“ESPAÑA, APARTA DE TI ESTE CÁLIZ”

screenshot.23En medio de estos enredos casi cotidianos sobre  los que leemos a diario, quizá sea oportuna esta reflexión muy personal y quizá irreverente. Porque, mientras en España sus gobernantes actuales quieren retrocederla, y trastabilla su rey, hasta hace poco un prestigioso demócrata, hay debates importantes, a veces exacerbados y teñidos de caudillismos y chauvinismos, sobre si esa nación reconoce la diversidad que de verdad la constituye. Sobre qué es España.

El laberinto español, llamó Gerald Brenan a un libro notable que se puso a escribir cuando la guerra civil lo atrapó en su admirada Andalucía. Y allí quiso dilucidar la pregunta que el título ya enuncia, ¿de qué está hecho? ese lío, enredo, laberinto, atrapadero y misterio español, que por cierto nos importa también, en nuestra historia e identidad, a los latinoamericanos.

Brenan abre allí una caja de Pandora, que la España oficial posterior quiso ignorar, pretendiendo que no había tal laberinto. Estuvo censurado décadas.

En  mi generación, en los sesentas, nos contaron un cuento que no sé si llamar injustamente chino. El de que España era una, con un idioma, el Castellano, que para respaldar ese cuento se llamaba el Español. Cuyo máximo logro era la zarzuela, más o menos. Porque DiEstéfano era argentino.  Y Puskas y Kubala, húngaros.

Una España que entonces producía, en el lado oficial de los buenos, a Manolo Escobar, Sarita Montiel (que después resultó “progre”), Marcelino Pan y Vino, etcétera, y, como prueba de sus grandes libertades, a Pedrito Rico, Raphael y Salvador Dalí. Y del lado de los malos, a Picasso, Buñuel, Cernuda, o Pau Cassals, por ejemplo.

¡Que viva Madrid que es la corte!, cantaban algunas coplas,  que todo lo demás eran provincias, más o menos pintorescas. Los vascos y los catalanes, por ejemplo.

Gobernaba, hacía un huevo de años, Franco, paradójicamente gallego (como el actual presidente Rajoy), con el título autoasignado de “Caudillo de España por la gracia de Dios”.  Porque el Dios oficial lo había puesto allí.  Y, para que nadie lo dude, también, con su cara, entonces gordita, de “Generalísimo”,  en todas las monedas y en todas las estampillas.  También con su nombre en todas las avenidas grandes, porque en las segundas le tocaba a Primo de Rivera, andaluz más bien él, fascista fundador de la Falange y, para más señas,  hijo del dictador anterior, en los años 20, del general que le manejaba el país al entonces monarca Alfonso XIII, abuelo de Juan Carlos, ése que se había ido corriendo de España cuando los monárquicos perdieron una elección municipal, en 1930, dando pie así a la segunda, y más breve que la primera, República Española.

Conocí esa España, cuando ya se acababa  en Barcelona, y trabajé allí como arquitecto en el 73. Y también entre el 74 y el 76, después de hacer una tesis en Londres sobre su arquitectura durante la República, así que debí, y me interesó mucho, leer, además de vivirlos,  esos cuentos. Que terminaron con final feliz, jubilando esos despropósitos y abriendo las puertas a reencontrar una España plural e inteligente, pero eso fue después del 75. Entonces, por ejemplo, para ir de Barcelona  a Bilbao en tren,  había que ir por Madrid. Y el catalán y el euskera habían sido prohibidos durante décadas, haciendo que, por ejemplo, la generación de Goytisolo o Barral escribiese en castellano. Carlos Barral hablaba catalán con los pescadores de Calafell, pero castellano con sus amigos. Hoy eso no sería así y nadie, salvo algún obstinado, tiene derecho a creer que es un castellano mal hablado. Y se habla el vasco o esukera, además de un castellano también impecable, en todo el país vasco.

Brenan, en los años 30, explicaba bien cómo sí había, y hay,  más de una España, tanto en lo cultural como en las relaciones sociales de una sociedad que perpetuó hasta hace poco relaciones algo feudales. Y cuenta en ese viejo y bonito libro historias como la de un cura que en el púlpito comparaba a la Sagrada Familia con la de los señoritos dueños de la hacienda en la que predicaba. Dicotomías geográficas, dicotomías sociales, dicotomías culturales y éticas. Mundos divorciados, confrontaciones viejas y familiares, dramas que llevaron a una tremenda e ideologizada guerra de intolerancias, a odios, a abusos de toda suerte.  Y a una mala consciencia con ese pasado. Simplificado, negado, escondido.

La apertura democrática hizo una primavera, a la que todos contribuyeron, especialmente en los 80 y con el liderazgo de Felipe Gonzales. Pero esos pactos después se desgastaron y han reaparecido fisuras, diferencias y mala uva. Revanchismos, regresiones, retrocesos. En ideas sobre política, sobre sociedad, sobre libertades, sobre creencias.

Es un tema imposible de dilucidar brevemente, y con muchas aristas, pero que lo peor es tratar de esconder e ignorar. Y en eso Rajoy, el actual y mediocre líder español, aprovechando de abusar de una mayoría parlamentaria que hoy ya no tendría de haber elecciones,  es una avestruz. No ve lo que no quiere ver.

Lo que exacerba y hasta “legitima” chauvinismos y posiciones electoralistas de ruptura. Para no pocos catalanes y no pocos vascos no está claro qué ganan estando en esta España. Salvo en fútbol, porque salirse de la Liga sí puede ser costoso. Y dejarnos sin “Derbys.”

Lo más sensato en España hoy sería redefinirla, encontrar formas de federar espacios con diferencias importantes. Cambiar. Renovarse. Reconocerse. Hasta el Rey lo ha pedido.

Recuerdo que un buen y muy importante historiador y arquitecto hispanista, Chueca Goitia, a quien le saqué una vez, el 85, un escrito sobre Lima, aunque no había venido, dejaba entender en sus libros, si se los lee bien, que España se inventó en América.

Que llegaron andaluces, extremeños, castellanos, gallegos… y que, debiendo construir en el nuevo mundo huellas del viejo que ellos representaban, sumaron lo que era diferente.

Una España que sume sería mucho más interesante y sostenible que una España que divida. Ojalá así sea.

España, aparta de ti este cáliz, les aconsejaría César Vallejo, creo.

Augusto Ortíz de Zevallos

12.01.2014 – Diario 16