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convicciones que la sostienen, enturbia nuestra condena moral del mal radical? Lo más ambiguo de todo es la comprensión de que las violaciones masivas de dere­chos humanos sólo pueden ocurrir si mucha gente participa, en mayor o menor grado, o si al menos acepta o pasa por alto lo que está sucediendo. Si casi todos somos culpables, ¿a quién acusaremos?36

En un sentido más amplio, ¿cuál puede ser el castigo apropiado para crímenes de tal magnitud? Si, en Estados Unidos, la pena capital es la sentencia que se asig­na por haber cometido un asesinato, ¿qué más podríamos, o deberíamos, hacer a una persona que ha planeado u ordenado el asesinato de millones? Otra filósofa contemporánea, Hannah Arendt, estudió el carácter de Adolf Eichmann, uno de los últimos criminales de guerra nazis en ser aprehendido. Él no sentía un odio especial hacia sus víctimas, de hecho, era extremadamente respetuoso de la “ley y el orden”. Su objetivo personal era impulsar su carrera; causar daño a los demás fue sólo una consecuencia necesaria de perseguir su objetivo. Impresionada por esta indiferencia, Arendt la llamó “la banalidad de la maldad”. Para Eichmann, la muerte de millones no era más importante de lo que, para nosotros, resultaría la destrucción de un hor­miguero.37

Si no existe un casügo realmente proporcionado, ¿qué puede hacer la socie­dad para lograr la justicia retroactiva? Niño propone juicios, como los de Nurem-berg que se llevaron a cabo al término de la Segunda Guerra Mundial. El primer beneficio que arrojan es el reconocimiento público del alcance y la naturaleza de las atrocidades, algo que los regímenes represivos hacen lo posible por ocultar. La naturaleza misma de un juicio, especialmente uno en el que los derechos legales del defendido estén meticulosamente protegidos, realza (por contraste) las terri­bles acciones del acusado. Niño cree que quizá el beneficio más significativo sea que:

Los juicios hacen posible que las víctimas que fueron privadas de sus derechos humanos recuperen el respeto por sí mismos, como individuos con derechos legales… durante los juicios, los demás escuchan su sufrimiento con respeto y compasión. Las atrocidades se discuten abierta y públicamente y los actos de los perpetradores son oficialmente condenados. La historia verdadera recibe sanción oficial. Este proceso no sólo mitiga la sed de venganza, sino que también re­constituye el respeto que las víctimas tienen de sí mismas.38

Los juicios promueven una discusión abierta que resulta emocionalmente catártica (como pensaba Aristóteles de las tragedias atenienses) y consolida la soli­daridad pública. Su valor no disminuye, aun cuando se otorguen indultos al final del juicio, como ocurrió en Argentina.

Los lugares más ardientes del infierno están reserva­dos para aquellos quienes, en periodos de gran crisis moral, se mantuvieron neutrales. Dante.

Justicia restaurativa

A diferencia de la retribución, que busca castigar al culpable, la justicia restaura­tiva pretende sanar a la comunidad. Como resultado de una nueva ley federal en Guatemala que permite a los pueblos indígenas utilizar sus propios sistemas tradi­cionales de justicia, algunos jueces están sentenciando al infractor a trabajar para la víctima, más que a pasar un tiempo en la cárcel. En casos que van de robos me­nores a abuso conyugal, las tradicionales formas mayas de mediación y reconciliación requieren que el perpetrador restaure a la víctima algo de lo que le ha quitado, en términos tanto materiales como emocionales.39

Quizá el ejemplo de justicia restaurativa más trágico de los últimos tiempos haya sido la Comisión Sudafricana para la Verdad y la Reconciliación. Al final del apartheid, el presidente electo de manera democrática, Nelson Mándela, prisione­ro durante muchos años por el antiguo régimen, buscaba sanar las heridas de toda la comunidad, más que ofrecer una mera retribución. Entre 1995 y 1998, miles de víctimas aparecieron en las audiencias para narrar sus historias, bajo una bandera que proclamaba “La verdad es el camino a la reconciliación”. Los perpe­tradores podrían obtener la amnistía si confesaban todos sus crímenes, establecían que éstos habían sido políticamente motivados y demostraban que la violencia uti­lizada había sido (en un eco de las justificaciones para la guerra) proporcional a sus objetivos.40

En una sociedad profundamente dividida, polarizada por cuestiones raciales, el arzobispo Desmond Tutu, a quien Mándela solicitó que dirigiera la Comisión pa­ra la Verdad y la Reconciliación, utilizó un modelo de justicia restaurativa basado en el perdón. Desde su punto de vista, sanar el dolor requiere que tanto víctimas como perpetradores se enfrenten entre sí. Al referirse a los perpetradores, Tutu es­cribió: “Son libres de creer que escaparán de la justicia, de arriesgarse y suponer que, si no solicitan amnistía, no serán procesados. Pero, como habitantes de un universo moral, deben comprender que no hay mentira que prevalezca por siem­pre… Cuando vengan y confiesen que son culpables, aliviarán la carga de todos nosotros.”41

Tutu da por sentado el concepto de espirimalidad relacional que implica el tér­mino ubuntu. En contraste con la filosofía del apartheid (la gente ha sido creada para separarse), el ubuntu afirma la conexión básica entre todos los seres huma­nos, más allá de las categorías de raza, clase y género, incluso de víctima y perpe­trador. Tutu lo explica de la siguiente manera: “El pensamiento africano sostiene que una persona es tal sólo a través de los demás. Mi humanidad está relacionada con la tuya y cuando tu humanidad mejora (me guste o no), también lo hace la mía. Asimismo, cuando te deshumanizas, inexorablemente, yo también me deshu­manizo”. El profundo anhelo africano por la paz y la armonía comunales descansa en esta perspectiva de la esencia que constituye a la persona. El resentimiento, el enojo y el deseo de venganza destruyen esta armonía. En opinión del arzobispo Tutu, el perdón representa la forma más alta de interés personal, pues la persona que perdona también libera las ataduras que lo mantienen cautivo.42

justicia restaurativa sis­tema de justicia que busca el alivio más que el castigo y que requiere que el res­ponsable restituya a la victima algo de lo que ésta ha perdido, tanto a nivel material como emocional.

ubuntu concepto africa­no que señala que una persona existe como tal só­lo a partir de las demás y que todos los seres huma­nos comparten un destino común) tanto la deshuma-nización como la reconci­liación afectan a toda la comunidad.

Libertad humana:

¿de cuánta debemos disponer?

En cierto sentido, la tecnología bélica hace posible los holocaustos modernos. Por supuesto, la tecnología es neutral, pero a medida que crece, también aumenta nues­tro número de opciones. Puesto que podemos conocer y hacer muchas cosas nue­vas, la mayor parte de las cuales carece de marco ético, hoy en día resulta crucial la cuestión de cuánta libertad deberíamos tener. ¿Hasta qué punto, por ejemplo, deseamos saber (y queremos que otros lo sepan también) quién puede estar gené­ticamente seguro de contraer determinadas enfermedades a lo largo de su vida? Una vez que tenemos conocimiento, se vuelve muy difícil ignorarlo, pues los “genes malos” crean problemas éücos. Lo que sabemos acerca de los efectos que el estilo de vida de una mujer embarazada tiene sobre el feto que se desanolla en su orga­nismo crea otro conjunto de problemas. ¿Qué tan grandes son las obligaciones que tenemos para con los demás? Exploraremos algunas cuestiones cotidianas y otras más dramáticas que tocan de cerca los dilemas éticos creados por este mundo de posibilidades aparentemente ilimitadas. ¿De cuánta libertad debemos disponer?

No hay monstruo más destructivo que la mente inventiva que ha dejado atrás a la filosofía. ellen Glasgow.

Proyecto del genoma humano, clonación y fertilización in vitro

A finales de la década de los ochenta, el gobierno estadounidense emprendió el ambicioso proyecto de trazar en detalle el mapa del genoma humano y detenriinar no sólo lo que nos separa de los chimpancés, sino localizar el gen de cada característica que conforma al ser humano. En cada célula humana existen alrededor de 50,000 y 100,000 genes “esparcidos en los 24 cromosomas, X y Y, y 22 más”. Los genes son cadenas de ácido desoxirribonucleico (ADN), dispuestas conforme a un patrón en forma de doble hélice y la secuencia según la cual se hallan dispuestos los peldaños que unen las dos cadenas de la hélice determina el código genético la información hereditaria que hace de nosotros lo que somos.43

En junio del año 2000, los científicos anunciaron que casi habían terminado de descubrir la secuencia de todo el genoma humano, que era la primera fase en la composición de un “manual operativo completo de la máquina humana”. Aunque cada uno de nosotros, con excepción de los gemelos idénticos, es único, la secuencia del genoma humano también revela nuestras asombrosas similitudes. Al anunciar el acontecimiento, el presidente Clinton dijo: “En términos genéticos, todos los se­res humanos, sin importar la raza, somos más del 99.9 por ciento iguales. La ciencia moderna ha confirmado lo que aprendimos primero a partir de la fe ancestral. El hecho más importante de la vida sobre la tierra es nuestra humanidad común.”44

La siguiente etapa comprende el registro de datos, encontrar todos los genes y descubrir cuál es su función. El doctor Victor A. McKusick, de la Universidad Johns Hopkins, compara esta tarea con una búsqueda de información en una enor­me enciclopedia (en este caso, la enciclopedia de la vida) que carece de todo tipo de organización. “No tiene índice, tabla de contenidos, títulos ni nada” y, por tan­to, según uno de los colegas del doctor McKusick, el doctor David Vale, no hay nin­guna forma eficiente de extraer el mar de información que contiene el genoma. El registro de datos despejará el camino para otros descubrimientos importantes: es­tablecer con exactitud los diagnósticos de enfermedades, crear medicamentos que ataquen los procesos metabólicos como climinutas bombas inteligentes, identificar las familias de genes que predisponen al cáncer, a las enfermedades mentales, al Alzheimer, al asma, etc. “Casi cualquier enfermedad que puedan imaginar involucra, cuando menos, alguna predisposición genética”, dice McKusick.45

Y ahí es donde radica el problema. La información derivada de lo que se ha llamado “El libro de la vida” ha comenzado a crear dilemas éticos. A medida que logremos leer el código genético en la etapa prenatal, estableceremos, de manera inevitable, divisiones entre los genes “buenos” y los “malos”. ¿Existe el peligro de crear una subclase genética? Las personas ya pueden someterse a un rastreo gené­tico en busca de determinadas enfermedades hereditarias, como la fibrosis quística y la enfermedad de Tay Sachs, y recibir asesoría, si son portadores de los genes causantes, acerca de concebir o no un hijo.

Puesto que la enfermedad de Tay Sachs se presenta con una frecuencia 100 veces mayor entre los canadienses de origen francés y los judíos ashkenazi de la Europa central y oriental, que entre el resto de la población, el Comité Judío para la Prevención de Enfermedades Genéticas ofrece en la actualidad una prueba san­guínea a los jóvenes ortodoxos judíos de Estados Unidos, Canadá e Israel, a la vez que hace recomendaciones en cuanto a determinadas características de la pareja adecuada. Una vez llevada a cabo la prueba sanguínea, la persona recibe una iden­tificación con seis dígitos; cuando las parejas entablan relaciones, intercambian los números. De las 50,000 sometidas a la prueba en 1994, 80 de ellas fueron informa­das de que eran “genéticamente incompatibles”; unas cuantas, a pesar de ello, de­cidieron casarse y correr el 25 por ciento de riesgo que implicaba tener un hijo que desarrollara la enfermedad.46