se trataba de un relato escrito en el que se guardaban para la

posteridad los hechos y tradiciones de la sociedad delictiva. El manuscrito demostraba

que había ramas activas en Toledo, Barcelona, Córdoba y otras ciudades y pueblos

españoles. Igualmente, las páginas no dejaban ninguna duda de la íntima conexión que existió entre ellos y la Inquisición hasta el siglo XVII. A este respecto, las cifras

estimadas que generó esta asociación eclesiástico-criminal son sumamente

interesantes. Se calculó que durante los 147 años que presuntamente duró la alianza

entre la sociedad secreta y el Santo Oficio, entre 1520 y 1667, casi dos mil

propiedades de condenados fueron confiadas, tras ser confiscadas por el Santo Oficio,

a miembros de la Garduña. Las ganancias que generó esta serie de transacciones

irregulares se cifraron en su momento en 200000 francos de oro (una cifra muy

considerable para la época). Análisis detallados de la documentación mostraron que las

actividades criminales de la Garduña se dividían por partes más o menos iguales entre

 

35 “En Agosto de 1822 se descubrieron en una casa sevillana los cadáveres de una muchacha secuestrada días antes,

María de Guzmán, y los de sus tres asesinos y violadores. El dueño de la casa, un personaje influyente, confesó y delató

a otros cómplices. Al parecer, los tres secuestradores violaron y asesinaron a la joven sin autorización de su jefe, que

los asesinó a su vez al enterarse de que habían desobedecido sus órdenes. En la misma casa donde apareció el cuerpo

de María de Guzmán se halló un texto manuscrito: la crónica de La Garduña. Los estatutos que jamás habían sido

transcritos, las cuentas de la sociedad que nunca se llevaron a pergamino, y las actas de las tropelías sin contabilizar,

amparadas durante siglos por el secreto; el error de los garduños ochocentistas fue pretender redactar una ‘crónica

heroica de su sociedad.’” E. Milá, op. cit.

 

los asesinatos, el rapto de mujeres y el robo, el perjurio y otras actividades

consideradas “menores” por el grupo.

El 25 de Noviembre de 1822 Francisco Cortina, el último Hermano Mayor de la

Garduña, fue ejecutado públicamente en Sevilla junto a dieciséis de sus principales

colaboradores. Oficialmente, éste es el fin de la historia. Sin embargo, se sospecha que

aquello no fue ni mucho menos el epílogo de la siniestra historia de la Santa Garduña, algo completamente lógico si tenemos en cuenta la honda raigambre de esta sociedad

secreta. Se tienen noticias de ramas sudamericanas que actuaron y se extendieron por

el Nuevo Mundo durante los dos primeros tercios del siglo XIX. Por otro lado, debemos

considerar que sociedades delictivas tan exitosas como la Camorra napolitana o la

Mafia siciliana, nacidas ambas en territorios antaño dominados por la Corona de

Aragón, le deben mucho de su organización a su precursora española, que exportó sus

métodos a aquellas tierras en la época en que Nápoles se encontraba bajo la soberanía

de España.

 

Otra de las envolturas en las que sobrevivió el espíritu de la Garduña fue a

través del bandolerismo organizado que dominó los caminos y carreteras de la

Andalucía del siglo XIX. En los puestos y posadas más aislados que se erigían al borde

de estas rutas era común la figura de los “aseguradores”, quienes, a cambio de cierta

suma de dinero, garantizaban la integridad física y patrimonial de los viajeros contra la

eventual acción de los bandoleros, que actuaban en connivencia con estos

extorsionadores encubiertos, centrando sus ataques en aquellos que se habían negado

a pagar la cuota. En el Madrid de 1823 era sabido que aquellos viajeros que deseaban

desplazarse a Cádiz sin sufrir percances de ningún tipo no tenían otro remedio que sacar su pasaje en las diligencias de Pedro Ruiz. El precio del pasaje era tres veces

más caro pero a cambio se obtenía la completa seguridad de que el viaje no sería

interrumpido por ningún incidente inesperado. En Mérida, el patrón de la fonda de las

Tres Cruces vendía el santo y seña para librarse de los bandidos a cambio de una

módica suma de dinero. Don Manuel de Cuendias, prologuista de la Historia de la

Inquisición de Féreal36, cuenta en esta misma obra cómo en cierta ocasión pagó a un

hombre para que le diera la contraseña Vade retro, mediante la cual pudo librarse de

una situación comprometida al ser asaltado súbitamente por cuatro individuos de

aspecto más que patibulario que, como si la frase en cuestión hubiera sido un hechizo

mágico, se convirtieron de inmediato en un apacible grupo de paseantes.

 

Dar una definición apropiada del fenómeno del bandolerismo es difícil, puesto

que en ocasiones resulta complicado separar la simple y llana delincuencia de un

importante factor de rebeldía social. Para enrevesar aún más la cuestión, la literatura

primero y más tarde el cine, e incluso la televisión, han ayudado a formar en la

conciencia colectiva una imagen romántica del bandolero como individuo portador de

determinados valores como el honor, la justicia, la virtud y la independencia. Basta

recordar al legendario merodeador del bosque de Sherwood, Robert de Locksley (Robín Hood), al justiciero griego Magnosalessandros o al catalán Serrallonga (Joan

Sala), al andaluz José María el Tempranillo o al televisivo Curro Jiménez. Más allá de

romanticismos, lo cierto es que durante buena parte del siglo XIX la delincuencia rural

armada se convirtió en uno de los grandes problemas de Estado en España.

La palabra bandido o bandolero tiene la misma raíz que “bando” o “bandera”, y

en su origen designaba a aquellos que actuaban a favor de un bando o bandería. Estas

banderías, emparentadas con la Garduña especialmente a nivel metodológico y

 

36 M. V. de Féréal, “Mystères de l’lnquisition et autres sociétés secretes d’Espagne par… avec notes historiques et une

introduction par M. Manuel de Cuendias. Illustres de 200 dessins par les artistes les plus distingue”. P. Boizard, París,

1845.

 

organizativo, también actuaban como sociedades secretas, con sus grados, ritos de

iniciación, contraseñas y demás elementos definitorios.

A pesar de que fuera en Andalucía donde el fenómeno alcanzó sus más altas

cotas de popularidad, lo cierto es que la acepción etimológica del término remite a una

zona muy concreta de la península Ibérica: Cataluña. Allí, la palabra bandoler era

utilizada para designar a los mercenarios al servicio de los grandes señores feudales de

esta región, y que participaron activamente en las llamadas “luchas de banderías” que

se desarrollaron entre los siglos XIV y XV. Los dos bandos principales de estas

contiendas eran denominados cadells y nyerros, representando los primeros37 a la nobleza feudal y los segundos a la pequeña nobleza, que contó en ocasiones con la

simpatía de los campesinos acomodados, la incipiente burguesía y los pequeños

propietarios. Para complicar aún más la cosa, la situación de inestabilidad de los

campos catalanes, en especial en la zona de Vic, se veía agravada por el conflicto

existente entre los campesinos remenças, que derivó en la época de Juan II de Aragón

en un conflicto bélico entre la Corona y las autoridades municipales de Barcelona38

entre los años 1462 y 1472.

 

No sería ésta la única ocasión en que existieron movimientos de “bandidos” con

raíces políticas en España. Tras la guerra de la Independencia, muchos grupos de

guerrilleros quedaron sin desmovilizar, prefiriendo continuar su vida montaraz a

regresar a la vida civil. Por otro lado, y dentro de un sentido etimológicamente estricto

de la palabra “bandido”, liberales y carlistas actuaron en partidas de bandidos -esto es,

defensores de un determinado bando- más o menos incontroladas. En cualquier caso,

en estos últimos reductos poco queda del carácter pseudo-masónico y gremial que

caracterizó a la Garduña. Tendríamos que buscar ya a sus herederos muy lejos de

España, concretamente en las agrupaciones criminales organizadas de Italia y entre la

conocida como “hermandad de la costa”, constituida por los piratas que asolaron el

Caribe y cuyos usos, costumbres y tradiciones se encontraban muy influidos por los instituidos primitivamente por la Garduña39.

 

Conclusión

 

A pesar de ser una gran desconocida, la Garduña es una de las mayores

influencias de la historia negra española. Su huella se aprecia en sitios tan dispares

como la novela picaresca o el argot de los delincuentes actuales. Su herencia

permanece viva en organizaciones delictivas como la Camorra napolitana, cuyos

códigos y rituales son virtualmente los mismos que los de los garduños del siglo XVI.

 

37 Simplificando mucho, ya que un análisis exhaustivo de esta temática requeriría mucho más espacio del que aquí

disponemos.

38 La Generalitat y el Consell de Cent.

39 Se pueden encontrar al respecto referencias a algunos hechos muy poco conocidos de la piratería en Martha de

Jármy Chapa, Un eslabón perdido en la Historia. “Piratería en el Caribe, siglos XVI y XVII”. Universidad Nacional

Autónoma, México, 1983.

BIBLIOGRAFIA:

http://bancodepoliticosdelmundo.org/principal/cultura/bibliografia-de-20-grandes-conspiraciones-de-la-historia/