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be ser justa. Un cristiano, pensaba, tiene el deber de evitar que un inocente sea lastimado, o bien, de vengar un mal cometido en contra de un inocente. Segun­do, la guerra debe ser autorizada por el soberano. Tomás de Aquino citaba la Bi­blia (Romanos 13:4), “[porque el soberano] no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo”, y restringía la de­cisión de emprender la guerra a aquellos con soberanía legalmente constituida. Finalmente, la guerra debe fundarse en buenas intenciones. Tanto la expansión territorial como la sed de venganza se descartan como motivos válidos. En cam­bio, la guerra es justa si tiene como propósito asegurar la paz, castigar a quie­nes han hecho un daño mayor y exaltar todo lo que es bueno. Como una forma de asegurar Ta pureza del motivo, la teoría de la guerra justa proporciona cuatro pruebas de prudencia. Debe esperarse que una guerra produzca más bien que mal; sus objetivos deben tener una oportunidad razonable de tener éxito; debe emprenderse sólo como último recurso y debe tener como propósito establecer la paz.

Una vez emprendida, la guerra debe enfrentar muchas otras pruebas. El uso de la fuerza debe discriminar entre el culpable y el inocente, entre los comba­tientes y los civiles (matando sólo a los primeros, en cada caso) y el uso de la fuerza también debe ser proporcional, recurriendo a la menor cantidad de fuer­za necesaria para cumplir los fines establecidos.62

En la época de su formulación clásica, la teoría cristiana de la guerra justa se aplicaba sólo a los conflictos entre cristianos y no a los conflictos entre los cristianos y los musulmanes, por ejemplo. Siglos más tarde, durante las Cruza­das, los cristianos justificaron el asesinato de musulmanes (no cristianos) al in­vocar la necesidad de proteger a la comunidad cristiana de cualquier daño. Du­rante los últimos siglos, la distinción entre los miembros de la comunidad y los ajenos a ella ha permitido a los cristianos justificar el asesinato de “herejes” den­tro de su propia fe y consentir la eliminación de los judíos, y otros, durante el Holocausto.63

El jihad islámico

Los musulmanes realizan una distinción similar entre las condiciones internas a la comunidad (Dar al-Islam, territorio bajo control islámico) y las condiciones en el Dar al-harb (literalmente, territorio de guerra, todo el que no está bajo el go­bierno musulmán). Dentro del territorio de guerra debe hacerse otra distinción entre el “Pueblo del Libro” (judíos y cristianos, sobre todo) y los politeístas. His­tóricamente, se ha permitido a los judíos y cristianos que viven bajo el gobierno islámico practicar su religión con libertad, siempre cuando paguen el jizyah, o impuesto por cabeza sobre los no musulmanes. Jihad significa conflicto o lucha en el camino de Dios, no “guerra santa”. Muchos musulmanes perciben que el conflicto interno, contra los impulsos básicos del propio cuerpo o el alma, ha llegado a convertirse en el “jihad mayor”. El “jihad menor” es el requerimiento de defender y expandir el Dar al-Islam. Como cree que posee la revelación final de Dios, el Islam prevé un solo reino musulmán unificado, que creará un orden po­lítico y social justo. Sin embargo, esto no requiere la eliminación de los no mu­sulmanes, ni siquiera, necesariamente, su conversión. La conversión obligada está específicamente prohibida por el Corán (2:256): “No hay obligación en la religión.”64