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En este momento has alcanzado la iluminación, posees la naturaleza del Buda; es sólo una cuestión de despertar a esa comprensión.14 Como señala Zen Roshi Phi­lip Kapleau, “la naturaleza del Buda es nuestro derecho común de nacimiento. Su confirmación proviene de la más alta fuente, el Buda mismo. Cuando alcanzó su iluminación suprema exclamó: ‘¡Maravilla de maravillas! Todos los seres vivos son budas en esencia’…”15

Como estudiamos en el capítulo 2, el budismo concibe el mundo como una red de interrelaciones; la red de Indra, con su tejido de cristales que se reflejan en­tre sí, es la representación de esta imagen. Nada es por sí mismo, nada puede exis­tir separado del resto. Si dañas una parte, dañas todas; si beneficias a una, también beneficiarás a las demás.

Éstos son los fundamentos de la ética budista. Cualquier cosa que se haga a una parte de la red, afectará otras partes de la red. En un sentido muy significativo, entonces, aquello que una persona inflige a otra, se lo inflige también a sí misma. Éste es el significado de la ley del karma, a veces llamada la ley de la siembra y la cosecha: el bien que hago deliberadamente a los demás, lo hago a mí mismo; el mal que causo a los demás en mi ignorancia, lo causo a mí mismo, también. En mi ignorancia, puedo creer que causar daño a mi pie no dañará al resto de mi ser, pe­ro si pienso así me estoy engañando. Como dice el Dhammapada: “todo lo que haces te lo haces a ti mismo”.16

Puesto que la red se basa en la interrelación, todas las acciones nos unen a la cadena de las causas y los efectos que nos mantiene en la rueda del samsara, pa­ra repetir el ciclo de nacimiento, muerte y renacimiento. El escape de la cadena puede lograrse únicamente al reconocer nuestra verdadera naturaleza. Una vez que despertemos y tratemos a los demás como a nosotros mismos, alcanzaremos la ilu­minación como el Buda Compasivo y ya no tendremos que sufrir el renacimiento. La buena noticia de esto es que todo el mundo lo logrará, al final; la mala noticia consiste en que algunos de nosotros tendremos que vivir muchas vidas y sufrir mu­chas experiencias dolorosas hasta que, por fin, reconozcamos cómo son las cosas en realidad.

Quizá la recomendación del Buda que proclama “abstente de causar daño a un ser vivo” se parezca un poco a “no matarás”, pero en este punto la diferencia ya debe haber quedado clara. Mientras que “no matarás” es un mandamiento divino que sólo puede desobedecerse a costa de la ira de Dios, “abstente de causar daño a un ser vivo” es simplemente un consejo de alguien que acepta la realidad y que puede ayudamos a despertar antes y a sufrir menos en nuestra vida. Somos libres, por supuesto, de no tomar en cuenta el consejo del Buda y de continuar tratando a los demás seres como si estuvieran separados de nosotros.

Puede parecer que todo marcha bien hasta que un día ya no es así. En oca­siones, la ley del karma funciona lentamente, pero siempre funciona.

karma en el hinduismo y en el budismo, principio que señala que todas las acciones operan según le­yes causales y que todo lo que se hace a los demás se hace también a uno mis­mo; a veces es llamada la ley de siembra y cosecha.

Teorías éticas africanas

Parte de este énfasis en la interrelación que define a la ética budista existe también , en el pensamiento tradicional africano. Al igual que el budismo, la ética africana no  se deriva de Dios (si bien, a diferencia del budismo, las culturas tradicionales africanas asumen comúnmente la existencia de un ser superior), sino que parte de un concepto más profundamente sostenido de la naturaleza humana. Podemos conce­bir la ética africana como una especie de humanismo.

Mientras le rezo a Buda sig0 matando mosquitos.  ¡SSA.

Un proverbio tradicional del pueblo akan del África occidental aJirma: “Cuan­do un ser humano desciende de las alturas, se posa en una ciudad.” En lugar de hacer hincapié en el individuo autónomo, la ética africana tiende a centrarse en la naturaleza comunitaria de la sociedad humana y, en consecuencia, en el carácter recíproco de las obligaciones morales del ser humano; en este sentido, existen cier­tas similitudes con la ética del sentimiento de consideración y cuidado. “Es un ser humano lo que tiene valor”, afirma otro proverbio que quiere destacar tanto el valor primordial del ser humano como la importancia del compañerismo.17

Lo bueno, por tanto, será lo que promueva el interés humano y conduzca a la resolución de conflictos que surgen de manera inevitable. La imagen del coco­drilo con un solo cuerpo, pero dos cabezas, enredadas en combate y conflicto, describe el principio ético de que los conflictos deben resolverse para que el or­ganismo sobreviva. Dicho de otro modo, los asuntos morales deben tomar en cuenta a la comunidad; aunque la persona es un individuo, no es un individuo autónomo:

El ser humano es esencialmente el centro de un enorme conjunto de círculos concéntricos de obligaciones y responsabilidades, a los que corresponden dere­chos y privilegios, que giran en tomo a niveles de relaciones surgidas de la con­sanguinidad de parientes, a través de los vínculos “de sangre” del linaje y el clan, a la circunferencia más amplia de la familia humana basada en la común posesión de la chispa divina.18

Si no permites que tu veci­no llegue al nueve, tú nunca llegarás al diez. proverbio akan.

En el pensamiento del pueblo akan, una persona se compone de tres elemen­tos Qnogya, sunsum, okrá), el último de los cuales proviene directamente de Dios y es.”una chispa de la sustancia divina” concebida como el principio de la vida. Como recordarás del capítulo 5, en el idioma akan eso se denomina okra; en el lenguaje iwi se expresa como Se. Como consecuencia directa de este concepto, hay una dignidad humana irreductible que toda persona posee; incluso quien obra de manera indebida o es incapaz de vivir a plenitud, jamás perderá su valor esencial como persona.

Puesto que todas las personas poseen la chispa divina, el principio de vida, todas merecen la misma clase de trato que esperas para ti. En cualquier situación interpersonal, la prueba consiste en ponerte en la posición de la otra persona y con­siderar las consecuencias de la acción que propones. Ésta es una modificación del principio ético que suele conocerse como la regla de oro: “Haz a los demás como quieras que los demás hagan contigo.” De esta regla existe una variación que podemos llamar la regla de plata, que dice: “No hagas a los demás lo que no quie­ras que te hagan a ti.”19

La fuerza divina de la vida funciona siempre de manera dinámica en beneficio de la integridad y la salud, “de la edificación y no de la demolición, de la creación y no de la destrucción, de la síntesis y no del conflicto”.20 La palabra utilizada pa­ra este concepto en Occidente es sintropía (o tendencia a la síntesis creativa, que es lo contrario de la entropía, o tendencia a la descomposición o al deterioro de la síntesis). En la teoría ética de África occidental, la moralidad se define en ténriinos de sintropía. El comportamiento humano resulta justo o bueno no porque se ajus­te a un conjunto de reglas, sino porque construye en lugar de destruir.21 En este sentido, el sistema ético de los akan tiene algo en común con las teorías éticas con-secuenciaiistas o ideológicas de Occidente.

principio de la vida la chispa divina que habita en cada persona y que es responsable de una digni­dad humana irreducible, de acuerdo con los siste­mas éticos tradicionales africanos.

regla de oro “Haz a los demás como quieras que los demás hagan contigo” regla de plata “No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti”.

sintropía tendencia a la construcción, en oposición a la entropía, que es una tendencia a la destrucción o descomposición de la síntesis.


Comportarse de manera moral es comportarse de acuerdo con nuestra natura­leza humana. El principio de que poseemos la chispa de la vida divina constituye un don y una obligación para nosotros. Nuestro comportamiento nunca puede eva­luarse en el vado, porque vivimos inevitablemente inmersos en una red social junto con otros seres humanos que, al igual que nosotros, poseen la chispa divina. Un hecho ineludible es la mutua dependencia de todas las personas: “Una persona no es una palmera que pueda ser autosuficiente”.22

Algunos filósofos africanos piensan que la cultura ocddental ha perdido de vista su verdad esencial. La división griega, comenzada por los cosmólogos presocráti-cos, ha conducido a los europeos y estadounidenses a la noción errónea de que existen separados de la naturaleza y de la sociedad humana. Al vivir una vida arti­ficial divorciada de la naturaleza, el ser humano occidental de hoy ha llegado, en opinión del filósofo P. Kaboha, a un punto de crisis:

La persona que ha roto con sus padres, su sociedad y sus raíces, y que vive una nueva vida sostenida por sistemas artificiales, en un vacío cultural y metafísico… no puede mantener sus Dioses o Dios como sagrados, puesto que no considera a sus padres, a la sociedad ni a sus antepasados como sagrados. En términos de los antiguos griegos, ha cometido el pecado de hubris, que siempre condujo a la tragedia.23

El camino de una persona se cruzará con el de otra antes de que pase mucho tiempo. Proverbio akan.

Tanto en la tradidón griega como en la africana, la persona que cae en la hubris (la soberbia que es consecuencia del orgullo excesivo o de la pasión) encuentra la cuerda suficiente para ahorcarse. En opinión de Kaboha, lo que sucede ahora es que la tecnología se ha convertido en el dios de la cultura occidental. “El hombre ‘occidental’ u ‘occidentalizado’… está aprendiendo una lección inevitable. Ha crea­do juguetes que pueden destruirlo y, como el incendio comenzado por un niño en el bosque, están fuera de control.”24 Es tiempo de adoptar un punto de vista más humilde acerca de la naturaleza y, Kaboha sugiere, quizá haya llegado el momento de que África asuma el papel de misionera en Europa, América y .Asia 25

Cuando se vive cerca de la naturaleza, y no en un ambiente artificial, con cons-trucdones, uno se percata de que la lógica dentífica no explica todos los fenómenos. La integración de toda la vida y la influenda del principio de vida son inmediatas y obvias.26 Una vida ideal debiera definirse por medio de acontecimientos como casarse, tener hijos, gozar de buena salud y morir de muerte natural a una edad avanzada, más que por un logro de poder, prestigio y éxito finandero.27 La creati­vidad en todas sus formas debería estimarse como la expresión del prindpio de vida y como lo que conduce hacia todo lo bueno de la persona y la cultura.

Si la vida ideal gira en torno a un buen rnatrimonio e hijos criados adecuada­mente, debería considerarse irradonal imponer restricdones a las reladones sexuales de dos personas que no estén casadas. Mientras que a los casados, de quienes se esperaría que formen y mantengan una unión estable, sería conveniente prohibiries entablar reladones sexuales fuera del vínculo matrimonial, una pareja que no se ha­ya unido en matrimonio debería ser animada a buscar “un amplio conocimiento mutuo en el aspecto moral, psicológico, sexual y otros”.28 Las leyes abstractas, co­mo las de las tradiciones judeocristianas, no tendrían sentido en una sociedad que honrara el principio creativo del mundo como el mayor bien. Es obvio que no exis­tiría Hbertinaje sexual, sino que la curiosidad sexual se concebiría de manera tan natural y saludable como se concibe hoy en día la curiosidad científica en las culturas tecnológicamente más avanzadas.

Todos somos importantes. Hay fortaleza en la unidad. Si quitamos una parte, ya no tendremos una obra de arte completa. Es bueno mante­nerse juntos, trabajar juntos. Se necesita una aldea entera para criar a un niño. Escultura de la comunidad ma-konde, cortesía del Museo de arte africano de Maryland/Foto de Quentin Kardos.

Hemos estudiado las distintas maneras en que tres culturas, la occidental, la oriental y la africana, han concebido las teorías éücas. Una de las cuestiones éticas básicas es, en efecto, cómo debemos comportamos, pero queda otra pregunta fun­damental que debemos plantear: ¿hasta qué punto somos libres de elegir lo que podemos hacer?