FIPO – 393

prevalecientes, aunque inteligentes, las mujeres a menudo estaban tan limitadas en sus intereses debido a las restricciones sociales que no podían ayudar, sino hundir a sus maridos desde un punto de vista intelectual y moral:

Si uno de los dos no conoce y no le interesan las grandes ideas y metas que dignifican la vida, o no le preocupan cualquiera de sus asuntos prácücos, sal­vo intereses y vanidades personales, entonces su influencia consciente y, más aún, la inconsciente, reducirán, excepto en raros casos, a un plano secundario en su mente, si no es que los extingue por completo, aquellos intereses que no comparte o que no puede compartir.15

Aun así,- la respuesta no consiste en otorgar a la mujer una noción superfi­cial de conocimientos generales, arte, poesía e incluso sobre las ciencias y la po­lítica, porque sigue siendo crucial la cuestión del poder. De acuerdo con Harriet Mill, “el hombre más eminente deja de progresar si se relaciona sólo con discí­pulos”,16 y una mujer será forzada a lograr sus propios fines mediante la manipu­lación, al idear la forma de hacer pensar a su esposo que la idea fue en realidad de él. Así pues, ambos están corrompidos: “En uno, se dan los vicios del poder, en la otra, los del fingimiento.”17 Si realmente se considerara necesario o justo mantener a una parte de la humanidad “mental y espiritualmente sólo a medio desarrollarse”, entonces el derrotero más sabio sería dejar al grupo restante “fue­ra de la influencia del otro”.18 Ya que en el matrimonio ocurre exactamente lo contrario (la mujer a medio desarrollar ejerce su influencia sobre el hombre), no es lo mejor para la sociedad perpetuar el desarrollo incompleto de las mujeres. En otra parte de su ensayo, Harriet Mill reitera que resulta injusto hacerlo, pero aquí su argumento, al igual que el de John, se basa en el beneficio implícito pa­ra la comunidad: hacer justicia a las mujeres se verá acompañado por una me­joría en la condición de toda la sociedad.

Aunque el objetivo es el mismo, igualdad de derechos para las mujeres, los argumentos esgrimidos por los Mill difieren de aquellos expuestos por los defen­sores de los derechos de las mujeres que vimos en el capítulo 8. En ese caso, las mujeres como Mary Wollstonecraft y Elizabeth Cady Stanton basaban sus argumen­tos en la creencia en los derechos naturales y en las presuposiciones de la Ilustra­ción sobre la igualdad natural inherente de todos los seres humanos. Para ellas, el asunto era simplemente una cuestión de derecho: es injusto y racionalmente in­sostenible privar a las mujeres de sus derechos como ciudadanas. Para los Mill, la igualdad de derechos de las mujeres se fundamenta primordialmente en los prin­cipios utilitaristas: no sólo las mujeres se beneficiarán, sino también los hombres y, algo más importante, la sociedad en su conjunto estará en mejor posición.

Al igual que Bentham, los Mill defendieron el placer sobre el dolor, pero, a diferencia de él, buscaron más una experiencia cualitativa del placer que una medición meramente cuantitativa. Muchos de sus contemporáneos afirmaban que las mujeres tenían más placeres que los hombres, pues podían permanecer dentro del círculo familiar, estaban protegidas de las exigencias de ganarse la vi­da y eran libres para leer revistas y comer golosinas. Pero, para los Mill, tener más no significaba estar mejor. Ellos y otras personas semejantes no podían convencerse de que el placer (en la cantidad que fuera) que conlleva interactuar con los niños y la servidumbre podría compensar la falta de beneficios inherentes a la calidad de ciudadano cabal y a la de la autonomía personal, en especial cuan­do lo que se estaban perdiendo incluía la independencia y la capacidad de to­mar decisiones políticas.

la creacion del filósofo

John Stuart MUI

(1806-1873) Harriet Taylor MOL (ca. 1807-1858) Estos dos filósofos mantuvieron una relación de 28 años. Por más de 20 años de ese periodo, Harriet estuvo casada con otro hombre y tuvo tres hijos; sin embargo, su relación intelectual con Mill fue el centro de gran parte de su vida. Ambos se ca­saron, después de que el espo­so de Harriet murió, y vivieron juntos siete años. La correspon­dencia entre ellos, publicada en 1951, nos ha ayudado a com­prender mejor las contribucio­nes de Harriet y las autorías en los trabajos que llevan sólo el nombre de John Stuart Mill. John fue un niño precoz, edu­cado por su padre James MUI y el filósofo utilitarista Jeremy Bentham, por lo que se convir­tió en el heredero intelectual de ambos. Ya leía griego a los tres años, pero la educación riguro­samente racional que recibió no incluyó nada de lo que llama­ríamos “habilidades sociales”. A los 18 años estaba emocional-mente empobrecido y se descri­bía a sí mismo como una “pesada y árida máquina lógica e inflexible”. Después de sufrir una crisis cuando tenía unos 20 años, decidió cultivar sus sentimientos. A fines de 1830 conoció a Harriet Taylor en una fiesta y, durante casi dos años, intercambiaron ensayos sobre la cuestión de las mujeres y la re­lación matrimonial. Aunque el último ensayo de John, “La su­misión de la mujer”, es mucho más conocido que el ensayo posterior de Harriet, “La libera­ción de la mujer”, el de Harriet defiende una posición más radi­cal al luchar por la eliminación de todas las leyes sobre el ma­trimonio y al dar a las mujeres la total responsabilidad de los hijos, aun en caso de divorcio. Para hacerlo, a la mujer debería dársele una preparación y de­berá ser capaz de ingresar en cualquier campo laboral que quisiera. La posición más mo­derada de John proponía el re­traso de la maternidad hasta que una pareja probara su com­patibilidad y también presenta­ba la idea de una vida en comunidad, de modo que, en caso de divorcio, a los niños los cuidara una especie de familia extendida.