MENSAJE DEL PRESIDENTE DEL PERÚ, COMANDANTE LUIS MIGUEL SÁNCHEZ CERRO, ANTE EL CONGRESO, EL 8 DE DICIEMBRE DE 1931

MENSAJE DEL PRESIDENTE DEL PERÚ,
COMANDANTE LUIS MIGUEL SÁNCHEZ CERRO,
ANTE EL CONGRESO, EL 8 DE DICIEMBRE DE 1931
Señor Presidente del Congreso Constituyente:
Dominado de la más honda emoción patriótica recibo de vuestras manos,
honradas y leales, la enseña del mando supremo.
La altísima designación con que el electorado nacional me ha honrado es sólo
generoso testimonio de benevolencia para quien, ya como soldado, ya como
ciudadano, ha vivido consagrado al servicio de su patria y de la democracia.
Después de haber recibido esa prueba de afecto, sólo vibran en mi alma, la voz
augusta del deber y el vivo anhelo de retener y acrecentar por mi Gobierno el
aplauso y la confianza pública que, en este día inolvidable, me alienta y me
honra.
El 22 de agosto de 1930, el sol de la libertad, magnífico y brillante, volvió a
iluminar la nacionalidad, después de haber permanecido oculto durante más de
once años.
Para no turbar la alegría de esta fiesta de la democracia, no evocaré ese
periodo trágico de nuestra historia.
Pero si debo recordaros cuál es la herencia dejada por el despotismo, para que
todos conozcan perfectamente en qué condiciones se encuentra el país, en el
momento que asumo la dirección de sus destinos.
Conviene deslindar responsabilidades y facilitar el juicio de la historia.
La fe nacional empeñada en tratados que han disminuido la extensión del
territorio; la hacienda pública exhausta y sufriendo el peso de una deuda
formidable, contraída en las más duras condiciones; la administración pública
desorganizada; la seguridad del Estado amenazada por el desarrollo de
peligrosas ideas políticas, económicas y sociales; los principios morales en
quiebra; el respeto a la ley, a la soberanía nacional y a la autoridad,
considerados como cosas arcaicas; el interés público subordinado al interés
privado; el poder, imaginado como instrumento para satisfacer apetitos y
ejercitar venganzas.
Y el horror de la tragedia nacional aumentado como consecuencia de la crisis
mundial.
Pero si el panorama nacional ofrece un espectáculo sombrío, él no debe
inquietarnos, mucho menos tornarnos pesimistas, porque el porvenir de las
naciones radica en ellas mismas y los pueblos son lo que ellos quieren ser,
mucho más cuando han sido tratados espléndidamente por la naturaleza y
cuando poseen un pasado de leyenda.2
Mi optimismo es inmenso y mi fe en la grandeza de los destinos de la patria
crece día a día y se robustece cada vez más.
Ese optimismo y esa fe se funden, sobre todo, en el formidable despertar de
energías cívicas que se han producido en el país después de la revolución de
agosto.
El Perú regresa hoy a la vida constitucional por la voluntad soberana del pueblo
cuya fuerza nada ha podido detener y mucho menos desviar.
Entre las llamaradas de la terrible prueba de fuego que sufre hoy el país,
surgen con más fuerza que nunca las aspiraciones y los deseos de la
colectividad nacional.
El pueblo peruano quiere llevar una vida de orden y de paz; practicar la religión
del trabajo que eleva y dignifica al hombre; desarrollar sus energías hacia el
progreso y la cultura; estar gobernado por normas jurídicas; ver sus intereses
administrados por hombres austeros; y gozar de las garantías que la
Constitución del Estado les otorga.
Esas aspiraciones revelan nobleza de sentimientos, belleza de ideales y una
visión clara y precisa de la ruta salvadora del porvenir.
Por lo tanto, conviene estimular el desarrollo de esos sentimientos y fomentar
el culto de esos ideales.
Hijo de la democracia, sintiéndola ardorosamente en mi pensamiento y en mi
corazón, yo os ofrezco por mi honor de soldado cumplir el compromiso que
acabo de contraer de fidelidad a sus principios.
Pero también os prometo, que estoy resuelto a defenderla de todo peligro que
amenace su existencia, el orden social y la estabilidad de las instituciones
nacionales; sin preocuparme ni el origen, ni la magnitud de ese peligro.
Legisladores:
Terminada la más hermosa de nuestras contiendas cívicas, os habéis reunido
en el templo de las leyes, para cumplir vuestra elevada misión, que consiste,
principalmente, en trazar los rumbos legales dentro de los que debe
desenvolverse la vida futura del Perú.
La nueva Carta Política del Estado debe armonizar los adelantos de la ciencia
política con la realidad nacional y las aspiraciones de vuestros conciudadanos.
El menor desequilibrio en el juego de esas fuerzas podría producir serios
trastornos en la marcha del país.
La democracia es la escuela de la libertad y del deber cívico; por lo tanto, del
esfuerzo, de la colaboración y de la abnegación de todos los peruanos,3
depende que se pueda realizar, en corto tiempo, la magna obra de la
reconstrucción nacional.
Que el Todopoderoso os ilumine y que el espíritu de los fundadores de la
República, presida vuestras deliberaciones y guíe vuestros actos.