FIPO 438 a 441

Ven, ven, quienquiera que seas Vagabundo, Idólatra,Amante del Abandono, No importa La nuestra no es una caravana de desesperación Ven, aun si has roto tus juramento mil veces, . Ven, aún así, ven, ven. RUMI

En la ambigua zona moral de la unidad de cuidados intensivos, el personal médi­co debe tomar, a diario, decisiones bajo pautas considerablemente confusas. Cuando un paciente ha sufrido una apoplejía o un accidente que implica traumatismo cra­neal y no posee actividad cerebral mensurable, puede ser posible desconectar el respirador y dejar que muera, sin enfrentar un dilema ético. Suprimir los que se co­nocen como “medios extraordinarios”, las maravillas tecnológicas que mantienen la vida de manera artificial, es muy distinto a extraer los órganos de un cuerpo cuyo corazón sigue latiendo. No obstante, el advenimiento de las máquinas corazón-pul­món ha vuelto mucho más incierto el significado de causar la muerte de alguien.

¿Qué sucede si “desconectas” las rnáqruinas y el cuerpo del paciente sigue con vida? Los padres de Karen Ann Q5iinlan, Nancy Kruzan y tantos otros, una vez que tomaron la agobiante decisión de retirar la ayuda tecnológica del cuerpo de su querida hija, en estado de coma, enfrentaron una situación así; su hija quedó perma­nentemente inconsciente y sin la posibilidad de regresar a lo que sus padres llamarían vida, aunque el bulbo raquídeo continuaba impulsando el corazón y hacía trabajar a los pulmones. ¿Y qué decir de los padres que han demandado judicialmente a los médicos con el fin de detener la alimentación intravenosa y permitir la muerte de su hijo o hija, permanentemente inconsciente, pero a quienes se les impidió hacerlo? Nadie desea emitir juicios de valor como los que aquí exponemos.

El uso de los órganos de la pequeña Teresa, en beneficio de otros niños en­fermos, podría parecer un hecho loable en términos de una teoría ética teleológica o consecuencialista, pero, según Kant, sería utilizar a la pequeña Teresa sólo como un medio para conseguir un fin (el de salvar las vidas de otros niños enfermos) y no tratarla como un fin en sí misma (una persona cuya dignidad humana no pue­de manipularse en ninguna circunstancia). Si usamos el imperativo categórico de Kant como criterio, y si la pequeña Teresa conesponde al calificativo de persona, debemos concluir que no existe justificación moral alguna para extraer los órganos de su cuerpo; de hecho, si se extrajeran sería un acto inmoral.

teoría de la ley natural : en la teoría ética deontoló-gica, creencia en que el principio racional de or­den que subyace el cosmos también contiene una base para la acción moral que puede ser descubierta por la razón-, en las versio­nes cristianas de esta teo­ría encontramos la creen­cia en que los humanos, puesto que han sido crea­dos a imagen y semejanza de Dios, merecen un esta­tus moral especial .

Teoría de la ley natural

Son muchos aspectos los que intervienen en nuestra definición de persona; Kant, quien empleaba la razón como un criterio para deteiminar el estatus de persona de un ser, hubiese considerado el caso de Teresa muy problemático. ¿Un corazón que late y los pulmones que respiran son suficientes para calificar a alguien de ser hu­mano? Si utilizamos la definición de Kant de lo que es una persona, la respuesta es negativa. Existen tradiciones, sin embargo, que aseveran que una persona no deja de serlo aun cuando carezca de actividad cerebral. Todo ser humano, conforme a la teoría de la ley natural merece que se le considere como tal y tiene valor; y no cabe cuestionamiento alguno acerca de ese merecimiento y valor mtrínsecos.

La pregunta de lo que constituye a una persona se sitúa en el centro tanto de ía controversia acerca del aborto como del debate sobre la clonación. Por ejemplo, ¿en qué momento podemos considerar como persona al óvulo fertilizado? ¿En el instante de la concepción, cuando la madre lo siente moverse en su interior o cuan­do el feto puede sobrevivir por sí solo, fuera de la matriz? Si la persona tiene un valor mtrínseco, definir lo que la constituye se convierte en una tarea crucial. En el mundo en que vivimos, después de Dolly (una oveja clonada por científicos en Escocia), algunos exigen que se establezca la prohibición de la clonación humana. Si clonáramos un humano adulto, ¿el resultado sería una persona? Supon que hiciéramos muchas copias con el solo propósito de tener órganos disponibles para tras­plantes posteriores, ¿sería una acción moral? La teoría de la ley natural insiste en que Teresa era un ser humano, aun cuando carecía de muchas de las característi­cas definitorias de una persona. Otros no están tan seguros, pero todos se ponen nerviosos al declarar que un cuerpo con un corazón que late no es una persona.

En el otro extremo de la vida nos encontramos en una pendiente igualmente resbaladiza. ¿Puede un paciente con Alzheimer, que no reconoce a sus seres que­ridos y no puede llevar a cabo actividades elementales de alimentación e higiene, considerarse como una persona? De nuevo, la teoría de la ley natural es clara en este sentido; no existe un punto a partir del cual un organismo humano deje de ser una persona.

Si dejamos a un lado las cuestíones legales, ¿debe permitirse que un médico ayude a una persona a suicidarse, como afirman haberlo hecho en varias ocasiones el doctor Jack Kevorkian y otros? ¿Acaso la decisión de terminar con la vida humana pertenece al médico, al paciente, al consejo de bioética, a Dios? En  otras palabras, ¿alguien tiene la facultad de decidir que ya no se considera una persona y que, por lo mismo, desea concluir el juego? ¿Debe permitírsele a alguien más (un pariente o un amigo muy querido) decidir en nombre de esa persona?

La ciencia no puede detenerse mientras la ética se pone al día, y nadie esperaría que los científi­cos resolvieran todos los problemas del país. elvin stockman.

APLICA LA FILOSOFIA: LOGICA DIFUSA

Esta nueva forma de pensar ya se ‘utiliza para los acondicionadores de aire, de modo que posean la capa­cidad de ajustarse constantemente a la temperatura del ambiente por medio de cantidades variables de aire refrigerante, en fugar de tener que recurrir a las operaciones de “conectar” o “desconectar”. Su prin­cipal argumento consiste en qj¡ef’| solo las matemáticas son en tealidad , bivalentes (o bien/o, correcto/in­correcto, 1/0) mientras que todo lo demás es multivalente (cuestión de grados). La mayor parte de la :¿, realidad no es blanca ni negra, sino gris, como Descartes descubrió cuando fundió la esfera de cera que en determinado momento pasó de ser una esfera de cera a una ma­sa de cera que no era esfera, pero, ¿que momento exacto fue ése? Pue­des verificar el experimento por ti mismo, cómo sugiere B.irt Kosko en su libro de divulgación cientiñca Fuzry Logic (“Lógica difusa”).

Toma una manzana en tu mano y pregúntate: “¿Esto es una manzana?” Sin duda, tu respuesta será afincad-va. A continuación, come la na y luego, pregúntate lo mismo. Obviamente, ahora tu respuesta será, negativa: La cuestión és: ¿en qué mo­mento dejó la mai ¡-ana de     n i , zana? “Cnarido sostienes:mecl&2jy ! manzana en la mano, la. manzana es­ta ahí en la rnisma medida en que no está. La media manzana se adap­ta a todas ó a ninguna descripción. Lirru  , i        i    una i difusa. cqui\  • : I ■ -■ s.ei re lo ‘ blanco y lonegro”. dice Kosko.

Li lógica difusa es un lugar c<> mún en las “computadoras inteli­gentes”, que reconocen y traducen, jos caracteres escritos a mano, en las videograbadoras,los motores de automóvil, transmisiones, frenos. ‘ Cruces con semáforos, elevadores,, hornos de microondas, televisores y muchos otros dispositivos elec­trónicos. Funciona porque toma y de que cuestión de grados. • Aristótelesnos enseñó la biva-leticúi (una cosa es A <:> fió A) y esta lógica prevaleció durante casi’ 2000 años. Los sistemas orientales, como el taoismo y el budismo, han recfv”nocido siempre las contradicciones’ en el centro de la realidad afirman-, do que las l osas son t:mto A como no A. Podemos advertir rastros de éste punto de vista multivalente erií ,. las antiguas paradojas del pensa-miento occidental. Si un mentiroso de Creta dice que todos los creten­ses son mentiros» >s. ¿miente? Al pa­recer, la única manera de salir de la paradoja consiste- en que el cretense miente y no miente al mismo tiem­po (A es no A).

Aplicada a la ética, la lógica difusa nos ayuda a advertir que una perso­na puede no estar claramente viva ni muerta, y que puede ser una persona o no-persona, y hallarse en algún punto de la línea entre esas dos alternativas. En lugar de discu­tir acaloradamente y con violencia acerca de si la vida comienza en el momento de la concepción, a par­tir de que se sienten los primeros movimientos del feto, cuándo existe viabffldadenelfetooenelmotilen-‘ . to de nacer, la lógica difusa sugiere cpmenzar por aceptar que la vida có-, nüetiza a partir de todos esos mo­mentos, hasta cierto punto.

La tradición de la ley natural insiste en que hay un “orden moral objetivo” y que “existen ciertos absolutos morales que jamás deben ser violados si alguien de­sea lograr la integridad personal o la salud social”.1 Las cosas son indebidas porque lo son, no porque estén prohibidas. Uno de estos principios afirma que la vida hu­mana posee un valor intrínseco. Según la tradición de la ley natural, la acción de matar perjudica no sólo al individuo a quien se arrebata la vida, sino a todo el entretejido social.

Si hemos de conceder el estatus de persona, encontraremos situaciones en las que dos individuos parecen tener derechos en conflicto. A finales de 1993, una mu­jer encinta, residente en Chicago, recibió la noticia, mediante un examen prenatal de mtina en su tercer trimestre de embarazo, que el bebé que se desarrollaba en su seno no recibía el oxígeno necesario ni la nutrición adecuada a través de la pla­centa. El médico le recomendó someterse a un parto inducido o a una cesárea; si no recurría a una de estas decisiones, el bebé moriría o sufriría daño cerebral grave. La mujer, quien se identificaba como cristiana pentecostesa, creía que el deseo de Dios era que tuviera un parto natural y rechazó el consejo del médico, prefiriendo confiar en el Señor y esperar que se obrara un milagro.

Un custodio del feto, designado de oficio, sostuvo ante los tribunales que la mujer debía ser obligada a someterse a una cesárea. La American Civil Liberties Union, o ACLU (Asociación Estadounidense en pro de los Derechos Civiles), que defendía los derechos de la mujer a la intimidad y a las creencias religiosas propias, insistía en que ella debía tener el control de su propio cuerpo. Se trataba de un ca­so insólito. La mujer, cuyas creencias la hubieran naturalmente orillado a defender el carácter sagrado de la vida y a oponerse al aborto, insistía en su derecho a un parto natural que, en opinión de muchos, conduciría a la muerte de su bebé. La ACLU, defensora de los derechos del individuo (entre ellos el derecho de una mujer a decidir sobre el aborto), se encontraba ahora apoyando una posición religiosa muy conservadora, incluso fundamentalista.

Dos tribunales de Illinois, incluido el Tribunal Supremo del estado, emitieron su fallo en favor de la mujer, y permitieron que el embarazo y el parto siguieran su curso normal (que concluyeron con el nacimiento de un niño sano). El caso se complicó todavía más a causa de la madurez del feto. Probablemente capaz de so­brevivir fuera del útero materno, este feto se ajustaba a lo que casi todo el mundo acepta como bebé. Fuera del útero, el derecho de un bebé a la atención médica está protegido, incluso si los padres, a causa de sus creencias religiosas, se oponen a ello y prefieren confiar en que el Señor proveerá lo necesario. Casi nadie, en cual­quiera de los dos extremos del debate sobre el aborto, es contrario a esta posición. De la misma manera, casi nadie defiende el forzar a una mujer a someterse a una operación de cesárea contra su voluntad. Con una argumentación sobre la base de los derechos Qos de la mujer frente a los del feto) resulta a todas luces imposible encontrar una solución a casos como éste.

No obstante, ambas posiciones en el tema del aborto insisten en que, en su postura, no puede haber concesiones. En 1993, el doctor David Gunn murió a causa de los disparos que recibió frente a una clínica de abortos en Florida. Su asesino insistía en que privar de una vida (la del doctor Gunn) para salvar cientos, quizá miles, de vidas de niños no nacidos, era un acto legítimo. Este argumento uti­litarista fue retomado por un sacerdote católico, quien intentó (sin éxito) publicar un desplegado de prensa en el que calificaba de “homicidio justificado” toda muer­te de quien practicara el aborto. “Si 100 médicos deben morir para salvar a más de 1 000 000 de bebés al año, opino que se trata de un acto justo”, dijo.

carácter sagrado de la vida creencia religiosa o filosófica de que la vida humana es sagrada y debe respetarse por todos los medios.

Muchas personas están alarmadas por la escalada de violencia y, ahora más que nunca, llegar a un acuerdo comienza a parecer imposible. El profesor de de­recho Ronald Dworkin argumenta que la mayoría de los estadounidenses posee un concepto equivocado de lo que realmente significan las discusiones acerca del aborto y la eutanasia. En un libro publicado en 1993, life’s Dominion [El dominio de la inda], expone la teoría de que lo que está en juego es la creencia comparti­da en el carácter sagrado de la vida humana, y no una controversia acerca de la persona y sus intereses:

Estamos en desacuerdo con el aborto no porque algunos de nosotros pensemos, y otros nieguen, que un feto inmaduro es ya una persona con intereses propios, sino, paradójicamente, a causa de un ideal que compartimos. Casi todos acepta­mos, como supuesto inarticulado respaldado por gran parte de nuestra experien­cia y convicción, que la vida humana, en todas sus formas, es sagrada, que posee un valor objetivo e mtrínseco muy independiente de cualquier valor que pudiera tener para la persona de cuya vida se trata.2

Para algunos, escribió Dworkin, esta creencia en el carácter sagrado de la vida humana es una cuestión de fe religiosa; para otros, es un principio filosófico pro­fundamente arraigado.

Podemos apreciar lo mucho que este valor se halla infiltrado en nuestra cul­tura si observamos el debate acerca de la eutanasia o, como se conoce a veces, el asesinato piadoso. Los médicos que, a sabiendas, prescriben medicamentos en cantidad suficiente para que un paciente se suicide o que le inyectan sustancias mortales, así como también los familiares que acceden a la petición desesperada de alivio de sufrimiento por parte del ser amado enfermo y agonizante, y le dis­paran un balazo en la cabeza, son condenados como asesinos. Incluso si la gente está en disposición de reconocer que esta clase de muerte se ha llevado a cabo por el bien de la persona, pueden oponerse a la privación de la vida debido al valor sagrado e independiente de toda vida humana.

Nosotros utilizamos de manera rutinaria esta línea de argumentación en otros asuntos, señala Dworkin. Las grandes obras de arte, por ejemplo, son conservadas no porque creamos que tienen derechos o intereses, sino a causa de su valor in­trínseco. Lo mismo puede decirse de las especies en vías de extinción: lo que interesa no son sus derechos, sino el valor que poseen como seres vivos. Dwor­kin insiste en que ambos lados antagónicos, en la controversia acerca del aborto y la eutanasia, comparten la creencia en el carácter sagrado de la vida humana; en lo que difieren es en la manera de preservarla mejor.3

Este argumento más abstracto acerca del significado y el valor de la vida hu­mana nos une y nos divide a la vez. Para mucha gente, como el acto final en el drama de la vida, una muerte digna representa el carácter sagrado de ella. Dejar que nuestra muerte sea controlada por la tecnología parece, para algunos, una vio­lación del carácter sagrado de la vida:

Las personas que sienten temor a que los mantengan vivos de manera artificial, a quedar permanentemente inconscientes, o bajo los efectos de sedantes hasta perder los sentidos, entubados e inmovilizados, cuidados como vegetales, pien­san que tal condición degrada, en lugar de respetar, lo que ha sido mtrínseca-mente valioso en su vida. Otros discrepan: piensan, con respecto tanto a la eutanasia como al aborto, que la mera vida biológica es tan inherentemente pre­ciosa que nada puede justificar que se le ponga fin de manera deliberada.

Si Dworkin tiene razón, la creencia compartida en el carácter sagrado de la vida tiene, por lo menos, el potencial de transformar el debate sobre el aborto y la eutanasia, de violenta confrontación en diálogo. Muchos adversarios del aborto reconocen una excepción en casos de violación o incesto; pocos defensores de la libertad de decisión piensan que el aborto debe asumirse con ligereza o frivolidad. Quizá existe una base común en algún punto intermedio. Por ejemplo, ¿sería po­sible considerar como justificación del aborto ciertas condiciones que dañaran se­riamente la vida humana de otra manera: un niño que naciera con deformaciones graves o la carga económica que implicaría otro hijo para una familia que ya vive en la pobreza? ¿Podría la creencia en el carácter sagrado de la vida ayudamos a resolver la cuestión de la mujer de Chicago que, evidentemente, valoraba la vida humana, aun exponiendo a su feto?