MENSAJE DEL PRESIDENTE DEL PERÚ, COMANDANTE LUIS MIGUEL SÁNCHEZ CERRO, ANTE EL CONGRESO, AL JURAR LA CONSTITUCIÓN POLÍTICA, EL 9 DE ABRIL DE 1933

MENSAJE DEL PRESIDENTE DEL PERÚ,
COMANDANTE LUIS MIGUEL SÁNCHEZ CERRO,
ANTE EL CONGRESO, AL JURAR LA CONSTITUCIÓN POLÍTICA,
EL 9 DE ABRIL DE 1933
Señor Presidente del Congreso Constituyente de 1931:
Poseído de la importancia de este solemne acto, vengo al Congreso
Constituyente del Perú, a jurar la nueva Carta Política de Estado, en la que los
señores Representantes han interpretado los legítimos anhelos de renovación
de la ciudadanía. La ideología que animara a los pueblos en los históricos
momentos de los comicios de octubre de 1931, culmina en la promulgación de
esta Constitución, fruto del maduro estudio de la Representación Nacional y del
patriótico deseo de satisfacer las aspiraciones ciudadanas.
Esta Carta Política está destinada a regir en adelante el normal
desenvolvimiento de nuestras instituciones, por cuanto asegura la garantía
para todos los derechos lícitos y tiende a la conservación y la defensa de la
nacionalidad.
Cumpliendo sus disposiciones, dando desinteresadamente todas nuestras
energías a la patria, estamos seguros de que lograremos forjar la grandeza del
Perú y triunfaremos en nuestro empeño de conseguir el bienestar público y
privado.
Por mi honor de patriota y de soldado, ante vosotros Representantes del
pueblo peruano, empeño mi palabra de cumplir fielmente la Constitución que
hoy se promulga.
CONTESTACIÓN DEL PRESIDENTE DEL CONGRESO CONSTITUYENTE,
DOCTOR CLEMENTE REVILLA
Señor Presidente de la República:
La Asamblea Constituyente acaba de escuchar llena de emoción patriótica,
vuestro elocuente discurso y ha presenciado el juramento y la promesa de
honor que, reverente a los principios democráticos, acabáis de prestar. Este
acontecimiento será tenido por el país entero como el principio de una nueva
era de resurgimiento y de progreso en todo sentido; así como el afianzamiento
seguro de un orden social y político conforme con sus aspiraciones.
No es una concepción antojadiza la que justifica una nueva Constitución. Es el
principio palpitante de un pueblo que nace al ambiente de un trascendental
acontecimiento político realizado en ejercicio de sus derechos de verdadera
soberanía. Cuando las libertades públicas son contenidas más allá de su límite 2
natural, saliendo de la órbita necesaria e indispensable para la convivencia
social y para la conservación del orden público, se produce un profundo
desequilibrio en la vida del Estado, que conmueve toda su organización y que
exige imperativamente, junto con la modificación de la ley básica, la reforma de
métodos de Gobierno, en el sentido de encaminar a los pueblos por un sendero
de profundo respeto a la ley y al principio de autoridad, a la vez que levantar la
dignidad ciudadana, dentro de un concepto noble de moralidad en las
funciones públicas y en la vida de los hombres.
Ese hondo desequilibrio se produjo en el país, en forma tan grave y tan dañosa
para los intereses nacionales que fue preciso e indispensable el movimiento
político de agosto de 1930, en el que vos, señor Presidente, fuisteis su heroico
jefe y en cuyo programa se inscribió la necesidad de dar una nueva
Constitución Política; porque la anterior fue adulterada y falseada por sus
mismos autores y porque las tendencias descentralistas habían nacido en los
pueblos, como una reacción natural a un centralismo absorbente y dañoso.
Si este ha sido el fundamento de la existencia de esta Asamblea Constituyente,
compendio de la misma soberanía nacional, su finalidad se ha cristalizado en la
nueva Constitución Política que acabáis de promulgar.
Esta ley fundamental, de organización de las funciones del Estado, no ha sido
el fruto de alucinaciones mentales, ni de ideologías abstractas, que no tienen
contacto con la realidad; ha sido, por el contrario, la resultante de una reflexión
madura, que tomando por base la verdadera naturaleza de nuestro pueblo, sus
tradiciones históricas, sus costumbres y sus sentimientos, no ha olvidado el
progreso evolutivo y racional que las mismas instituciones democráticas
reclaman.
Una ley constitucional no se forja solamente en el cerebro de los hombres, sino
que debe nacer, como condición primaria y sustancial, en el corazón de los
pueblos; porque sólo así tendría realidad en su aplicación y cumplimiento.
Esta Asamblea Constituyente, respetable en grado máximo en su totalidad;
porque mayorías y minorías, han cumplido con su deber en el rol parlamentario
que les respecta, en la que se han librado verdaderas batallas ideológicas, con
entera libertad, siempre que no se atentara contra su propia existencia, ha
tenido la gran virtud, fuera de su misión exclusiva de legislación, de salvar al
país del caos y de la anarquía y de cooperar francamente con los ideales,
patrióticos y nacionalistas, del Poder Ejecutivo. Esta armonía en los dos
primeros Poderes del Estado, tan saludable para la vida de la República,
perdurará seguramente al amparo de esta nueva pauta fundamental, siempre
que sea ella respetada y venerada, como con plena evidencia lo será; pues los
hombres que hoy gobiernan al país, han probado ya su gran patriotismo, su
serenidad y su elevado criterio, para resolver los más trascendentales
problemas nacionales.
Cumplir la Constitución y las leyes de la República, es el primer deber de todo
ciudadano, y hacerla cumplir y dar el ejemplo de su estricto cumplimiento es la
más grande obligación en los que ejercen el poder por mandato de los pueblos. 3
De aquí la gran responsabilidad en los que ejercen funciones públicas,
responsabilidad, que bien comprendida, entraña un sacrificio inconmensurable
por el bien común y solo debe dar fortaleza para esta sublime misión el
verdadero amor a la patria.
Señor Presidente de la República:
Que esta Constitución que acabáis de jurar tenga la virtud de avivar la moral
cívica en nuestras instituciones y en nuestro pueblo; de consolidar nuestros
principios democráticos; de afianzar la República en una orientación del más
puro nacionalismo, de conseguir la prosperidad y grandeza de nuestra patria y
sobre todo, unificar a todos los peruanos al amparo y bajo la sombra de un
gobierno legalmente constituido como el actual.
Señor Presidente:
Una vez más debo manifestar la complacencia con que esta Asamblea os ha
tenido en su seno, en el que habéis practicado uno de los actos más grandes
de nuestra democracia.