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que comparten un lazo nacional con nosotros, sino también a toda la humani­dad. Los críticos han acusado a Diógenes de afirmar su pertenencia a una comu­nidad ideal y abstracta que nunca le haría exigencias reales. El cosmopolitismo renació cuando los romanos aplicaron sus habilidades prácticas a la consolida­ción de un imperio en desarrollo. De acuerdo con el historiador Tito Livio, los romanos “abrieron las puertas de su deshabitada ciudad a todos los marginados e inadaptados de las regiones aledañas, a todos los que carecían de un lugar a dónde ir y que, sin embargo, pudieran trabajar juntos”. Mientras que una fami­lia es una unidad cerrada (uno es miembro de ella o no), Roma elevó la noción alternativa de patria (tierra o país natal), una entidad a la cual pudieran pertenecer todos, un equipo al que pudiera unirse cualquiera con la habilidad y energía ne­cesarias. Como administradores de un imperio mundial, los romanos inaugura­ron el cosmopolitismo que seguimos explorando hoy en día.80 ¿Podrías imaginar que eres un ciudadano del mundo?

Resumen

Al examinar la cuestión fundamental de la justicia, debemos preguntarnos si es posible enfocarse de manera exclusiva en nuestros derechos como individuos, sin tomar en cuenta el orden social común que compartimos cada uno de noso­tros. Este asunto no se centra por completo en el altruismo; más bien, la cues­tión tal vez sea si, al procurar el bien común, puedo velar por mis intereses como individuo y, si considerarme el guardia de mi hermano o hermana, es una for­ma de alcanzar mis metas individuales. En las sociedades basadas en el princi­pio de los derechos naturales, es muy poco probable que renunciemos a esos derechos; de hecho, sería imprudente que lo hiciéramos. Lo que debemos con­siderar es si resulta posible o deseable poner un énfasis exclusivo sobre los de­rechos personales, sin preocupamos por el bien común.

Considera por un momento las restricciones que pudo haber (si hubo algu­na) a tu libertad, para tomar el curso de filosofía que estudias en estos momen­tos. Tal vez haya una restricción financiera, pero supongamos que puedes pagar el curso o que recibiste ayuda económica. ¿Había un prerrequisito para el cur­so? ¿Tuviste que probar tu destreza básica en lectura o escritura? ¿Tuviste que presentar alguna prueba con el fin de demostrar tu competencia para llevar a cabo el trabajo exigido en el curso? Por lo general, los estudiantes de filosofía deben leer extensos y complejos capítulos de un libro de texto, además de es­cribir ensayos a un nivel más bien complejo, a manera de exámenes y ensayos finales. Supongamos por un momento que no hubiera restricciones de ninguna especie para la admisión en los cursos de filosofía.

Ciertamente, tu libertad básica estaría garantizada: se respetaría tu derecho a cursar la materia de tu elección. Sin embargo, tal vez sólo se te haya brindado la libertad de reprobar. Si no posees las habilidades de lectura y escritura reque­ridas, el material para esas habilidades no te servirá; estarás perdido casi desde el principio y estarás ocupando un lugar que habría podido aprovechar alguien que hubiese podido tener éxito. ¿Esto ayuda a sus intereses? ¿Es un buen empleo del tiempo y de la energía del profesor? ¿Es justo para los otros estudiantes y pa­ra la universidad en su conjunto?

Quizá el centro de orientación vocacional o la oficina de colocación te esté haciendo un favor al hacerte un examen y darte una sugerencia, o al exigir der­

la libertad no es libre. Martin Luther King, Jr.