FIPO – 357

 El estado natural obedece a unaley natural que lo gobierna y que obliga a todos a obedecerla; asimismo, la razón, que es dicha ley, enseña a toda la humani­dad, que habrá de consultarla, que al ser iguales e independientes nadie debe dañar a otro “en su vida, ‘ salud, libertad o posesiones: pues los hombres son > creación dé un Creador omnipotente e infinitamente ‘ sabio; todos somos siervos de un amo soberano y he­mos sido enviados al mundo por orden y causa suya, -somos su propiedad, su creación, hemos sido hechos para su propio placer, no para el de nadie más; y, ha­biendo sido equipados con nuestras facultades, com­partimos una comunidad natural, no puede suponerse ninguna otra subordinación en nosotros que pueda

autorizarnos a destruirnos, como si hubiéramos sido hechos para nuestros propios usos, como las criaturas inferiores han sido hechas para nosotros. Cada uno ‘ esta obligado a preservarse a sí mismo y a nó aban­donar su estado voluntariamente; así, como dicta la . razón, cuando su propia preservación no viene en competencia, debe, tanto como pueda, preservar al tí-s’u > d’111 hiin-uiPiuad v no cUrbe, a mer.oí qi”3 n s para hacer jusDcia contra quien le” ha ofendido,. arre-_ batar o afectar la vida, o lo que tienda a la preservación de la vida, la libertad, la salud, los miembros .o las posesiones de los demás… ~

Fragmento deTratado del gobierno civil.   ,- ”     , –     _   ,     – _

la creacion del filósofo

siempre que votamos para que los servidores públicos dejen sus cargos, o cuando los cesamos, a mitad de su periodo, mediante una impugnación.

Tan arraigadas están las ideas de Locke en nuestras nociones de gobierno, que quizá te parezcan muy naturales. De hecho, las ideas de Locke brindaron la inspi­ración intelectual tanto para la independencia de Estados Unidos como para la Revolución francesa. La Declaración de Independencia de Estados Unidos afirma que los gobiernos “derivan sus justos poderes del consentimiento de los goberna­dos”. Esta frase está en el núcleo de la teoría política de Locke; sin el consentimiento de los gobernados, dado continuamente, el Estado carece de justificación para su existencia. Locke deseaba confiar en que las personas sabrían el momento en que los gobiernos habían excedido su autoridad para, entonces, retirar su aprobación al contrato social.

El valor del estado natural Jean-Jacques Rousseau, Apbra Bebn y Clarisse Coignet

Hemos visto que tanto Hobbes como Locke pensaban que las personas se benefi­ciarían más si vivían al amparo de un Estado bien constituido que si estaban en un estado natural, pero Jean-Jacques Rousseau no era de esta opinión. Al menos en sus escritos políticos, que datan de comienzos del siglo xvm, Rousseau divulgó la idea de que la libertad perfecta existía sólo en el estado natural. Antes de la civili­zación, del advenimiento del Estado o de la creación de la propiedad privada, los individuos disfrutaban una especie de libertad pura. En este estado silvestre, la gente era naturalmente inocente y, por consiguiente, buena.

Bajo un estado civilizado, Rousseau hubiera preferido lo que llamaríamos una democracia pura, en vez de una representativa. Para que el contrato social funcio­nara, estaba convencido de que todos los ciudadanos debían conservar un interés activo y progresivo en las leyes que se estaban aprobando. Delegar la responsabi­lidad de elegir representantes simplemente no funcionaría porque las leyes carece-han de legitimidad. Rousseau insistía en que dar a otros la responsabilidad de

Jean-Jacques Rousseau (1712-1778)

Nacido en Ginebra, Suiza, Rousseau pasó errante gran parte de su vida. Su madre había muerto al darlo a luz y su padre lo abandonó cuando tenía 12 años. A los 30, se trasladó a París, don­de fue bienvenido en el círcu­lo de escritores, músicos y científicos, y tuvo una amante con quien, se dice, procreó cinco hijos, que fueron a parar a un orfana­to. Se casó con la mujer 20 años más tarde. El tema de sus escritos (que la civiliza­ción tiende a corromper la bondad natural de la gente) ayudó a impulsar el movi­miento Romántico, que fa­vorecía el impulso y la emoción sobre la disciplina y la razón. Sus ideas deísti-cas molestaron a las autori­dades eclesiásticas y fue forzado a abandonar Gine­bra, después de que su casa fue apedreada. David Hu­me, otro librepensador, lo invitó a Inglaterra, pero Rousseau sospechó que Hume estaba conspirando , en sü contra y regresó a París en 1770.