FIPO – 346

prácticamente no existe la soberanía, pues, con un Estado mínimo, cuya autoridad se extiende sólo para salvaguardar los derechos individuales, puede no haber soberano en el sentido tradicional. Entre estos dos extremos se encuentra la posi­ción conocida como soberanía popular, que supone la necesidad de cierto grado de autoridad política, que debe residir en la gente. Si nos guiamos por este enten­dimiento, la soberanía a veces se confiere a una entidad menor que la nación Estado. Por ejemplo, durante la crisis seccional que condujo a la Guerra Civil de Es­tados Unidos, quienes respaldaban la “soberanía popular” argumentaban que la decisión de apoyar o rechazar la esclavitud debía dejarse al criterio de los estados y, a fin de cuentas, a los habitantes de cada uno de ellos.

A mfedida que leas las posturas señaladas en este capítulo, pregúntate dónde considera cada uno de estos pensadores y sistemas de pensamiento que debe residir la soberanía. Aunque Platón y Aristóteles diferían en algunos puntos, ambos esta­ban de acuerdo en que es la élite, y no la gente común, la que debe gobernar. Más cercanas a nuestro periodo histórico son las cuestiones de ley natural Qa forma mtrínseca en que las cosas “deben ser”) y de derechos naturales (derechos innatos de los ciudadanos) que también intervienen en la soberanía. Si existe (o debe exis­tir) una especie de contrato que los ciudadanos establecen con su Estado, ¿dónde reside la soberanía en estas condiciones? Veamos primero las razones que Platón tenía para pensar que la democracia es una forma de gobierno especialmente mala.

El rey filósofo: Platón

La imagen que tenía Platón de la manera en que debía ser una sociedad ideal co­mienza con el reconocimiento de una cruda realidad política, y su análisis se anti­cipa a los problemas urbanos contemporáneos. Platón argumentaba que la ciudad era en realidad dos ciudades: una rica y otra pobre que estaban en guerra entre ellas. Para resolver los problemas de la ciudad creía, es esencial que haya un go­bernante competente y sabio que entienda lo que está mal y que posea el conoci­miento y el poder para hacer lo correcto. Platón expresó que no había problema alguno en reconocer la necesidad de contar con un experto en muchas otras áreas de nuestra vida, pero cuando se trata de política, al parecer creemos que cualquiera que pueda obtener los votos suficientes es capaz de gobernar. El pensaba que esto es un error grave y tal vez trágico.

Si tu perro está enfermo, ¿consultarías a tu vecino (que es, digamos, abogado) o lo llevarías al veterinario que, en tales cuestiones, es el experto reconocido? Al enfrentar un problema legal, ¿irías con el veterinario o harías una cita para aprove­char la experiencia legal de tu vecino? El sabio, creía Platón, entendía con claridad el papel que desempeñaba el experto y tomaba decisiones importantes sólo des­pués de consultar con alguien que tuviera experiencia y fuese reconocido en el área. En toda actividad, desde la fabricación de zapatos hasta la psicología, parece que no tenemos objeción en reconocer la necesidad de una persona capacitada y experimentada, pero cuando pensamos en la política nuestras mentes parecen nublarse y aplicamos un conjunto diferente de criterios.

Platón sostenía de manera contundente la opinión de que actuamos así bajo nuestro propio riesgo. Las cualidades necesarias para ser electo a un cargo político tienen muy poca o ninguna relación con las cualidades necesarias para gobernar. Tal vez sea electo un individuo que se expresa con claridad, que es perspicaz y un conversador fascinante, pero ¿son estas cualidades las que consideras más valiosas