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racismo; las lesbianas, contra la heterosexualidad y la homofobia; y todas, en ge­neral, contra la discriminación basada en la edad y la clase. De Beauvoir y Gil­man creían que hablaban en nombre de todas las mujeres, pero Lorde pone en tela de juicio tal postulado.

Responder como una mujer dé color, sin reconocer el sexismo, o como mu­jer sin reconocer el racismo, distorsionaría de igual forma la integridad de Lorde como persona; pasar por alto su lesbianismo, su edad, su clase social o su posi­ción política fragmentaría su yo, que busca llevar idealmente completo al terre­no de lucha para lograr la liberación humana.58 Más que dividir a las mujeres, Lorde cree que nombrar y comprender las diferencias es la clave para consegüir una mayor unidad para todas: “No son nuestras diferencias lo que nos sepa­ra, sino nuestra renuencia a reconocerlas y a enfrentar de manera efectiva las distorsiones resultantes de haberlas pasado por alto y darles un nombre equivo­cado.”59 La justicia requerirá que todas nosotras descubramos “esa semilla del opresor que está profundamente plantada en cada una de nosotras y que sólo, conoce las tácticas y las relaciones de los opresores”.60

La guerra y sus justificaciones

teoría de la guerra justa

en el contexto del cristia­nismo, esta teoría señala el momento en que puede justificarse moralmente el uso de la fuerza y lo que es permitido cuando se emplea dicha fuerza

jihad en él contexto del Islam, significa conflicto o lucha en él camino de Dios; batalla interior y, cuando es necesario, ex­terior

Cuando las diferencias parecen abrumadoras y un grupo de gente ve a otro co­mo una amenaza o como un obstáculo, el último recurso es, a veces, la lucha armada. A lo largo de los siglos, tanto el cristianismo como el Islam se han de­dicado a reflexionar sobre esta interrogante: ¿cómo puede el uso de la fuerza ser­vir a fines justos? Sus respuestas son asombrosamente similares. La teoría de la guerra justa cristiana y la comprensión islámica del jihad siguen influyendo en las decisiones públicas y privadas acerca de cuándo es el momento justo de em­prender la guerra, así como también sobre lo que constituye la conducta justa una vez que la guerra ha estallado. Ahora consideraremos las justificaciones clá­sicas de la guerra.

Teoría cristiana de la guerra justa

Muchos de los primeros cristianos, que tomaban con seriedad los mandamien­tos de Jesús acerca de “amar al prójimo” y de “poner la otra mejilla”, eran paci­fistas religiosos y se negaban a luchar, debido a una intensa convicción de que la guerra es algo moralmente equivocado. Sin embargo, más tarde se realizó una distinción crítica entre la defensa o el interés propios y la defensa del prójimo. Negarse a luchar es una decisión personal, pero a algunos les parecía que ob­servar que alguien está siendo lastimado y no hacer nada para evitarlo constitu­ye un dilema moral muy distinto. Durante el siglo v, inspirado por su mentor Ambrosio de Milán, Agustín de Hipona (cuya distinción entre la ciudad terrenal y la divina revisamos en el capítulo 4) creó un conjunto de condiciones especí­ficas bajo las cuales un solado cristiano de buena conciencia podía entrar en batalla. Citada aún hoy en día, la teoría de Agustín se refería a dos asuntos rela­cionados: cuándo es moralmente correcto emplear la fuerza armada y qué es permisible durante una guerra.61

Cuando Tomás de Aquino continuó esta discusión en el siglo xm, especifi­có tres requisitos para considerar que una guerra es justa. Primero, la causa de-