Los Diálogos de Paz, ¿quiénes hablan?

screenshot.191Si uno pasa revista a los miembros de la mesa negociadora de los Diálogos de Paz, por parte del Estado –y no voy a inventariarlos: no hay espacio para eso– se encuentra con la aterradora sorpresa de que no hay ni un solo historiador, ni un Álvaro Tirado Mejía, ni un Jorge Orlando Melo, ni un Gustavo Bell Lemus, ni uno solo, como si el tema no tuviera qué ver con nuestros doscientos años de inenarrables violencias sin término.

Tampoco, obviamente, hay entre los interlocutores nadie parecido a un filósofo, como si el tema de la guerra no tuviera nada qué ver con el pensamiento, o la ausencia de él, o nuestra renuencia secular a pensar las cosas de otra manera. Ni un antropólogo, ni un sociólogo, ni un comunicador social. Una mesa chiquitica para un diálogo chiquitico. Una paz enana y para enanos, Gulliver en Liliput.  Esa mesa no da la talla.

El poeta portugués Fernando Pessoa solía decir: “Yo no soy del tamaño de mi estatura, yo soy del tamaño de lo que veo”. ¿Qué ve una mesa de paz integrada por políticos y tecnócratas, responsables precisamente de gran parte de la injusticia social que ha dado origen a la guerrilla? Veo, veo, no ven. Una visión pequeñita para una paz liliputiense. Qué dolor, qué dolor, qué pena, por eso es que Mambrú se fue a la guerra.

Dime a quiénes escoges para dialogar y yo te diré de qué tamaño es tu visión de la paz. Sólo a última hora, en noviembre, entraron las mujeres a ser las musas de la mesa. Y es que, en el siglo IV después de Cristo, a orillas del Río Sena, la madre que lavaba la ropita con sus hijos, y veía venir a los bárbaros, sabía tan claramente como la madre que, en el 2014, a orillas del Río Sinú, y ve venir a los ‘paracos’ quiénes son los responsables de la violencia. La mujer ve más lejos que los hombres en materia de paz. Su visión es del tamaño de la vida.

Una mesa de diálogo excluyente va a generar acuerdos excluyentes, es decir, enemigos de la paz. En este país, que todavía se declara católico, el malestar no sólo está en la misa, en la fanática intolerancia que ha dado origen a tantas violencias: también está en la mesa sin musas ni masas.

Han dejado por fuera a casi todos los grupos y sectores de la Colombia contemporánea, en nombre de la calle, vea usté. Y es que aquí, papá, todavía nos enseñan dizque historia patria –en vez de enseñarnos historia matria–, y nos enseñan una sartal de mentiras sobre el Casandro mentiroso de Francisco de Paula Santander, artífice de la intriga y el maquiavelismo politiquero que han reinado entre nosotros durante dos siglos de nostalgias virreinales.

La mesa de los diálogos se parece a él, nada tiene de costeña ni de Caribe, dicho sea de paso, en un país de regiones, en unas regiones sin país. Mesa cachaca para paz cachaca, peor que una Pax Romana. Simón Bolívar, su espíritu libertario, es el gran ausente de esa mesa santanderista y anacrónica, qué vaina tan lamentable.

Si uno pasa revista a los miembros de la mesa de los Diálogos de Paz por parte del Estado entiende perfectamente porque, bien mirados, a los colombianos nos falta la dimensión de la mirada.

Fuente: http://bit.ly/L1YXgj