FIPO – 418

la creación del filósofo

Ignacio Ellacuría Beas Coecbea, S.J. (1930-1989) ■ Nacido en la región vasca de España, el padre Ellacu­ría vivió y trabajo en Cen-troamérica por más de 25 años. Con formación filosó­fica, comenzó a enseñar fi­losofía en la Universidad Centroamericana de Mana­gua, Nicaragua. Después de vivir y trabajar en El Sal­vador, se naturalizó salva­doreño. Como profesor de filosofía y teología en la Universidad José Simeón Canas, en El Salvador, Ella­curía también fue conocido por defender con fuerza los derechos humanos, espe­cialmente las enseñanzas de justicia social de la Igle­sia católica romana, que emanaban del segundo Concilio Vaticano. En no­viembre de 1989, mientras fungía como rector de la Universidad, 30 soldados uniformados entraron a te­rreno universitario y lo ase­sinaron, junto con otros cinco sacerdotes jesuítas, la cocinera y su hija. Su libro más conocido es La liber­tad hecha carne: la misión de Cristo y Su Iglesia (Or-bis, 1976). Con respecto a la justicia, su mayor preo­cupación era que se respe­tara el bien común y se prefiriera por encima de un individualismo estrecho.

Ésta es la esencia de la filosofía comunitaria. Puesto que vivimos en lo que ha sido llamada “la aldea global”, es evidente que existe una sola raza humana y un solo bien común:

En sí misma, la humanidad tiene un solo bien universal común, sin embargo, mucho de él se divide en distintos bienes comunes nacionales, siempre su- ■ bordinados como partes de un todo que es la humanidad… La humanidad de hoy es una sola y su bien común es obligatorio, porque es necesario tanto para la existencia de la humanidad misma como para el bien de la justicia… Si los derechos humanos se derivan del bien común, entonces parecerán obliga­torios para quienes constituyan la humanidad, ya que todos tendrían el dere­cho fundamental de compartir el bien común, así como también de contribuir a su realización.70

Ellacuría argumenta que si 70 de los habitantes de la aldea son analfabetos y la mitad están desnutridos, es deber de todos poner el bien común por delan­te de cualquier bien individual o particular. Aplica esto a la aldea que llamamos mundo y percibirás las exigencias que nos hace la filosofía comunitaria.

El comunitarismo niega tanto la defensa de los derechos humanos que ha­cen los liberales tradicionales como los supuestos que subyacen en las teorías económicas que postulan el paulatino beneficio de los menos favorecidos como consecuencia lógica del curso de los procesos económicos. No podemos supo­ner que el simple hecho de que los individuos busquen su propio bienestar con­ducirá automáticamente a un bien común. Aún más, sólo si todos disfrutamos beneficios mínimos y nadie explota el sistema, podrá decirse que estamos pro­moviendo el bien común.

Ninguna estructura de la sociedad y ningún gobierno son legítimos, si no fomentan de manera efectiva el bien común. La verdadera prueba de que lo ha­cen ocurre cuando nadie se siente privado de las condiciones básicas para su desarrollo personal y cuando nadie saca provecho del bien común a expensas del derecho de los demás a beneficiarse de dicho bien.71

La adhesión a los valores comunitarios convierte al mundo entero en una comunidad. Buscar el bien común podría conducir a una redistribución radical de la riqueza del mundo, así como también a la restricción en el uso de los re­cursos naturales. En su formulación más pura, el comunitarismo requiere que la persecución del bien común preceda a la búsqueda que realizan los individuos de sus propios bienes privados o particulares.

La ética de la autenticidad: Charles Taylor

Charles Taylor, filósofo canadiense, es uno de los principales pensadores co­munitarios del mundo occidental. De acuerdo con su planteamiento, debemos respetar los derechos de los individuos para definirse ellos mismos y a sus me­tas, pero debemos insistir en que lo hagan a través de un diálogo con los de­más. Debemos escuchar las necesidades de los individuos sin sacrificar la salud general de la comunidad, que es algo similar a la justicia que se practica en Bu-ganda. Taylor, quien tiene una presencia activa en la política canadiense, ha par­ticipado de manera enérgica en el debate respecto a la posición separatista de Quebec y ha aplicado los principios comunitarios en dicho debate.72