FIPO – 422

tos prerrequisitos para cursar la materia. Tu libertad total se verá restringida, pe­ro tu calificación promedio estará garantizada, además de que se evitará que tu ego sufra los golpes que una calificación reprobatoria podría infligirle. Además, la universidad podrá utilizar sus limitados recursos de forma más eficiente, por lo que todos los estudiantes se beneficiarán, incluso tú. Tal vez tu destino y tus intereses a largo plazo estén más ligados a los de otros de lo que un primer vis­tazo podría sugerir.

La novela clásica de Aldous Huxley, A Brave New World [Un mundo feliz], escrita hace más de 50 años, describe un Estado totalitario en donde los bebés se “decantan” en laboratorios en vez de nacer; el procedimiento origina cinco ni­veles de inteligencia. Los alfa son los más inteligentes, en tanto que los épsilon, el último peldaño, se decantan sólo con la capacidad suficiente para poder lle­var a cabo las tareas más humildes dentro de la sociedad, y encontrar satisfacción en hacerlas. Todos los niños están condicionados desde el nacimiento para ser fefices con su estatus de vida, mediante la audición de cintas grabadas que se reproducen mientras duermen. “Soy tan feliz de ser un beta. Los alfa trabajan tan arduamente y los deltas usan esos espantosos uniformes color caqui.” Casi no existe la libertad individual.

Tampoco hay crimen, desempleo, guerras, pobreza, indigentes ni insatisfac­ción laboral; de hecho, no se experimenta insatisfacción de ninguna clase. Ante el más ligero aviso de una sensación desagradable, la gente puede acudir a las tiendas gubernamentales y adquirir tabletas de Soma, la droga legalizada. Desde luego, las cosas fueron demasiado lejos. Huxley escribió esto para advertir a los futuros lectores (como nosotros) de los peligros inherentes a una sociedad tec­nológica. Parece decirnos que en tanto utilicemos la tecnología para resolver los problemas de la sociedad, debemos tener cuidado de no pasar por alto la liber­tad individual.

La pregunta sigue vigente: ¿hemos ido demasiado lejos al perseguir la liber­tad individual y haber dejado de invertir en lo que llamábamos el bienestar pú­blico o el beneficio para todos? Así como un exceso de control gubernamental sobre la vida de los individuos tiene un costo terrible (lee Un mundo feliz de Huxley o 1984, de George Orwell), quizás un exceso de individualismo también conlleve un costo. Parece que ni siquiera podemos lograr nuestras metas indivi­duales a menos que contemos con una sociedad saludable y fuerte dentro de la cual podamos disfrutarlas. Tal vez decidamos que Platón y Aristóteles estaban en lo correcto al hacer hincapié en la armonía entre todos los elementos. Quizá un equilibrio entre la preocupación utilitarista por el bien social (probablemente a expensas de los individuos) y la agresiva insistencia respecto a los derechos in­dividuales (quizá a costa del bien social) se encuentre en la preocupación co­munitaria por ambas necesidades.

No renunciaremos fácilmente a nuestro arraigado sentido de los derechos individuales, ni deberíamos hacerlo; pero quizá podamos considerar el asunto de la justicia en términos de lo que es más justo para nosotros y para todos los demás. Resulta tentador ver esta elección como si fuese una cuestión de yo o los otros. En un mundo tan complejo como el nuestro, tal vez se trate tanto de mis derechos como del bien para todos. Es posible que estas dos cuestiones sean más difíciles de separar de lo que hemos supuesto.

Como ingeniero y futurista, Buckminster Fuller nos recuerda que estamos vi­viendo en una “nave tierra”. Es una ilusión (y una muy peligrosa, por cierto) pensar que podemos actuar de manera aislada, sin afectar el bienestar de todos.

La riqueza es fuerza. La riqueza es poder, es in­fluencia, es justicia, liber­tad, derechos humanos de verdad. Marcus Garvey