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su naturaleza, su suelo, sus montañas, el aire y las aguas conforman su tierra, su país, su propiedad externa… Sus mentes están pletóricas de esto y sus voluntades conforman el deseo de esas leyes y de su país. Es esta totalidad temporal la que es Un Ser, el espíritu de Un Pueblo. El individuo pertenece a él… El ser espiritual es suyo (él es uno de sus representantes), es de ahí de donde surge y en donde se yergue. Para los atenienses, Atenas tenía un doble significado, la totalidad de sus instituciones y la diosa que representaba el espíritu y la unidad del pueblo.22

De acuerdo con esta explicación, no tiene sentido considerar que los derechos del individuo son independientes o están en oposición al Estado. Para Hegel, el Es­tado es, en consecuencia, el verdadero “sujeto” de la historia, el vehículo a través del cual el Absoluto alcanza una autorrealización cada vez mayor. A medida que el Absoluto se mueve a lo largo de la historia, primero una cultura y luego otra ocu­parán el centro del escenario como la (hasta entonces) más completa expresión del Absoluto. Tal vez ese papel lo desempeñó Atenas en el periodo clásico; Francia e Inglaterra ciertamente tuvieron su época, pero, para Hegel, el Estado prusiano en el que vivía era entonces la más perfecta encarnación del Absoluto: “Sólo los pue­blos germanos llegaron a través de la cristiandad a darse cuenta de que el hombre, como hombre, es libre; y de que esa libertad del Espíritu es la verdadera esencia de la naturaleza del hombre.”23

Tal vez fuera interesante pensar en esos términos sobre la historia de Estados Unidos. Durante una gran parte de su historia, la joven nación parecía acrecentar su poder y finalmente llegó a ocupar el centro del escenario mundial. Tal vez sea, usando la terminología de Hegel, la encamación del Absoluto para la segunda mi­tad del siglo xx. No obstante, según la dialéctica hegeliana, al igual que Atenas, Ro­ma, París y Berlín, Estados Unidos terminará declinando y alguna otra cultura se convertirá en la morada del Absoluto, quizá una cultura del Medio Oriente.

Hegel dijo que el Absoluto se movía a través de la historia y se expresaba en varias culturas y utilizaba lo que él llamó el juego de la razón, con el fin de ma­nipular incluso a los “individuos históricos mundiales”, para ponerlos al servicio de su propia expresión. Las personalidades dominantes (como Alejandro el Grande, Julio César y Napoleón) tuvieron sus propios propósitos egoístas, pero también ac­tuaron “por instinto” para producir lo que la época requería. En tales acciones, Hegel veía la intervención de la mano del Absoluto:

 

Tales individuos no tienen conciencia de lo que es la Idea como tal, pues son hombres prácticos y políticos, aunque, al mismo tiempo, son pensadores perspi­caces para lo que es necesario y oportuno. Vislumbran la verdad desnuda de su época y de su mundo, digamos que ven el siguiente género, por así decirlo, que ya está formado en las entrañas del tiempo. Son ellos los que conocen esta si­guiente etapa universal, nueva y necesaria de su mundo, para convertirla en su propio fin y dedicarle todas sus energías… Su vida entera fue trabajo y proble­mas, dedicaron su ser a esa pasión. Una vez que su objetivo se ha logrado, des­fallecen como las cascaras vacías que se desprenden de las semillas. Mueren jóvenes como Alejandro, los asesinan como a César y los destierran a Santa Elena, como a Napoleón…24

Para Hegel, igual que para Platón, pero por distintas razones, el Estado sabe mejor que el individuo lo que más le conviene. El resultado práctico es el mismo y contrasta de manera rotunda con las conclusiones de los defensores de los derechos

Cuando las modas de la música cambian, las leyes fundamentales del Estado se transforman junto con ellas. Permítanme escribir las canciones de una na­ción y no me importará quiénes hacen sus leyes.

DANIEL O’CONNELL, LIBERTADOR IRLANDÉS

juego de la razón mé­todo mediante el cual el Absoluto, en la filosofía de Hegel, utiliza los talentos y ambiciones de los indivi­duos históricos del mundo para cumplir sus propias necesidades

¡Gobierno, gobierno! ¿Qué ■es lo que obtengo a cam­bio de todo lo que doy? ¡Me gustaría saberlo! ¡Baches y bombas’

CECIL DAWKINS