FIPO – 411

Desde la niñez, según De Beauvoir, los hombres aprenden que ellos crean su existencia mediante la acción; por otra parte, a las mujeres se las educa en la pasividad. A la mujer se le dice que para complacer a los demás debe convertir­se en un objeto, así que aprende a renunciar a su autonomía:

Se la trata como a una muñeca viva y se le niega la libertad. Así, se crea un círculo vicioso; mientras menos ejerza su libertad para comprender, captar y descubrir su mundo, menores recursos descubrirá dentro de ella misma, y en menor medida se atreverá a afirmarse como sujeto.49

De hecho, se” dice a las mujeres que deben ser pasivas por su propio bien, un fenómeno que nos hace recordar la concepción que tenían los esclavistas de sus esclavos.

De Beauvoir argumentó que la desvalorización de la feminidad era un paso necesario en la evolución humana y que, como consecuencia de ello, el sistema económico define el lugar de las mujeres dentro de la sociedad. Aquí, De Beau­voir se aproxima mucho ál análisis económico de Marx. Las mujeres, al igual que los obreros enajenados que Marx, describió, han sido excluidas de la econo­mía, pero, a diferencia de los obreros varones, a ellas se les dijo que “salían ga­nando”:

Hemos atestiguado cuan poéticos velos se han tendido sobre sus [de la mujer] monótonas obligaciones del cuidado de la casa y la maternidad; a cambio de su libertad, ha recibido los falsos tesoros de lá “feminidad”… Al igual que los pobres desdichados que se espulgan alegremente los bichos, que los felices negros que sonríen bajo el látigo y que los árabes tunecinos que creman, con una sonrisa, a sus hijos muertos por inanición, de la misma forma, la mujer disfruta este incomparable privilegio: la irresponsabilidad.50

Es inútil culpar sin apoyo, puesto que “la justicia nunca puede hacerse en medio de la injusticia”. Aquí, De Beauvoir se une a Marx cuando afirma que lo que debe cambiar es el sistema: “Un administrador colonial no tiene posibilidad de actuar de manera recta con los nativos, ni un general con sus soldados; la única solución consiste en no ser colonialista ni jefe militar.”51 A primera vista, evidentemente, esta opción no es accesible, ya que, como señala De Beauvoir, los hombres no pueden dejar de ser hombres y las mujeres no pueden dejar de ser mujeres. Atrapados en una situación desigual que ellos mismos no provoca­ron, ¿qué deben hacer los hombres y las mujeres?

Aunque rara vez puede confiarse en que los opresores otorguen privilegios a los oprimidos, a veces los hombres pensaron brindar una emancipación par­cial a las mujeres, pues les convenía. Junto con algunas rebeliones propias, las mujeres pueden utilizar estas nuevas aperturas para lograr la plena igualdad eco­nómica y social, que a su vez ocasionará una transformación interna: “Dejen que los negros voten y se sentirán dignos de tener el sufragio; dejen que la mujer tenga responsabilidades y podrá asumirlas.”52

Aunque para De Beauvoir era claro que la sola emancipación económica no sería suficiente para brindar verdadera equidad a las mujeres, afirmaba que era un primer paso esencial. Éste era también el parecer de una de las mujeres cu­yas obras inspiraron El segundo sexo.

LA CREACION DEL FILÓSOFO

Simone de Beauvoir (1908-1986) Nacida en París en una fa­milia intelectual y opulenta, Simone de Beauvoir fue ‘ educada en la Sorbona y disfrutó una carrera como profesora de filosofía y no­velista. Hasta 1949, era co­nocida sobre todo por su obra de ficción y por su asociación con el filósofo existencialista y dramaturgo Jean-Paul Sartre. Después de la publicación de su li­bro El segundo sexo en Francia (1949) y en Estados Unidos (1953), se le llegó a conocer sobre todo como una teórica feminista. Cuando el libro apareció en Francia, un amigo la alabó por su valor y añadió “vas a perder muchos ami­gos”. En la primera sema­na, se vendieron 22,000 ejemplares y De Beauvoir fue acusada de inmediato de ser “frígida e insatisfe­cha… ninfomaniaca, lesbia­na y de haber practicado cientos De veces el aborto” e incluso de ser “madre soltera”. Ese libro se ha tra­ducido ya a 19 idiomas. En 1972, De Beauvoir publicó un libro sobré la anciani­dad titulado La vejez.