FIPO – 413

Si hoy en día se construyera y abriera al público, en alguna de nuestras gran­des ciudades, un edificio de departamentos espacioso y bien atendido para mujeres profesionales con sus familias, se llenaría de inmediato. Los depar­tamentos no tendrían cocinas, sino que habría una cocina propiedad del edificio desde donde se podrían servir las comidas a las familias, en sus habi­taciones o en un comedor comunal, como se prefiriera. Sería un hogar en donde las labores de limpieza serían realizadas por eficientes trabajadores, que no serían contratados por separado por cada familia, sino que los recluta-ría el administrador del establecimiento; y también se dispondría de un jardín en la azotea, una guardería matutina y un jardín de niños que, al estar bajo la responsabilidad de enfermeras y maestros profesionales altamente capacita­dos, se aseguraría del cuidado adecuado de los niños.55

En los suburbios, Gilman vislumbraba la existencia de casas adyacentes en donde cada una tendría un patio, pero carecería de cocina, aunque estarían uni­das a una cocina central mediante pasillos cubiertos. Creía que la gente muy pronto llegaría a valorar una casa sin la grasa y el cochambre asociados con la preparación de la comida. Una vez que se hubieran profesionalizado las tareas de la administración de los alimentos, la limpieza y el cuidado de la casa, se con­vertirían en empleos dignos que algunas mujeres podrían elegir a cambio de un salario. Habría un gran ahorro de labor bajo este sistema, ya que unas cuantas personas capacitadas harían todo de manera rápida y eficiente. Todo esto cons-ütuiría una enorme mejoría, según Gilman, en comparación con las 20 mujeres que trabajaban todo el día en 20 hogares distintos, realizando sus labores de ma­nera menos eficiente.56

Al igual que Simone de Beauvoir, Charlotte Perkins Gilman se dio cuenta de que las mujeres continuarían siendo dependientes de los hombres y seguirían siendo (para utilizar la terminología de Beauvoir) las otras, en la medida en que fueran consumidoras pasivas en vez de productoras activas. De acuerdo con la filosofía social feminista, la economía estaba ligada, de algún modo, a la cues­tión de la justicia para las mujeres. Las mujeres que üteralmente dependen del hombre para obtener su alimento, no pueden ser personas autónomas.

 Mujeres que redefinen la diferencia: Audre Lorde

 Charlotte Perkins Gilman era parte de la, así llamada, primera ola del feminismo, que enfatizaba las formas en las que todas las mujeres son similares al ser opri­midas por una sociedad patriarcal. La segunda ola feminista, que se suscitó en el siglo xx y que incluye a Simone de Beauvoir, afirmó postulados similares acer­ca de la igualdad y la diferencia, que feministas de la tercera ola, como Audre Lorde, estuvieron dispuestas a analizar. Como Lorde señala, al ser “una mujer de 49 años, madre de dos hijos (una mujer y un hombre), feminista, lesbiana, negra, socialista y miembro de una pareja interracial, usualmente me descubro forman­do parte de algún grupo definido como otro, inferior, anormal o simplemente equivocado”.57

Reconocer la diferencia es crucial para las feministas como Lorde. Aunque podría estar de acuerdo con de Beauvoir y Gilman acerca de que la independen­cia económica es una condición necesaria para la emancipación de las mujeres, es probable que Lorde no aceptara que esta sola condición es suficiente. Las mu­jeres blancas enfrentan el patriarcado, mientras que las de color luchan contra el

LA CREACIÓN DEL FILÓSOFO

Charlotte Perkins Gilman (1860-1935) Gilman, quien se conside­raba socióloga, creía que el principal obstáculo en el camino del progreso de las mujeres era su dependen­cia económica respecto a los hombres. De un hablar delicado y agraciado, se le conoció como la “madonna militante”. Fue autosufi-ciente desde temprana edad y no pudo adaptarse al papel restringido de una esposa y madre del siglo xa. Descubrió que su de­presión aminoraba cuando viajaba sola a California, con fines de descanso y re­cuperación, pero se agrava­ba cuando regresaba a su vida cotidiana. Al ver que no tenía otra alternativa más que el divorcio, cedió la custodia de su hija a su esposo. Tras la publicación exitosa de Women and Economics [Mujeres y eco­nomía], un segundo matri­monio logró tranquilizarla. En 1932, el enterarse de que padecía un cáncer de seno incurable, compró la cantidad suficiente de clo­roformo para terminar con su vida cuando llegara el momento. Después de la muerte de su esposo^en 1934, se fue a California a vivir con su hija Katherine y, en agosto de 1935, tomó la decisión de usar el cloro­formo.