FIPO – 416

Como señala el filósofo musulmán contemporáneo Seyyed Hossein Nasr, por lo menos durante la última mitad del siglo xx “todos los eruditos religiosos de reputación” están de acuerdo en que el único jihad legítimo es la defensa. El verso del Corán: “Lucha en el camino de Dios contra aquellos que luchen contra ti, pero no inicies las hostilidades. Pues Dios no ama a los agresores” (2:190), evi­dencia la base defensiva del jihad. Como en la teoría de la guerra justa cristiana, sólo el soberano de un estado islámico, en consulta con los eruditos religiosos de la comunidad, o, si no existe un auténtico Estado islámico, los eruditos mis­mos, tienen la autoridad para declarar un jihad. Aún más, un jihad legítimo de­be tener propósitos correctos y no puede basarse en furia o sed de venganza que ignore los clamores de justicia: “No dejes que el odio a un pueblo te vuel­va injusto” (5:8). Específicamente, el jihad no debe emprenderse contra el inocente: “Quienquiera qué mata a un ser humano por otro motivo que el de homicidio o corrupción en la tierra, será como si hubiera matado a toda la hu­manidad” (5:32). Incluso los enemigos deben ser tratados con justicia y bondad. Uno debe “rechazar las malas acciones con una mejor y, entonces, aquél con el que tenías enemistad será para ti como un amigo entrañable” (4l:34).65

Martirio

Durante los primeros siglos del cristianismo hubo muchos mártires. Sus muertes valientes, tras torturas brutales y sádicas, inspiraron muchas conversiones al cris­tianismo; hoy en día, esos mártires son celebrados por su piedad o incluso re­verenciados como santos por haberse negado a abandonar sus principios más profundos. Morir por un principio, como lo hizo Sócrates cuando bebió la cicu­ta, es una forma tradicional de ofrecer la propia vida como testimonio de que hay algo por lo que vale la pena vivir y morir; así como también de llamar la atención sobre la injusticia que ha hecho necesario el sacrificio de la propia vi­da. También el Islam honra a sus mártires y cree, como el cristianismo, que al morir son bienvenidos en el paraíso: “No pienses que quienes han caído en el camino de Dios están muertos. No, ellos viven y son alimentados por su Señor” (3:169). El térrnino árabe para mártir es shahid, una palabra relacionada con sha-hadah, el testimonio islámico de que no hay más Dios que Dios y que Mahoma es el profeta de Dios; como la palabra griega martos, de la que deriva el térmi­no mártir, shahid sugiere “testimonio”. Tanto el cristianismo como el Islam con­denan el suicidio, pues afirman que sólo Dios, el dador de la vida, puede quitar­la. Sin embargo, ambas tradiciones también honran a quienes sacrifican la vida por una noble causa. El Islam, al igual que el cristianismo, permite acciones que conduzcan al suicidio sólo si no conllevan el asesinato de víctimas inocentes.66 Algunos cristianos, como Timothy McVéigh, quien voló el edificio Murrah en la ciudad de Oklahoma, y algunos musulmanes, como Mohamed Atta, quien pi-‘ loteaba uno de los aviones que atacó el World Trade Center de Nueva York, cre­yeron actuar bajo la tradición de la “guerra justa”. McVéigh creyó que el edificio Murrah era un blanco legítimo porque albergaba, entre otros clientes, las ofici­nas del FBI. El Movimiento Patriota Estadounidense, con el que se identificaba McVéigh, lucha por el desmantelamiento del gobierno federal para devolver el poder político a cada uno de los estados y proteger los derechos sociales, polí­ticos y económicos de los cristianos blancos. Atta aceptó la declaración de Al