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Incluso si quedamos relegados únicamente a tener que elegir entre rendimos a la desesperación o mantener una actitud de resistencia, siempre tenemos opciones, y esto es lo que nos distingue de los árboles o las piedras. Conforme actuamos y asu­mimos la responsabilidad por nuestras acciones, cumplimos con la tarea de crear una naturaleza humana para nosotros. El pensamiento tradicional depositaba este privilegio y responsabilidad en manos de Dios, pero Sartre insistía en que es el ser humano, el ser-para-sí, quien tiene el poder de la creación Podríamos comparamos con un alfarero, pues damos forma a la creación artística que somos nosotros.

Negar esta libertad humana única y singular equivale a actuar de mala fe. En el sistema ético de Sartre, éste es el único acto inmoral que es posible cometer. Si yo pretendo -ser-en-mí-mismo y culpo de lo que me acontece a otras fuerzas exter­nas, estoy negando la realidad y actúo de manera inmoral. En ocasiones, es tentador hacerlo, aceptaba Sartre, pero obrar así equivale a pasar por alto el poder y la be­lleza de la condición humana.

A manera de ejemplo, el filósofo narra la historia de una joven que accede a salir con un muchacho, quien, ella lo sabe, tiene la intención de seducirla. En el curso de la noche, el joven toma la mano de la mujer y dice: “Me pareces suma­mente atractiva”, y ella permite que siga sosteniendo su mano sin tomar la decisión de aceptar o de rechazar la seducción.33 A ella le resulta tentador, admite Sartre, posponer esa decisión, y quiere pensar que su mano, de alguna manera, no le per­tenece. Si procede de esta manera, elude la decisión de tomar la iniciativa en la danza de la seducción o de manifestar su decisión de no participar en ella; para Sartre, cualquiera de las dos decisiones es moralmente aceptable por completo, pues afirma su estatus de ser-para-sí. Ella puede, de buena fe, aceptar los requeri­mientos del joven y dejar que la naturaleza haga lo demás, o puede, también de buena fe, rechazarlo por cualquier cantidad de razones. Podría decir: “No admito las relaciones sexuales prematrimoniales”, “me da miedo contagiarme de SIDA” o “No me apetece tener relaciones contigo”. Todas estas respuestas son moralmente aceptables por igual; lo que no es moralmente aceptable es pretender que no hay ninguna decisión que tomar. Un ser humano no es una mesa o una piedra, y pre­tender serlo equivale a romper el código moral del existencialismo.

Los existencialistas ateos aseguran que es cierto que la existencia es absurda; no existe ningún Dios y, por tanto, tampoco existe ley moral alguna. La vida está llena de ^certidumbre y desesperanza y, al final, nos aguarda la muerte. Ninguna de las comodidades de las antiguas certidumbres tiene ahora validez, si es que alguna vez la tuvieron. Los buenos no son recompensados y.el mal no recibe su castigo; nacemos, vivimos brevemente y morimos. Entre el nacimiento y la muerte existe la oportunidad, única del ser humano, de forjarse un auténtico yo. Es todo lo que tenemos y, para los existencialistas como Sartre, significa mucho.

Lo que debemos evitar a toda costa es el pensamiento de grupo que existe en las organizaciones dogmáticas y de grandes dimensiones. Si eres miembro de alguna iglesia, por ejemplo, hay una serie de cosas en las que debes creer y otras en las que quizá no creas; tus decisiones individuales están excluidas. Lo mismo acontece si perteneces a un grupo o una pandilla: se esperarán de ti actitudes y criterios de­terminados, y te desanimarán de asumir cualquier opinión que difiera de la postura del grupo. Someterse a esa clase de presión, pensaba Sartre, es actuar de mala fe.

Cuando se afilió al Partido Comunista, sus amigos lo acusaron por este error flagrante, a la vez que insistían en que actuaba de mala fe. ¿Cómo, preguntaban, puedes afiliarte a un partido político, cualquiera que sea, y esperar vivir de mane­ra auténtica? Aunque estaba convencido de la corrección de las metas del partido, con el tiempo Sartre se vio orillado a dimitir. Fue incapaz de reconciliar el hecho de ser un miembro activo con sus propios puntos de vista acerca de la independencia necesaria del individuo. ;

Asimismo, Sartre argumentaba que el amor automáticamente sitúa a una persona en una posición de mala fe. Aun cuando en un mundo absurdo pudiera parecer que el amor provee el bienestar necesario y aligera la desesperación engendrada por la existencia absurda, para Sartre el precio parecía demasiado caro. Una vez que amamos y somos amados, nos convertimos en esclavos del amor, de manera que modificamos nuestras opiniones y nuestras acciones para retener el favor del ser amado. Por miedo a perder el amor del que nos hemos vuelto dependientes, hacemos determinadas cosas y no otras. Para él, es imposible vivir una existencia auténtica si necesitamos medir cada acción a partir de lo que creemos que piensa la persona que satisface nuestra necesidad de amor. Cabría observar aquí, sin embargo, que así como Sartre fue varios años miembro del Partido Comunista, también vivió durante 20 años una relación amorosa y a largo plazo con Simone de Beauvoir, cuyas ideas estudiamos en el capítulo 9. Para Sartre, igual que para la mayoría de nosotros, era difícil vivir varias cosas acerca de las cuales tenía una certidumbre intelectual. Con­tinuó convencido de que las organizaciones y las relaciones amorosas sitúan a la persona en una posición de mala fe, pero siguió la natural tendencia del ser hu­mano a afiliarse a ambas.

LA CREACIÓN DEL FILOSOFO

Jean-Paul Sartre (1905-1980) El principal exponente fran­cés del existencialismo rué un niño precoz, un lector voraz y eligió tener una ca­rrera literaria desde rpuy jo­ven. En la Sorbona, destacó en filosofía como un alumno excelente y ahí conoció a Simone de Beauvoir, con quien sostuvo una relación de toda la vida. En su épo­ca de estudiante en Berlín, conoció los escritos de Kierkegaard y Heidegger, al tiempo que fue testigo del ascenso de Hitier al poder. De regreso a Francia, fue reclutado en el ejército como soldado raso y, en 1940, cayó prisionero de los alemanes. Esta experiencia le ayudó a formar su concepto radical de la libertad existencia!, incluso en condiciones extemas de privación de la libertad. Nueve meses des­pués regresó a Francia, don­de participó como redactor de un periódico clandestino de la Resistencia, cuyo editor era el también escritor Albert Camus. Concluida la guerra, viajó a Estados Unidos, don­de presentó una serie de conferencias en diversas universidades. Sus obras literarias, entre las que se cuentan obras de teatro, novelas y cuentos, han contribuido tanto como sus escritos filosóficos formales al interés por el existencia­lismo.

Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma. ¡Ah, S—!impreso en un botón.

Hoy en día vivimos en una sociedad que sufre de anemia ética. Rita Mae Brown.

Excusabilidad

Los existencialistas como Sartre parecen no querer exonerar a nadie de la respon­sabilidad de sus decisiones morales; para ellos, la creación de un yo depende de asumir responsabilidad, condición que es directamente responsable de la esen­cia de la persona. Si admitimos esta premisa como ideal moral, debemos considerar todavía si existe alguna condición en la que calificaríamos a una persona como moralmente no responsable de un acto objetivamente inmoral.

A finales de 1993, tuvimos noticia de que cierto grupo de investigadores había sometido a una exposición a radiación, de manera deliberada y sin su consentimien­to, a 800 personas en un programa de experimentación durante la Guerra Fría. En un estudio, se les había administrado plutonio a pacientes con enfermedades termi­nales; en otro, los testículos de los prisioneros se sometieron a radiación para de­terminar qué grado de exposición a los rayos X vuelve estéril a un hombre; en un tercer proyecto se alimentó a un grupo de niños “mentalmente retardados” con pequeñas cantidades de elementos radiactivos mezcladas con cereal para medir los efectos de la radiación en el metabolismo humano. Los defensores del programa argumentan que es de gran valor todo lo que se aprendió a partir de-él y señalan que antes del programa se sabía mucho menos acerca de las consecuencias de la radiación, en especial de sus efectos a largo plazo. Sus críticos hacen hincapié en la arrogancia de los investigadores y comparan estos experimentos con los que llevaban a cabo los nazis en los campos de exterminio, donde tampoco existía con­sentimiento por parte de las víctimas.

Desde nuestra perspectiva actual, ¿tenemos justificación para acusar a estos científicos o debemos disculpar sus acciones porque actuaban de acuerdo con las normas de investigación entonces aceptadas y con el conocimiento disponible? Era tan escaso el conocimiento acerca de los rayos X que se utilizaban aparatos emisores de radiación para medir la talla del pie de una persona en las tiendas de calzado y se difundía su poder como un método muy avanzado para la extracción de amígdalas. Hoy en día, rechazamos estos métodos debido a lo que sabemos, pero ¿cuánto de lo que sucedió en el pasado estamos dispuestos a atribuir a una excu­sable ignorancia de las consecuencias?34

En un dilema ético clásico, otro problema se plantea de la siguiente manera: la esposa del señor X está agonizando y existe un medicamento que puede sal­varle la vida, pero su precio es muy alto y no pueden comprarlo. El farmacéutico comprende el problema, pero no desea crear un precedente al regalar el medica­mento. ¿El esposo debe robarlo? Si lo hace, ¿deberíamos disculparlo de una acción objetivamente inmoral (el robo) a causa de una falta de alternativas? Pensemos en algunas de las posturas éticas que hemos estudiado en este capítulo; ¿deberíamos centramos principalmente en el carácter sagrado de la vida, deberíamos conside­rar los intereses de todas las partes o deberíamos adoptar una ética del cuidado? ¿En realidad el robo es la única alternativa del señor X?

Supongamos que nos dan la noticia de que un asesino en serie fue sometido a una brutalidad sádica y extrema durante su infancia; ¿quedó esa persona marca­da de manera irreparable por tales experiencias de crueldad? Aun si esa persona ha asesinado a muchos niños sin remordimiento alguno, e incluso ha expresado una inclinación a repetir esta clase de atrocidad si se presentaran de nuevo cir­cunstancias similares, ¿admitiríamos que las acciones del asesino deberían discul­parse porque actuó bajo cierto constreñimiento? O bien, ¿existen crímenes que son tan inaceptables que no dan margen a excusabilidad alguna?

excusabilidad estado que permite ser dispensa­do de responsabilidad moral por un hecho que es objetivamente inmoral.

Maldad radical y castigo

¿Qué sucede con crímenes tan brutales y de tan gran escala que apenas tenemos un lenguaje moral para referimos a ellos? El Holocausto nazi, en el que millones de personas fueron sistemáticamente exterminadas, es uno de esos casos. Otro son las atrocidades cometidas por la dictadura militar en Argentina, entre 1976 y 1983. Carlos Santiago Niño, un filósofo contemporáneo, cree que debemos enfrentar las violacio­nes masivas de los derechos humanos y exigir alguna clase de justicia retroactiva:

¿Cómo habremos de vivir con la maldad?… Las violaciones masivas de los dere­chos humanos implican lo que Kant llamó el “mal radical”, las ofensas contra la dignidad humana tan extendidas, persistentes y organizadas que parece impro­piada la valoración moral cotidiana. Habría sido irrisorio que alguien enfrentara a Adolfo Hitler y le hubiera dicho que sus actos eran incorrectos. “Incorrectos” es un adjetivo muy débil… Otros términos que expresan condenación moral, co­mo “atroz” o “abominable”, expresan nuestra repugnancia emocional de manera más intensa, pero no esclarecen más el contenido descriptivo. Por tanto, nuestro discurso moral parece llegar a su límite cuando nos referimos a acciones de este tipo.35

El primer problema que debemos enfrentar es que quienes perpetran el mal radical parecen operar fuera del sistema moral que aceptamos la mayoría de nosotros. Sus acciones nos parecen tan extrañas como las de un pueblo que no compartiera nuestros conceptos de espacio y tiempo. Niño se pregunta cómo es posible que podamos juzgar de manera legítima tales acciones en términos de nues­tra propia moralidad. Lo que es más, los dictadores como Hider muestran claramente una convicción fuerte y sincera de que están haciendo lo correcto. ¿Acaso el hecho de aceptar la trasgresión de la desobediencia civil, aun cuando podamos discutir las convicciones que la sostienen, enturbia nuestra condena moral del mal radical? Lo más ambiguo de todo es la comprensión de que las violaciones masivas de dere­chos humanos sólo pueden ocurrir si mucha gente participa, en mayor o menor grado, o si al menos acepta o pasa por alto lo que está sucediendo. Si casi todos somos culpables, ¿a quién acusaremos?36

LA CREACION DEL FILOSOFO

Carlos Santiago Niño (1943-1993) Nacido en Buenos Aires, Ar­gentina, Niño estudió leyes y obtuvo un doctorado en jurisprudencia. Se involucró en la política durante los primeros años de la década de los ochenta, en un es­fuerzo por restaurar la de­mocracia en Argentina. Las atrocidades cometidas por la dictadura militar lo indujeron a reflexionar sobre los dere­chos humanos, especialmen­te acerca de su violación en casos de maldad radical. La manera en que una so­ciedad puede recuperarse de la violación masiva de derechos humanos constitu­ye el tema de su último libro, Maldad radical en juicio. Como profesor de filosofía jurista y consejero del presi­dente argentino Raúl Alfon-sín en asuntos de derechos humanos y reforma consti­tucional, Niño ayudó a que el mundo moderno hiciera frente a los resultados del mal radical. Además de su trabajo en Latinoamérica, Niño fungía como profesor invitado en las Escuelas de Leyes de las universidades de Harvard, Yale, Nueva York y Miami, así como también en la Universidad de California, en Los Ánge­les. En 1993, Niño murió repentinamente mientras trabajaba sobre una reforma de la constitución boliviana.