FIPO 434 a 437

Teorías éticas occidentales

Casi ninguna de nuestras propias decisiones es tan ambigua y dramática como el triste caso de la pequeña Teresa y de sus padres, pero, como marco para nuestra discusión, utilizaremos aquí las duras decisiones que se presentaron en este caso. Seguiremos la secuencia de las deliberaciones del consejo ficticio de ética que hemos puesto como ejemplo y comenzaremos con las teorías éticas consecuencia-listas y no conseaiencialistas, las que toman en cuenta el fin o los resultados y las que no lo hacen; revisaremos a continuación la teoría de la ley natural, discutire­mos la posición del “carácter sagrado de la vida”, la perspectiva de interés y termi­naremos con la ética de la virtud.

teoría ética ideológica

teoría ética que evalúa el comportamiento en fun­ción de las consecuencias

Teorías éticas ideológicas o consecuencialistas

Los padres de la pequeña Teresa adoptaron un enfoque teleológico (felos signifi­ca “fin” o “propósito”) en su dilema moral. Tuvieron en cuenta la finalidad o las consecuencias de las acciones posibles y trataron de elegir la opción más deseable entre todas las que estaban disponibles. Si no podían llevarse a casa un bebé sano (que era, evidentemente, el fin o la consecuencia más deseable), la mejor alterna­tiva, en su opinión, consistía en conferirle un significado a su corta vida mediante la donación de sus órganos a otros niños que los necesitaran con urgencia. Desde su punto de vista, la moralidad de la situación dependía de las consecuencias de su decisión. Como recordará de nuestros comentarios sobre la filosofía social del capítulo 9, ésta es una solución utilitarista.

Al igual que en todos los enfoques utilitaristas, el propósito consiste en maxi-mizar el placer y minimizar el dolor. Es posible tomar una decisión utilitarista si el punto de referencia o la vara de medición son los propios intereses a largo plazo; también es posible usar el bien de la sociedad como manera de determinar si una elección propuesta es moral o no (de acuerdo con los lincamientos de la posición comunitaria que vimos en el capítulo 9). Si en cualquiera de los casos eliges cen­trarte en las consecuencias, procederías con el propósito de aumentar el placer y disminuir el dolor. Puede parecer extraño utilizar el término placer en este caso; la cuestión obviamente tiene mucho más que ver con la evasión del dolor o la elec­ción de la alternativa menos dolorosa. Así, los padres de la pequeña Teresa hubieran experimentado cierta clase de placer al saber que la muerte de su hija no había ocu­rrido completamente en vano. La idea de que otros niños pudieran vivir gracias a la donación de los órganos de Teresa les hubiera proporcionado placer y, a largo plazo, hubiera aminorado el dolor por la pérdida de su hija.

Es posible que hayan tenido también una visión más amplia. Si la muerte de Teresa era una certeza (todo el mundo coincidía en ello), entonces, ¿cómo podría lograrse el mejor bien para la sociedad? Varios niños podrían vivir o tener una mejor calidad de vida con los órganos de Teresa, pero si ella moría por causas naturales nadie recibiría beneficio alguno. En este caso, el principio utilitarista debe conside­rarse en términos tanto comunitarios como personales.

teoría ética deontológica

teoría ética que evalúa el comportamiento en fun­ción del apego al deber o la obligación, sin impor­tar las consecuencias.

Teorías éticas deontológicas o no consecuencialistas

En marcado contraste con las teorías éticas consecuencialistas, las teorías deon­tológicas (del griego deon, que significa “obligación”) no toman en cuenta la fi­nalidad o las consecuencias; en cambio, sostienen que debemos cumplir con nues­tro deber, sin considerar las consecuencias. Según la deontología, en realidad no importa la manera en que se desarrollen las cosas. Si tú, una persona soltera, tie­nes relaciones sexuales con otra persona soltera, algunas teorías deontológicas te culparían de haber cometido un acto inmoral, sin importar las consecuencias que tuviera para ti o para la otra persona; otras teorías deontológicas, en cambio, pro­bablemente juzguen que has actuado moralmente. Lo que cuenta es cumplir con el propio deber; si deseas saber qué significa esto, toma en cuenta las leyes y los principios éticos en lugar de las consecuencias.

El caso de la pequeña Teresa planteó para el mundo de la medicina, en espe­cial para los médicos que la atendieron, un serio conflicto con su deber claro y per­fectamente establecido. Por tradición, el médico debe cumplir con su juramento de proteger la vida y aliviar el sufrimiento, que data de los tiempos de la antigua Gre­cia. Conocido como el juramento hipocrático, en alusión a Hipócrates, el médico griego que lo redactó, exige al médico, en primer lugar y ante todo, procurar el bien de los enfermos y no ocasionarles daño alguno. En el sombrío caso de Teresa, extraer los órganos de un cuerpo cuyo corazón está latiendo, ciertamente parece causarle daño a la pequeña. Puesto que vivió en un tiempo en que la vida y la muerte eran determinadas por la presencia o ausencia de los latidos del corazón, Hipócrates no podría haber imaginado un caso de muerte cerebral o de ausencia de cerebro dentro de un cuerpo vivo. Antes del advenimiento de la compleja tecnología de hoy en día, el significado de no causar daño era algo mucho más claro.

La teoría ética deontológica puede invocar la voluntad de Dios. Si uno de los 10 mandamientos (aceptados por muchas de las creencias religiosas más im­portantes) dice “No matarás”, ¿qué otra cosa podría ser más clara? Quizá deseemos escondemos detrás de terminología médica como la eutanasia (que significa, lite­ralmente, “bien morir”), pero lo cierto es que, para aliviar el sufrimiento, es posible que el médico tenga que ayudar al paciente a suicidarse, lo cual constituye una vio­lación de la ley de Dios. De la misma manera, para extraer los órganos del cuerpo de la pequeña Teresa, tendríamos que matarla o, al menos, precipitar su muerte. Si matar está estrictamente prohibido, no hay posibilidad de discusión, alguna acerca de ello; las consecuencias no importan: matar es matar y Dios no lo permite.

La distinción entre matar (que a veces puede estar justificado) y asesinar (para lo que nunca puede haber justificación) permite que algunas personas condenen el aborto y defiendan la pena de muerte (o ejecución por parte del Estado de un delincuente declarado culpable), o que suscriban la teoría de que hay guerras en las que se justifica plenamente matar al enemigo declarado. Para los seres huma­nos es difícil hablar con completa certeza acerca de cuál puede ser la voluntad de Dios en determinada situación, y la diferencia de opiniones (entre las distintas reli­giones y en el seno de cada una de ellas), a la vez que las excepciones aparentes, sólo complican el cuadro. Sin embargo, está claro que una posible interpretación consiste en que la conservación de la vida siempre forma parte del deber de uno mismo y que la privación deliberada de la vida de una persona es siempre algo moralmente reprobable.

Immanuel Kant, a quien estudiamos en el capítulo 5, pensaba que los prin­cipios éticos eran evidentes por sí mismos. Todo lo que una persona tenía que hacer, pensaba Kant, era considerar si una acción propuesta podría servir como ley universal sin autocontradecirse. Kant llamaba a este principio el imperativo categórico, porque constituía un imperativo (exigía acción) y era categórico (o necesario en sí mismo). Este filósofo pensaba que cuando uno se enfrenta a una decisión moral, debe imaginar un mundo en el que cada uno tenga la obligación de hacer exactamente lo que se proponga en ese preciso instante. Si defiendes ese mundo, debes actuar tal como propones hacerlo; pero si no lo defiendes, no debes hacer lo que propones.

La guía ética de Kant, conocida también como principio de universalidad, te pi­de unlversalizar mentalmente la acción que propones e irnagiriarla como una ley mo­ral que rija a todos por igual. Si estás dispuesto a que lo que estás a punto de hacer se convierta en ley universal, Kant te insta a no detenerte y ejecutarlo; en cambio, si la perspectiva de que tu acción privada se convierta en universal te inspira temor, no debes llevarla a cabo. Kant pensaba que si, preso de la ira, sientes la tentación de matar a alguien, comprobarás después que una sociedad regida por ese principio se­ría inhabitable, a la vez que, en poco tiempo, quedaría también deshabitada. Kant pensaba que si consideras mentir para protegerte, rechazarías vivir en condiciones bajo las cuales decir la verdad constituyera un acto extraño o inexistente.

Analicemos el caso de la pequeña Teresa desde la perspectiva kantiana. La cuestión clave consiste en dónde trazar el límite. ¿Estaríamos dispuestos a unlversa­lizar el principio de que deben extraerse los órganos si el paciente no reúne ciertos criterios y otras personas los necesitan’ En el caso de Teresa, este principio podría parecer razonable. Sin embargo, puesto que es permisible extraer los órganos del cuerpo de Teresa mientras su corazón no ha dejado de latir, ¿considerarías exigir la misma acción respecto a las 5000 a 10 000 personas que, en Estados Unidos, se ha­llan en estos momentos en un estado vegetativo persistente y están permanentemente inconscientes? Supon que alguien a quien amas se encuentra entre la vida y la muerte y que, aunque deseas conservar su vida, no es posible a causa del prece­dente establecido con un caso anterior.

Otro modo de expresar el imperativo categórico de Kant afirma que siempre debemos tratar a las personas como fines en sí mismas, y no como un medio para llegar a un fin. Quizá pretendas lograr un título universitario como un medio per­fectamente legítimo para conseguir un buen empleo y una carrera satisfactoria y productiva. Nada tiene esto de malo. Incluso alguien podría argumentar que el pro­pósito de la naturaleza de un título universitario consiste en servir como medio para un fin. Incluso si tu único fin fuera el de aumentar tu conocimiento y sabiduría, el título no sería un fin en sí mismo, sino un medio que te ayudaría a lograr tu pro­pósito.

Kant afirmaba que si bien cosas tales como un título pueden servir de manera apropiada sólo como un medio, las personas, con toda certeza, no pueden servir como medio. En su opinión, usar a una persona para realizar una venta, ser acep­tado por un grupo determinado o para obtener un mejor empleo equivale a pro­ceder de manera inmoral. Por ningún motivo es permisible tratar a una persona como si se la valorara exclusivamente como un medio para lograr algo más. Las personas son personas, no objetos; y, como personas, poseen una dignidad humana funda­mental e incuestionable.

imperativo categórico

principio ético deontológi­co, desarrollado por Kant, que establece incondicio-nalmente que uno debe actuar de tal forma que desee que las acciones propias se conviertan en leyes universales impuestas sobre los demás.

FILOSOFÍA EN ACCIÓN : RELATIVISMO CULTURAL ¿HEMOS LLEGADO DEMASIADO LEJOS?

En las décadas de los treinta y los cuarenta, la antro­pologa Ruth Benedict dijo al mundo que lo “normal” era relativo según la cultura en que la gente viviera. Lo que es aceptado e incluso valorado en una cultura puede condenarse y aun castigarse en otra. Lo que llamamos “relativismo cultural” reemplazó los criterios morales absolutos y acompañó los juicios morales del siglo xrx. La interrogante que debemos enfrentar ahora es si el relativismo cultural ha ido demasiado lejos. De acuerdo con John Leo (U.S. News & World Report, 21 de julio de 1997), un número cada vez mayor de estudiantes duda en condenar el sacrificio humano, la limpieza étnica y la esclavitud, pues cree que nadie tiene el derecho de criticar la moral de otra cultura. “Por supuesto, no me agradan los nazis”, afirmó un estudiante, “pero, ¿quién puede decir que estaban moralmente equivocados?” ¿Qué piensas al respecto? ¿Todo es culturalmente relativo? ¿Acaso hay algunas acciones que deberían prohibirse y castigarse sin importar dónde ocurrieron’ Si existe una moral universal, ¿quién podrá deterrninarla? ¿Es algo intuiti­vamente obvio? Por ejemplo, ¿podremos estar todos de acuerdo en que los genocidios a gran escala son incorrectos? ¿O estamos preparados para considerar circunstancias atenuantes incluso para el Holocausto? ¿Estás dispuesto a vivir en un mundo que carezca de criterios morales y en el que todo sea culturalmente relativo? En el otro extremo, ¿cómo puedo evitar que el código moral de otra persona vuelva ilegal lo que yo he decidido hacer con mi propia vida (asu­miendo que no lastimaré a nadie en el proceso)?

LA VOZ DE LOS FILÓSOFOS: INMANUEL KANT

Una acción que se realiza por deber dem-a su \alor moral no del propósito o las consecuencias qUe traerá consigo, sino a partir de la máxima sobre la cual se basa Por tanto, la acción no depende del logro del objetivo, sino sólo del principio de volición [voluntad! sobre el que se basa la acción, independientemente de Ij-í consecuencias deseadas . Ser sincero por de­ber es totalmente distinto a serlo por miedo a las con­secuencias. En el primer caso,-eT concepto de;actuar por deber contiene, en sí mismo, su propia ley; en el segundo, debo buscar en otra parte los efectos que me producirá tal acción Sin duda, es malo para mí des­viarme del principio del deber, pero si traiciono mi niáxima de prudencia, con frecuencia obtendré algu­na ventaja, aunque, sobre todo, sea mejor obedecerla.

La manera más” directa y objetiva de saber si una falsa promesa es consiente con el deber de preguntarse ¿estaré satisfecho si mi máxima (resolver situaciones difíciles con falsas promesas) se convierte en ley universal? ¿Me atrevería a- decir qUe “cualquiera- que en-.su; frente uña situación vergonzosa.y no tenga otra .-manera de resolverla puede hacer falsas promesas?. De, inmediaato se vuelve evidente que aunque puedo defenderla mentira, rio puedb áfirniarla como ley universal. Si esa ley.se pusiera eri efecto, éri’ reaüdád’ *’.>’ ya no tendría caso hacer promesas, pues seña’absür-‘ –■ do prometer algo que nadie creería o que, aunque me creyeran, responderían con una falsa promesa si­milar. En otras palabras, tan pronto como mi máxima-ít conviniera en lev uuvcrsal, se autodestrucción.

TOMADO DE : BASES PARA LA METAFISICA DE LA MORAL.