FIPO – 354

Hipona y Tomás de Aquino argumentaron qué el Estado debía someterse a la Iglesia, pero, varios siglos después, la ecuación se había revertido.

Hobbes se consideraba realista. Al observar la misma clase de mundo que más tarde describiría Malcolm X, Hobbes concluyó que sólo un Estado poderoso podía garantizar la supervivencia personal y haría posible un cierto grado de paz y pros­peridad. En un mundo de “canibalismo”, en donde la gente haría cualquier cosa por sobresalir, el gobierno debe regular el comportamiento humano; si se abando­nan a su propio arbitrio, las personas mentirán, estafarán, robarán e incluso mata­rán, y el resultado será el caos. Para Hobbes, la solución era crear un Estado fuerte y central, que llamó Leviatán. Las personas tendrían que reconocer que era por su propio bien establecer un contrato entre ellas, mtercambiando sus derechos perso­nales y su poder, por un orden civil y por obtener seguridad:

Esto es más que consentimiento o concordia: es una unión real de todos ellos… como si cada hombre le dijera al otro: autorizo y renuncio a mi derecho de gobernarme, a favor de este hombre o de la asamblea de hombres, con la con­dición de que cedas tu derecho a él y autorices todas sus acciones de la misma manera. Hecho esto, la multitud unida así en una sola persona, se llamará comunidad, en latín Civttas. Ésta es la generación del gran leviatán, o más bien (para hablar de manera más reverente) de ese Dios mortal al cual debemos, a través del Dios inmortal, nuestra paz y defensa. Porque mediante esta autoridad dada a él por cada hombre particular de la comunidad, puede usar todo el poder y la fuerza que se le ha conferido, ya que mediante el terror se le ha permitido formar las voluntades de todos para preservar la paz en casa y para dar ayuda mutua en contra de todos los enemigos extranjeros.7

contrato social acuerdo entre ciudadanos, o entre el gobernante y los gober­nados, que define los de­rechos y obligaciones de ambas partes

Una vez establecido entre los ciudadanos este tipo de contrato social para conformar el Estado, sería irrevocable. Ningún individuo podría, en una fecha posterior, recuperar sus derechos individuales, y, una vez creado, el Estado sería un Leviatán, un monstruo marino gigante, más poderoso que cualquier pez del mar. Sólo mediante este poder, el Estado podría asegurar para todos el desarrollo del comercio y del intercambio, de las artes y del progreso intelectual. Observa la similitud que éste guarda con el rey-filósofo de Platón, que gobernaría de manera absoluta para garantizar un Estado bien administrado. Pero, en tanto que el argumento de Platón tiene sus raíces en la desconfianza en la capacidad de la gente para elegir sabia­mente un gobernante, Hobbes va mucho más lejos e insiste en que sin un dictador nos destruiríamos entre nosotros y la civilización tendría también el mismo destino.

La novela de William Golding, Lord of the Mies [El señor de las moscas], aborda este tema. Un coro de niños ingleses naufraga en una isla desierta, en donde comien­zan a establecer un gobierno racional (simbolizado por una concha marina, cuyo poseedor tiene el derecho de hablar). Sin embargo, a la larga, muchos de ellos re­troceden a un estado primitivo; bajo la dirección de Jack, un renegado, un grupo de cazadores se ve impulsado por su sed de sangre a matar no sólo a los cerdos salvajes, sino también a los otros niños, sus antiguos camaradas y amigos. Éste es precisamente el punto de vista de Hobbes: sin un gobernante autoritario y fuerte, estamos en riesgo de caer en el caos. Podría parecerte difícil ceder tus derechos y tu poder de manera incondicional, pero la alternativa es mucho peor; el contrato social entre los gobernados los ampara de un peligro mayor.

Sin embargo, el precio es alto. Una vez creado, el Leviatán no puede limitarse de ninguna manera; el soberano emitiría todo tipo de ley que pudiera hacer cumplir.