FIPO – 352

LA CREACIÓN DEL FILÓSOFO

Thomas Hobbes (1588-1679) Nacido de manera prematura como resultado de la ansie­dad de su madre por la llegada de la Armada espa­ñola, Hobbes pasó gran par­te de su vida bajo el temor debido a que su filosofía materialista se consideró impía e hizo que él se con­virtiese en una amenaza tanto para el partido purita­no como para la Iglesia de Inglaterra. Hubo épocas en que su vida estuvo en peli­gro debido a sus ideas. Estudió griego y a los autores romanos en la Universidad de Oxford; más tarde se ganó la vida como tutor, en Inglaterra y en Europa. Vivió una temporada entre los filósofos de París y se vio influido por el pensamiento de Descartes, Montaigne y Galileo. Leviatán hizo enfa­dar incluso a los realistas (quienes se esperaba que apoyaran la idea de un gobierno fuerte y autoritario) porque carecía del elemento religioso. Cuando murió al­gunos lo consideraron sabio, pero otros lo maldijeron co­mo un enemigo de la virtud

En la advertencia de Malcolm X, de buscar la justicia “por los medios que sean necesarios”, se percibe un eco de Hobbes. Él retó al gobierno a cumplir con su deber y exhortó a los ciudadanos a hacerse justicia por propia mano si aquél no respondía:

Respecto al pacifismo: es criminal enseñar a un hombre a no defenderse cuando es la víctima constante de ataques brutales. Es legal y legítimo poseer una pistola o un rifle. Creemos en la obediencia de la ley… Cuando los perros muerden a nuestra gente, tenemos el derecho de matarlos. Debemos ser pacíficos, respe­tuosos de la ley, pero ha llegado el momento para el negro americano de con­testar en defensa propia, siempre y donde sea atacado de manera injusta e ilegal. Si el gobierno piensa que estoy equivocado por decir esto, entonces que el gobierno comience a cumplir con su deber.6

La conclusión de Malcolm X es que el gobierno y la gente establecen un contrato implícito: si el gobierno no cumple hasta el final el contrato (proteger al pueblo), entonces, del mismo modo, las personas son libres de no cumplir con sus obliga­ciones (de seguir siendo ciudadanos respetuosos de las leyes).

Teoría del contrato social

A continuación analizaremos a tres teóricos políticos que comparten el punto de vista de Malcolm X respecto a que los ciudadanos y el Estado establecen un contrato implícito. Thomas Hobbes argumentaba que nuestra naturaleza humana agresiva y destructiva nos obliga a establecer un Estado poderoso y represor, en tanto que John Locke observa la necesidad de un Estado que surja gracias a la naturaleza humana benigna del ciudadano. Tanto Hobbes como Locke basan sus argumentos en lo que serían los seres humanos en un hipotético “estado natural”. Este concepto también llamó la atención de Jean-Jacques Rousseau, Aphra Behn y Clarisse Coignet

Thomas Hobbes y Leviatán

La necesidad de un Estado fuerte que nos proteja de lo peor de nuestros impulsos agresivos y egoístas se expresa en la obra más conocida de Hobbes: Leviatán. Al haber vivido en la época de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) —una horri­ble contienda europea en la que los soldados violaban a las mujeres, saqueaban vi­llas y dejaban a miles de refugiados sin hogar—, así como también en el periodo de la guerra civil inglesa, Hobbes se formó un punto de vista un tanto desencanta­do de la naturaleza humana. Al ser testigo de la insensata crueldad y la brutalidad que los seres humanos podían ser capaces de infligirse entre ellos, no estuvo dis­puesto a confiar en que la gente se gobernara por sí misma.

Temía que el estado natural fuera “la guerra de todos contra todos” y, para Hobbes, la vida parecía “solitaria, pobre, desagradable, brutal y breve”. En estas condiciones se requería un Estado fuerte para proteger a las personas de otras per­sonas. Durante el siglo xvn, los europeos habían desarrollado el concepto de un Estado secular, un poder soberano al cual sus habitantes debían obligaciones polí­ticas. Como una entidad secular, el Estado no derivaba su poder de Dios ni de la Iglesia, sino que, dentro de sus propias fronteras, el Estado regulaba todas las ins­tituciones, incluida (cuando menos por implicación) a la Iglesia misma. Agustín de