FIPO – 394

La contribución de John Stuart Mill a’ la defensa intelectual de los derechos de las mujeres ha sido enorme. Como el primer hombre en el mundo moderno occidental que aplicó los mejores argumentos de la época en apoyo al movi­miento por la igualdad de las mujeres, Mill obligó a muchos que no habían to­mado en serio este asunto a reconsiderarlo. Siempre insistió en que sus obras re­presentaban una colaboración entre él y Harriet y, en su Autobiografía de John Stuart Mill, escribió de manera explícita lo siguiente en torno a su sólido ensa­yo “La sumisión de la mujer”:

Como se ha publicado en fechas recientes, fue enriquecido con algunas ideas importantes de mi hija y con algunos pasajes de sus escritos. Pero en lo que formaba parte de mi propia composición, todo lo que es más impresionante y profundo pertenece a mi esposa; proviene de la riqueza de pensamiento que ha sido común para ambos, por nuestras innumerables conversaciones y dis­cusiones sobre un tema que ocupó un espacio tan grande en nuestra mente.19

Aunque el argumento utilitarista puede ser poderoso, no todos los filósofos sociales piensan que sea adecuado. Consideremos otra alternativa.

La justicia expresada como justedad

Karl Marx, en el siglo xrx, y John Rawls y Robert Nozick, en el siglo xx, han in­sistido en que el único criterio creíble de justicia es la justedad o imparcialidad. Por tanto, en el mundo moderno,, la cuestión de lo que constituye una sociedad justa no se ha centrado en lo que es útil para la sociedad, sino en lo que es jus­to para los individuos que la conforman. Después de estudiar a estos tres filóso­fos modernos, concluiremos nuestro análisis con la presentación de un modelo de justicia basado en el consenso, originario del antiguo reino africano de Bu-ganda, la actual Uganda.

Los utilitaristas afirman que una sociedad no es más que los individuos que la conforman; si los individuos son felices, se logrará una sociedad justa. Sin em­bargo, para Karl Marx las fuerzas económicas que son más grandes que el indi­viduo determinan si una sociedad es justa o no. Desde su punto de vista, a los individuos no se les puede hacer felices y la sociedad no puede ser justa sin cambiar estas fuerzas económicas fundamentales y extremadamente poderosas.

Enajenación de los trabajadores: Karl Marx

La visión de Marx de una sociedad perfectamente comunista (y, por lo tanto, jus­ta) fue su respuesta a la pregunta concerniente a la enajenación del ser humano. Para él, una sociedad justa sería aquella en la que la gente no estuviese enaje­nada por su trabajo y su vida, a causa de las relaciones destructivas que manan del capitalismo. Mientras unas cuantas personas acaudaladas posean propiedad privada y se enriquezcan gracias al uso de ésta, al mismo tiempo que millones de otras personas lleven una vida de trabajo fatigoso a cambio de la mera super­vivencia, nunca se podrá alcanzar la justicia. Veamos la forma en que concibe el problema y la solución que propone.

LA CREACIÓN ‘ DEL FILÓSOFO

Kart Marx

(1818-1883) Karl Marx nació en el seno de una cómoda familia de clase media que incluía ge­neraciones de venerables rabinos. A la edad de 17 años, ingresó en la Univer­sidad de Bonn para estu­diar leyes, pero después de haber pasado un año prin­cipalmente escribiendo poesía, bebiendo y batién­dose en duelo, su padre lo exhortó a que se trasladara a la Universidad de Berlín. Una vez ahí, cayó bajo la influencia de Hegel. En 1843 se casó con su novia de la infancia, la hermosa y refinada Jenny von Westp-halen, y ambos se mudaron a París. Después de coedi­tar una revista radical y de haberse convertido al co­munismo, Marx fue expul­sado de París en 1845 y luego de Bruselas, en don­de vivió de 1845 a 1848. Después del fracaso de la revolución de 1848, los Marx fueron deportados de nuevo de Alemania; empe­ñaron entonces la vajilla de plata de la abuela de Jenny y se mudaron a Londres, en donde vivieron sumi­dos en la pobreza por el resto de su vida. Tres de sus hijos murieron porque no pudieron pagar asisten­cia médica, y Karl escribió sus manuscritos en el Mu­seo Británico porque ahí había calefacción. A su muerte, Marx era práctica­mente desconocido.