MENSAJE DEL PRESIDENTE CONSTITUCIONAL DEL PERÚ, AUGUSTO BERNARDINO LEGUÍA SALCEDO, AL CONGRESO NACIONAL, EL 24 DE SETIEMBRE DE 1908

MENSAJE DEL PRESIDENTE CONSTITUCIONAL DEL PERÚ,
AUGUSTO BERNARDINO LEGUÍA SALCEDO,
AL CONGRESO NACIONAL, EL 24 DE SETIEMBRE DE 1908
Honorables Representantes:
En este momento solemne, junto con la enorme responsabilidad de los
intereses nacionales, recibo el honor más grande a que puede aspirar un
hombre: el encargo arduo, pero seductor, de gobernar con previsión y justicia a
los ciudadanos de un pueblo libre.
Mi primera palabra será para felicitar al Perú por haber logrado una cuarta
renovación del poder dentro de la legalidad. Prueba evidente de que la
República tiene cimentadas sus instituciones sobre esas dos bases de toda
democracia: el respeto de los gobiernos por la libertad y el amor de los pueblos
por el orden.
El Gobierno es un instrumento de conservación y de progreso; amparo de
todos los derechos; impulso y protección de todos los intereses. Amparar
derechos quiere decir tanto como conservar el orden. Mi Gobierno cumplirá ese
deber primordial de todos los gobiernos, sin intransigencias de ningún género,
pero sin vacilaciones tampoco.
Todo Gobierno representativo y democrático debe ser Gobierno de discusión y
de crítica, pero a condición de que los partidos que asumen la responsabilidad
de la fiscalización tengan un respeto leal y sincero por la legalidad. Los que
quieren destruir por la fuerza un régimen no tienen derecho a ser escuchados
por los que quieren conservarlo.
Para las oposiciones, con más razón que para los gobiernos, el arte político, el
arte de traducir los ideales en hechos, es un proceso de oportunidades y de
método que excluye la violencia. Fuera de él sólo quedan las ilusiones pueriles
que llevan a fracasos inevitables. Es de esperar que estos principios se hayan
arraigado ya profundamente en el espíritu de nuestros partidos políticos, y que
ellos labren el progreso y la ventura de nuestra patria.
El ejercicio de la libertad y de la independencia nacional requiere el seguro de
la Armada y del Ejército.
Lo que distingue a la fuerza que crea de la fuerza que destruye, es la disciplina.
El Ejército, para no degenerar en banda pretoriana y para conservarse como
santuario del honor, como escuela de abnegación y sacrificio, requiere la
prescripción absoluta de toda verdad política, el respeto escrupuloso por las
ordenanzas y los reglamentos, es decir, la más rígida y rigurosa disciplina. El
soldado peruano ha entrado ya por ese sendero. Yo procuraré que no se
desvíe de él un solo punto, para lograr así su renombre digno de sus hazañas y
de su historia.2
También en el orden civil el olvido de los reglamentos, el nepotismo, las gracias
indebidas, el favor como norma de conducta, convierten la administración en
una burocracia parasitaria. Nada interesa tanto al bien de todos como combatir
tamaña calamidad.
La acción de los tribunales de justicia complementa la reivindicación del
derecho y la defensa del orden. En esta materia hay un principio intangible.
Ante la ley penal, por lo mismo que es la más dura de las leyes, no caben
excepciones. Desgraciadamente, nuestro procedimiento civil y penal tiene
deficiencias y medios anticuados cuya transformación será el tenaz empeño de
mi Gobierno.
Al lado de la defensa de los derechos tiene el Gobierno el cuidado de los
intereses nacionales. En este terreno expuse ya mi criterio y mi programa, al
ser elegido candidato, que puede sintetizarse en la promesa de continuar la
obra progresiva y saludable del eminente ciudadano que devuelve a la nación,
dignificada, la banda que cubrió su pecho de patriota.
Nada más fácil que trazar el programa administrativo de los pueblos jóvenes,
en que está todo por hacer y nada más difícil que realizar algo con medios
forzosamente escasos. Ser sobrio en proyectos, rápido en los debates, tenaz
en las obras, renunciar a la originalidad fantástica; no malgastar tiempo ni
dinero; distinguir lo principal de lo accesorio, lo urgente de lo aplazable; querer
con entusiasmo lo que otro ideó o comenzó, son máximas tan vulgares como
necesarias, que deben recordar a cada paso no solamente los que gobiernan
sino, sobre todo, los que critican, para que su faena sea de estímulo y de
aliento, y no obra malsana de obstrucción y de pesimismo.
Aparte de estas reglas de buen sentido, la prosperidad de los intereses de una
nación o de un hombre requiere recursos económicos. Sabérselos procurar es
el secreto de los verdaderos financistas. Para esta empresa, siempre laboriosa,
el momento actual, no del Perú solamente, sino del mundo entero, está lejos de
ser favorable.
Abusos del crédito, o quizás simplemente el ritmo económico que corrige con
crisis monetarias los desequilibrios de la producción y de los consumos, el
hecho es que una contracción general del medio circulante ha embarazado en
los últimos tiempos el movimiento de los mercados más robustos. La
repercusión de esas vibraciones anormales encontró, felizmente, entre
nosotros el seguro inconmovible de nuestro régimen monetario; pero,
evidentemente, ha detenido el incremento de nuestra capitalización y de
nuestras inversiones. Conjurada la crisis, puede decirse que no tardará en
recobrar su desenvolvimiento normal nuestra situación económica.
Sin agravar las contribuciones, mi Gobierno ha de procurar, como ya lo he
dicho en otras ocasiones, el aumento intensivo de sus rendimientos para que
mi programa administrativo sobre ferrocarriles, higiene, inmigración, irrigación y
educación se realice en la medida de lo posible.3
En el orden político yo prometí la reforma de la ley electoral y cumpliré mi
promesa, inspirándome no sólo en que la reforma sea completa, sino que la ley
reformada se cumpla con honradez y buena fe.
Pero sin desconocer los defectos de la ley, es preciso recordar que en esta
materia el vicio principal está en los hombres de todos los partidos, en la falsa
concepción de que los tribunales electorales son posiciones estratégicas desde
las cuales deben defenderse los intereses políticos.
El organismo electoral tiene que ser independiente de los partidos políticos. Su
misión no es conservarlos ni defenderlos, sino amparar los derechos de todos
los ciudadanos y ser la expresión viva y la garantía del sufragio universal. Los
partidos sólo son legítimos cuando radican en la voluntad libre del pueblo que
tiene el derecho de aniquilarlos, transformarlos o sustituirlos.
La tendencia de la reforma debe ser neutralizar los tribunales electorales, por
un lado y por otro, repartir sus atribuciones de modo que el abuso resulte
imposible.
Una nación, aún cuando sea próspera y libre, no vive sola en el mundo. Sus
condiciones geográficas, económicas, sociales, determinan el carácter de su
política exterior.
Nadie puede negar al Perú, sin extraña contradicción e injusticia, un espíritu de
cordialidad con todos los pueblos, un sincero amor al ideal americano en sus
relaciones con las Repúblicas de este continente.
En los congresos continentales reunidos por el espíritu previsor de la gran
República americana, el Perú ha defendido el arbitraje obligatorio como la
forma jurídica de las relaciones internacionales entre las democracias del
nuevo mundo. Llevando la teoría a la práctica el Perú verá pronto fijados sus
linderos con Bolivia por el laudo arbitral de nuestra hermana la República
Argentina y resuelto el complicado litigio del norte, que data desde la época de
la independencia, merced al fallo que el augusto soberano demostrará, por la
justicia de su resolución, que fue digno del papel glorioso que le asignó la
historia y de la confianza que hoy hemos depositado en él.
El criterio del progreso solidario de la América y de las soluciones prácticas, me
inspirarán para dirigir todas nuestras relaciones diplomáticas y muy
principalmente los esfuerzos para conseguir que nuestra frontera del sur sea en
la realidad la designada por un Tratado que el infortunio impuso, y que si
nuestra fe nos obliga a respetar, no puede nuestra dignidad consentir que se
agrave en nuestro daño.
No hay verdad más profunda que aquella que dice que los pueblos tienen
gobiernos que merecen.
Cuando la conciencia nacional se forma y condena con igual intensidad los
abusos de arriba y de abajo, cuando sabe censurar y aplaudir, entonces crea
una atmósfera dentro de la cual solo puede respirar el bien.4
Yo no aceptaría este elevado puesto sino sintiera en mi espíritu la fortaleza
bastante para presenciar los intereses y pasiones y ser el jefe de la nación y no
de ningún partido.
Todos los ciudadanos tienen ante mí los mismos derechos y los mismos títulos,
sin otra diferencia que su capacidad intelectual y sus virtudes morales.
Nada hay para mí más abominable que el gobernante cuya debilidad las tolera.
Repito lo que he dicho en otras ocasiones. Huiré de toda intransigencia; tengo
ánimo suficiente para reconocer un error y enmendarlo, pero tampoco tendré
vacilaciones ni timideces. Procuraré inspirarme siempre en los dictados de la
opinión pública y en el amor sincero a la justicia, que jamás debe faltar a un
gobernante.
Invocando el santo nombre de Dios e implorando su protección, tengamos fe
en que el porvenir prepara al Perú largos días de prosperidad y de concordia.