Simone, mujer de izquierda (afirma que la derecha y la izquierda no existen, eso significa que esa persona es de derecha)

screenshot.14Publicado: Domingo 13 de enero del 2008 | Columna del Director | Imprimir | Compartir | 175 Lecturas

 

Simone, mujer de izquierda

En uno de sus ensayos filosóficos, Simone de Beauvoir, la mujer cuyo centenario se conmemoró el 9 de enero, escribió que si alguien afirma que la derecha y la izquierda no existen, eso significa que esa persona es de derecha.

 

Ella fue desde joven una mujer revoltée, una rebelde. Más allá de los errores y aún los crímenes de cierta izquierda socialista, continuó pensando que para acabar con la injusticia social, con la desigualdad indignante –en particular contra la mujer– es necesario ser de izquierda.

En un país como el nuestro, donde la izquierda parece sufrir la fatiga de los metales, es bueno recordar esa enseñanza fundamental de la autora de El segundo sexo.

Este libro célebre puede haber perdido filo y actualidad en algunos aspectos; pero sus hallazgos centrales siguen en pie. Está probada su afirmación de que la historia social, no la naturaleza de género, es la que ha instalado en el mundo un sexo dominante y un sexo dominado. Simone era de izquierda porque quería, entre otras cosas, la igualdad de oportunidades para todos los hombres y todas las mujeres.

Ella señala que el varón asignó a la mujer un rol pasivo, doméstico, solitario. Mientras que él se batía en los torneos o conquistaba ciudades, la mujer estaba allí para contemplarlo y admirarlo.

Demostró Simone que la mujer puede también dedicarse a la creación intelectual, el trabajo, el amor.

La historiadora y narradora francesa Geneviève Gennari señala la importancia de ese texto en un libro titulado Simone de Beauvoir: “Necesario, en 1949, lo era absolutamente, pese a lo exagerado de sus conclusiones sobre el amor, el matrimonio y la maternidad. Ayudó poderosamente a la generación de posguerra a luchar contra la corriente que hace refluir perpetuamente a las mujeres hacia su pasado, las vuelve a sumergir en su sueño de dimisión, de pasividad, de irresponsabilidad, corriente más poderosa en cuanto se encamina por la pendiente de la facilidad”.

En Tout compte fait (Hechas todas las cuentas) escribió: “Yo no he sido una virtuosa de la escritura… Pero no era ese mi designio. Yo quería hacerme existir para los otros, comunicándoles, de la manera más directa, el gusto de mi propia vida”.

Lo consiguió. En esas frases yo veo el secreto de su vida: su participación en batallas como la de la independencia de Argelia o las movilizaciones feministas, su entrega a la meditación filosófica, su amor por Sartre: todo eso no sofocaba su individualidad.

Alguna vez, en un programa radial y en presencia de una distinguida artista, pregunté a César Calvo, tratadista en la materia, si todas las mujeres eran iguales. El poeta respondió: “Ninguna mujer se parece a otra. Y a veces ni siquiera se parece a sí misma”. La artista asintió. Simone supo ser leal a su modo de existir, a sus modos de existir.