MENSAJE DEL PRESIDENTE DEL PERÚ, GENERAL DE DIVISIÓN ÓSCAR R. BENAVIDES LARREA, EL 26 DE JULIO DE 1939

MENSAJE DEL PRESIDENTE DEL PERÚ,
GENERAL DE DIVISIÓN ÓSCAR R. BENAVIDES LARREA,
EL 26 DE JULIO DE 1939
Compatriotas:
Hace aún poco tiempo, a impulsos del amor a la patria y en el anhelo de verla
proseguir sin vacilación la firme marcha ascendente de su actual resurgimiento,
pedí que apoyarais con vuestro voto de ciudadanos capacitados y conscientes,
las reformas básicas de nuestra Constitución Política, que he creído y creo
indispensables para el progreso y el bien de la nación.
Descontaba, de antemano, la oposición interesada y sórdida de ciertos
sectores para los que la libre expresión de la voluntad popular constituye un
estorbo y un signo de ignorancia y de error; y sabía, además, que habría de
chocar con la resistencia irreductible de aquellos grupos, cuyos dirigentes,
titulándose guías infalibles y conductores del pueblo y defensores de su libertad
y sus derechos, sólo piensan en utilizarlo como dócil instrumento de su
desordenada ambición.
Conocido es como no se trepidó en recurrir a todos los medios más falsos y
engañosos con el exclusivo fin de desorientar y dividir a la opinión. Ni la
campaña artificiosa y mal intencionada de los unos, ni la hueca vocinglería
histérica de los otros, podían, sin embargo, extraviar la recta conciencia de mis
conciudadanos.
Aunque algunos crean todavía que la existencia del Perú debe seguir girando
indefinidamente en torno al mismo viejo círculo de rancios privilegios y
menudas conveniencias personales; y que nuestro pueblo está fatalmente
condenado a desangrar sus energías en el desenfreno de las discordias
políticas, los que no estamos obcecados por la pasión sectaria ni el interés
egoísta; los que profesamos sólo el culto de la patria y vivimos en contacto con
sus realidades, advertimos cómo a medida que desaparecen todos aquellos
tristes vestigios del pasado, se engrandece y se purifica el horizonte nacional.
Por eso en ningún instante dudé de que depositaríais en mí vuestra confianza,
convencidos, como estáis, de la rectitud de mis propósitos, ya que el único afán
que ha guiado y guía mis actos es la salud de nuestro país y el justo bienestar
de todos mis conciudadanos.
Con la abrumadora votación en favor de las reformas constitucionales, no sólo
habéis correspondido plenamente a la fe que tenía y tengo en vosotros. La
habéis afianzado, la habéis fortalecido, la habéis superado. Ese es el motivo
que me lleva a dirigiros hoy la palabra. Quiero expresar, en estos momentos,
mi honda gratitud a todos los pueblos de la República que rivalizaron, sin
excepción alguna, por dar a mi gobierno y a mi persona el más alto y cierto
testimonio de la confianza nacional.
1
Fuente: El Comercio, 27 de julio de 1939. 2
Como gobernante, puedo y debo decir, con inmenso orgullo y satisfacción
legítima, que existe entre el pueblo peruano y yo una firme y verdadera
conjunción de ideales y sentimientos. Lo habéis demostrado con vuestro voto
despreciando la propaganda malévola y calumniosa con que se pretendió
desvirtuar la pureza de la consulta plebiscitaria.
Los que así procedieron movidos por un funesto sectarismo, o por pasiones
incontrolables, aún cuando estaban en juego las más altas conveniencias del
país, son sin duda, los únicos en ignorar que vivimos una era de positiva
renovación en la que no puede ser ya desviada la conciencia cívica de nuestro
pueblo.
Si nunca ha vacilado mi fe en los destinos de la patria, al contemplar
estrechamente unida para apoyar las reformas constitucionales a una inmensa
mayoría que forma casi la totalidad del electorado nacional, esa fe, como ya
dije, se ha robustecido más en mi espíritu, porque veo al pueblo peruano
marchar, vigoroso y consciente, en la senda que lo conduce a su grandeza.
Siento hoy con más fuerza que nunca, la limpia y serena convicción de la
utilidad de mis desvelos, de la eficacia de todos mis esfuerzos. Más claramente
que nunca mi conciencia me dice que no escuche el falso lenguaje del
servilismo, de la adulación y de la mentira; que mi espíritu no fue turbado por la
difamación, la amenaza o la calumnia; que obedecí sólo a los dictados del
deber, de la equidad y la justicia, y que dediqué todos mis afanes a la
prosperidad y el engrandecimiento de mi patria.
El voto plebiscitario, con su estricta e innegable pureza, como contenido
auténtico y expresión fiel de la voluntad ciudadana, confirma que ha existido,
como existe y existirá siempre, una plena compenetración y una profunda
identidad entre todos mis actos y los nobles anhelos del pueblo peruano.
Es a ese pueblo, diseminado en toda la extensión de nuestro vasto territorio, y
que a través de la diversidad de las clases sociales tiene un solo espíritu y
constituye un solo organismo histórico, como tiene una sola patria; es al
verdadero pueblo peruano, capaz de la disciplina y también del sacrificio; que
trabaja y enseña; que obedece y aprende; que en todos los campos de la
actividad desarrolla sin descanso la reserva inagotable de sus energías, al que
me dirijo y manifiesto mi gratitud en estos instantes.
Porque él me ha hecho, una vez más, depositario de su confianza, recibo
nuevamente la única y la más alta recompensa que he esperado siempre: el
reconocimiento de mis conciudadanos a mis constantes esfuerzos por el bien
de la nación. Hoy ese reconocimiento encierra para mí algo más grande
todavía: es un nuevo y poderosa estímulo, una obligación mayor en mi vida
para consagrar desinteresadamente, como he consagrado siempre, y acaso
con más fervor aún, todos los años que me quedan de existencia al servicio de
la patria.
Podéis estar seguros de que no me apartaré un solo momento de la recta línea
política que me he trazado, cuyas grandes directivas conoce el país; las 3
mismas que, con el apoyo de la Providencia, lo han conducido al nivel de
progreso y de creciente desarrollo en que hoy se encuentra, y han permitido
trocar el destructor pesimismo del pasado en la pujante fuerza presente de
optimismo y de fe en el porvenir de la nación.
Ninguna amenaza se cierne sobre la prosperidad y la paz de la República. Sé
que ellas están sólidamente resguardadas por la confianza y el apoyo del
pueblo peruano, por su conciencia cívica, y por la lealtad de las instituciones
armadas, que en todo instante dieron un alto testimonio de su obediencia al
régimen legalmente constituido, y de su concepción austera de la disciplina y
del deber. Pero quiero afirmar, una vez más, que mientras me halle al frente del
gobierno, sabré mantener con la misma inflexible energía con que lo he hecho
hasta hoy, cueste lo que costare, el orden interno y la tranquilidad pública, que
en forma tan eficaz han contribuido a nuestro firme resurgimiento y aseguran el
permanente progreso del país.
No sólo quiero dar y daré término al vasto plan vial que impulsa el
desenvolvimiento económico y estrecha cada día los vínculos espirituales entre
todas las regiones de nuestro territorio afianzando armoniosamente el
desarrollo nacional. Dentro del término preciso señalado a mi mandato,
conforme a las posibilidades de los recursos fiscales, quiero también seguir
llevando a cabo nuevas obras a favor de la prosperidad de nuestros pueblos.
Sé que así corresponderé a la confianza irrestricta de mis conciudadanos
cumpliendo con fidelidad mis altos deberes de gobernante hasta el mismo 8 de
diciembre, día en que haré de modo irrevocable entrega del poder a mi sucesor
legalmente elegido por la nación.
Con la confianza de que el ciudadano que ella elija sabrá proseguir
empeñosamente la gran tarea ya emprendida, pondré en sus manos los
destinos de mi patria. Y ella ha de encontrarme, en ese día, con la misma
intacta resolución, con idéntico deseo de servirla, sin rehuir el más extremo
sacrificio por su seguridad y su grandeza.
El país ha entrado ya en el proceso electoral. Antes de que éste llegue a su
fase decisiva, es mi deber dirigir un nuevo y cálido llamamiento a la unificación
de nuestras fuerzas cívica, en la fundada esperanza de ser oído por todos mis
conciudadanos. Pero, previamente, considero indispensable insistir en algunas
reflexiones, que ya hiciera en ocasión análoga, sobre nuestra realidad política.
En nuestro país, sino todos, una inmensa parte de los factores económicos y
sociales desenvuelven su actividad en torno del Estado. Salvo aquellos
conocidos elementos retrógrados o sectarios, que llevan una vida aislada
estéril y ficticia y sólo pueden salir a la superficie momentáneamente, impelidos
por una profunda agitación o por una ciega fuerza destructora, todos cuantos
realmente contribuyen al progreso; todos cuantos tienen en el trabajo la única
fuente de un verdadero y durable bienestar, ansían que la alternabilidad en el
ejercicio del gobierno pueda producirse, hoy más que nunca, sin poner en
peligro la marcha tranquila y próspera de la nación. 4
En 1936 el país fue testigo de mi tenaz y desinteresado empeño para llegar a
ese necesario proceso de unificación de la gran mayoría de nuestras fuerzas
cívicas. Por desgracia, tropecé entonces con la falta de comprensión de
determinados sectores; y su egoísmo e intransigencia fueron causa del fracaso
de mis nobles esfuerzos. La ambición desenfrenada y las burdas
maquinaciones puestas en juego para burlar el sufragio, colocaron al país al
borde de la anarquía, de la que sólo pudo salvarse por la solución que me
impuso un alto deber patriótico y por la lealtad y la disciplina de las instituciones
armadas, puestas, una vez más, al servicio de los verdaderos intereses
ciudadanos y las conveniencias de la nación.
Hoy, como ayer, en vísperas de proceder a la renovación periódica de los
poderes del Estado, una honda y justificada inquietud llegaría hasta el seno de
esos humildes y laboriosos hogares a los que la política sólo ha llevado el dolor
y la miseria; estaríamos, nuevamente, sujetos al acaso, a la amenaza del caos
y la violencia, si, felizmente, como lo demuestra el Plebiscito, no se hubiera
formado en estos últimos años una nueva conciencia cívica, que obedece sólo
a los postulados de la paz, el orden y el trabajo, y que debe estar y estará
siempre resuelta a unificarse en bien de los más grandes intereses de la patria.
El gobierno, justamente celoso de la continuidad de su obra, y como intérprete
y ejecutor fiel de los grandes anhelos colectivos, sin apartarse de la legalidad,
está en el deber de auspiciar, como ya lo hiciera en 1936, un firme y sano
entendimiento entre todos los sectores que, sea cual fuere su filiación política y
aun cuando no pertenezcan a agrupación alguna, estén espiritualmente unidos
por los mismos principios de paz de progreso y de engrandecimiento nacional.
Creo que en el futuro el Perú no podrá apartarse sin peligro de los precisos y
definitivos lineamientos de la política seguida por mi gobierno. Refractario a
toda teoría ajena a nuestra realidad o extraña a nuestro espíritu;
profundamente compenetrado de los grandes ideales de renovación de nuestra
época; defensor ferviente de los principios de humana justicia, mi política ha
encaminado y conduce al país hacia la solución ordenada y sistemática de
nuestros grandes problema económicos y sociales, impulsando el desarrollo de
nuestras grandes fuentes de riqueza en bien de las diversas clases productoras
que constituyen la fuerza y la inmensa mayoría de la nacionalidad.
Estoy seguro de que esta debe ser también la sana política que ha de seguir el
ciudadano que esté llamado a sucederme, y que, sin duda, consagrará, como
yo, sus más nobles y patrióticos esfuerzos al bien de la República. Es mi más
vivo deseo, y todos los indicios revelan que mis esperanzas no son infundadas,
que en torno a él vuelva a producirse el mismo vigoroso y consciente
movimiento de opinión que ha gravitado en las urnas plebiscitarias con la
fuerza irresistible de la voluntad popular.
El Perú ha arrojado para siempre tras de sí las pesadas cargas de la
indiferencia, de la apatía y del pesimismo que hasta ayer agobiaban sus
hombros. El Perú ha encontrado la senda real y amplia que lo conduce a la
grandeza. Y nada puede detener la poderosa evolución de un pueblo cuando 5
ha sentado firmemente sus plantas en el camino decisivo y fecundo de su
historia.
Compatriotas:
El 20 de octubre, indefectiblemente, se llevará a cabo el acto electoral para la
renovación de los poderes del Estado, que emanan de la libre y directa
expresión de la voluntad popular. Todo intento por parte de aquellas
agrupaciones sectarias que se empeñan en prostituir el más sagrado de los
derechos cívicos, convirtiendo el sufragio en arma de destrucción contra la
sociedad, la democracia y sus instituciones, será inexorablemente repelido por
la ley. El país puede tener plena confianza de que la paz y la tranquilidad
pública están y estarán a cubierto de toda amenaza, y serán mantenidas con la
misma invariable energía pese a todos aquellos que no conciben derechos ni
libertades sino en el ambiente del más absoluto desenfreno. Pero el deber
fundamental del gobierno es mantener, sobre todo, el orden, el progreso y la
seguridad de la nación.
Como lo hiciera con anterioridad a la realización del Plebiscito, me dirijo hoy a
esa gran mayoría de mis conciudadanos, que me ha reiterado su apoyo
comprometiendo mi honda e indeleble gratitud. Sé que al depositar
nuevamente su voto en las urnas, estará sólo presente en sus espíritus e
iluminará su conciencia el pensamiento de los más altos intereses de la patria y
la fe en sus grandes destinos.