FIPO – 377

Los  ideólogos de la Constitución de Estados Unidos sentían que la preocupación li-fcgj por los derechos del individuo deba incorporarse en el interior de la estructura leí gobierno, pero también sentían un respeto conservador por las tradiciones que fen beneficiado a la humanidad por muchos siglos. La Constitución de Estados Uni-%os refleja el respeto que la Ilustración tenía por el individuo, que era defendido por ftócke, Rousseau, Coignet, Wollstonecraft, Stanton y Anthony, y lo equilibra con la protección de las sagradas tradiciones políticas, del mismo modo que lo deseaban ¡¡platón, Aristóteles, Hegel y Burke. Una adhesión férreamente sostenida a la ley na-¡ftural (o la forma en que se supone que las cosas son) se fusiona con el respeto a ^ jos derechos naturales que pertenecen a los ciudadanos desde su nacimiento.

Por un lado, existe una tensión progresiva entre la creencia en la autoridad di-yjna para gobernar, que los monarcas absolutos europeos y chinos invocaban, y, | – por otro lado, la creencia en el consentimiento de los gobernados como base para ‘cualquier autoridad legitima del Estado. Si no existe un contrato social, formal o im­plícito, entre los ciudadanos y los gobernantes, los cambios de gobierno pueden ser violentos, pues quienes sostienen que Dios mismo les ha otorgado el gobierno sólo pueden convencerse de lo contrario si se les quita el poder mediante el uso de la fuerza. Una de las grandes ventajas de gobernar mediante un contrato social es la transición pacífica del poder.

Esta transición es algo que damos por sentado en el mundo occidental, pero cuando en Estados Unidos una administración republicana cede el paso a una de­mócrata, o viceversa; o cuando pueden turnarse los liberales, los laboristas, los so-daldemócratas y los conservadores en el cargo de primer ministro (como es el caso del Reino Unido) sin que haya derramamiento de sangre o violencia callejera, esto es motivo de agradecimiento. A menudo, las elecciones para primer ministro o pre­sidente son desagradables, con ofensas de ambas partes; pero después de que se cuentan los votos, el perdedor felicita al ganador y los procesos de gobierno siguen su marcha.

Este tipo de gobierno estable era uno de los ideales de los teóricos políticos clásicos, como Platón y Aristóteles, que habían atestiguado la forma en que la de­mocracia ateniense se deterioraba y daba paso al gobierno de la plebe. Todos los I filósofos políticos que hemos estudiado en este capítulo compartían el deseo de I crear un gobierno que ayudara a los individuos a tener vidas felices y plenas, y que I permitiera desarrollarse a la sociedad en los aspectos culturales, económicos e f intelectuales. Incluso Hobbes, el más pesimista de este grupo, valoraba el orden i público como una de las condiciones más esenciales dentro de un Estado.

El hecho de que la soberanía resida en la élite política, cuyo ejercicio de la au-[ toridad política se basa en la cuna y la tradición, o en el pueblo, por muy informa­do o ignorante, interesado o indiferente que sea, es motivo de disputa entre los pensadores y los sistemas de pensamiento comentados en este capítulo. Sin embar­go, todos ellos están de acuerdo en que la manera en que definamos la soberanía tendrá un profundo efecto de largo alcance en las vidas de todos los ciudadanos e incluso en los destinos de los residentes que aún no obtienen la ciudadanía.

La República comienza con la pregunta “¿Qué es la justicia?”, y busca la res­puesta a esta cuestión social al examinar la naturaleza de los individuos que con­forman la sociedad. Una sociedad, concluye La República, es lo que es debido a que los individuos que la constituyen son lo que son. En el siguiente capítulo, que abor­da la filosofía social, comenzaremos como lo hicimos en éste: con consideraciones