FIPO – 386

la palabra Estado. La polis era la fuente de la cultura, lo mismo que del gobierno y era donde los ciudadanos recibían entrenamiento para ser virtuosos. Recuerda la afirmación de Aristóteles respecto a que sólo una bestia o un dios podría vi­vir separado de la polis. Cuando Péneles dijo con orgullo: “Hacemos nuestra po­lis común a todos”, no sólo quiso decir que los extranjeros podrían vivir en la ciudad, sino que ofreció el don de la vida cultural común, por igual, tanto a los atenienses como a los no atenienses, e invitó a todos a compartir el desarrollo de la mente y el carácter que una sociedad bien formada puede ofrecer.

Para comprender la diferencia entre la polis griega y nuestro Estado moder­no, basado en el individualismo y en los derechos naturales, quizá nos sea útil tener en cuenta el contraste entre él teatro griego y el cine. La comedia y el dra­ma eran el corazón de la vida cultural de la polis griega; al observar el trágico destino del orgulloso Edipo o la amarga furia de la despreciada Medea, mientras uno estaba sentado en un anfiteatro al aire Ubre en compañía de personas de todas las clases sociales, uno podía aprender que el asesinato engendra más ase­sinato y que demasiado orgullo siempre conduce a un final terrible. Nosotros va­mos solos a una sala de cine y nos sentamos en la oscuridad, ignorando a todos los que nos rodean, en espera de que nos entretengan.

Para Platón, la idea de la vida común, tal como se expresaba en el teatro griego, resultaba crucial para la cuestión de la justicia. Ésta, hizo argumentar a Sócrates, no es el derecho del más fuerte, sino la eficaz armonía de la totalidad. En otras palabras, la justicia es tener y hacer lo propio de cada uno. El zapate­ro debe hacer zapatos, el pastor debe cuidar las ovejas, el soldado debe velar por la ciudad y el gobernante debe gobernar; cada uno debe hacer lo que le es propio, de modo que prosperen tanto el individuo como la sociedad.

Sócrates señaló que cada persona está formada por tres elementos: una par­te racional, una parte espiritual y una parte formada por los deseos:

Decimos que una parte sería la que está formada por lo que el hombre apren­de, otra por lo que lo hace enojar y ser vigoroso; la tercera tiene muchas for­mas y no podemos darle un nombre adecuado, pero la llamaremos la pane formada por los deseos, debido a sus poderosos apetitos por la comida, la be­bida y el amor, así como por todo lo que los acompaña, y también el amor al dinero, porque estos deseos se satisfacen sobre todo mediante el dinero.1

Más adelante, Sócrates explicó que estos tres elementos de una persona corres­pondían a las tres clases de la sociedad, cada una de las cuales estaba goberna­da por alguna de las tres cualidades.

Sócrates reconoció que la mayoría de las personas de cualquier sociedad prefería producir y gozar de los frutos de su trabajo. Los campesinos y los arte­sanos de La República satisfacen las necesidades físicas de todos, y su función corresponde al elemento de las personas que está formado por los deseos. Los soldados desempeñan la función que corresponde al elemento vigoroso de la per­sona; llevan una vida espartana y velan por la seguridad y la defensa de la ciudad. En cualquier cultura, unos cuantos están motivados principalmente por la bús­queda del conocimiento y de la sabiduría; están regidos por el elemento racional y son ellos los que deben gobernar la polis.

De acuerdo con el argumento expuesto en La República, una sociedad es justa sólo cuando cada persona lleva a cabo lo que le es propio, realiza lo que, por naturaleza, está capacitado para hacer. Idealmente, esta armonía de propó­sito también se refleja en la vida del individuo:

La justicia sirve a los grandes,

el interés sostiene el pla­tillo

y la riqueza voltea la

balanza. Mary Déla r i vi ere

man ley