FIPO – 383

Por el contrario, una sociedad que se centra en la comunidad consideraría estos asuntos de manera distinta. En últimas fechas hemos oído mucho sobre la industria automotriz japonesa, con sus altos estándares de calidad, el orgullo del producto y las canciones de la compañía que todos entonan cada mañana con una especie de fervor patriótico. En la cultura japonesa el grupo es lo importan­te, y se comparte el éxito del grupo que fabrica bien los automóviles. No traba­jar duro implica decepcionar al equipo, al igual que a ti mismo; tus esfuerzos valen poco si se apartan de los del grupo al que perteneces. Tú solo no puedes fabricar un coche, pero puedes llevar a cabo tu trabajo de la mejor manera po­sible y puedes cooperar con los otros miembros del equipo, en vez de compe­tir con ellos.

Un estilo de vida igualmente comunal prevaleció no hace mucho tiempo en Inglaterra y en la Europa del siglo xvm. La gente vivía en casas individuales, pe­ro poseían una tierra comunal en la que pastaba todo el ganado de la aldea. Los miembros de la familia que trabajaban por salarios depositaban sus ganancias en un fondo común conocido como “economía de salario familiar”, y habría sido impensable decir: “estas ganancias son mías y haré lo que yo quiera con ellas”. La familia y la aldea eran lo importante; su meta era la supervivencia y cada in­dividuo tenía que desempeñar un papel.

Al suponer que ciertos recursos pertenecen a todos y que otros (como la tie­rra y el agua) no pueden pertenecer a nadie, las culturas indígenas de América también hacen hincapié en los valores comunales. En este tipo de culturas se ali­menta al hambriento, se cuida a los enfermos y se consuela a un moribundo. Se concibe a la gente y los bienes materiales como parte de la riqueza de la cultura.

Hacer hincapié en el individualismo, como ahora lo hacemos en Occidente, es desestimar el comunitarismo: la filosofía del “uno para todos y todos para uno”, que prevalecía en el grupo de trabajo de la aldea, de la comunidad o del equipo. En una sociedad comunal, los pobres o los enfermos físicos o mentales son responsabilidad de la comunidad. Cuando la gente nace y muere en casa, o cuando al menos nace y muere en la misma aldea, existe un sentido de perte­nencia personal que es como una segunda naturaleza. Cuando las personas se enferman o una sequía arruina las cosechas, la familia y la aldea se aprestan a ayudar. Incluso los criminales son parte de la comunidad y su “rehabilitación” dentro del seno de la sociedad se considera un problema de la comunidad.

Debido a que la mayoría de nosotros nace y muere en un hospital, y en vis­ta de que se nos ha educado toda nuestra vida para ser individualistas, estas ideas comunitarias pueden parecemos pintorescas. Muchos de nosotros ni si­quiera vivimos en la ciudad en la que nacimos, ni cerca de la familia extensa conformada por nuestros padres, hermanos, abuelos, tíos y tías que apoyaban a nuestros antepasados en las buenas y en las malas. La movilidad económica ha dañado muchos de estos lazos y, cuando vivimos en un complejo de departa­mentos o condominios rodeados por. gente cuyo nombre ni siquiera conocemos, la noción de que debiéramos ser responsables por ellos, o por otros que están fuera de nuestra familia cercana, podría parecer extraordinaria.

Las cuestiones de justicia, objeto primario de la filosofía social, están enrai­zadas en lo que vemos como nuestro propio bienestar y el bienestar de los de­más, ya sea que los consideremos conectados o separados de nosotros. Por eJemplo, ¿cómo debe tratarse a la gente? ¿Con base en sus méritos? ¿Debe tratar­se a las personas atractivas, talentosas y nacidas dentro de familias ricas de una manera, y a la gente ordinaria, de otra? ¿Debe otorgárseles ventajas y recompensas

No podemos considerar que, como seres sociales, estemos hasta cierto pun­to seguros. Por tanto, no debemos separar el con­cepto de nosotros mismos y nuestro propio bien de la noción de los demás y su propio bien.

JOHN DEWEY