MENSAJE DEL PRESIDENTE CONSTITUCIONAL DEL PERÚ, JOSÉ PARDO Y BARREDA, AL CONGRESO NACIONAL, EL 24 DE SETIEMBRE DE 1904

MENSAJE DEL PRESIDENTE CONSTITUCIONAL DEL PERÚ,
JOSÉ PARDO Y BARREDA,
AL CONGRESO NACIONAL, EL 24 DE SETIEMBRE DE 1904
Honorables Representantes:
Al recibir la insignia de la primera magistratura de la República, mi primer deber
es manifestar a, en este momento solemne, mi profundo reconocimiento por la
altísima e inmerecida honra que me ha dispensado, encomendarme la
dirección de sus destinos, en el próximo periodo de Gobierno.
La entusiasta elección con que los pueblos me han favorecido, las
manifestaciones de simpatía que he recibido de todas partes, me imponen
mayores deberes para esforzarme en corresponderlas, consagrándome por
entero a su servicio.
Tengo noción clara de los altísimos deberes y de las enormes
responsabilidades que pesan sobre mí desde este momento. Yo las asumo sin
temor, porque mis amigos y adversarios estarán en breve convencidos de la
sinceridad de mis propósitos, que se inspirarán en los dictados del patriotismo.
El gobernante que persiga como objetivo de su política la justicia y como
procedimientos de su Gobierno la ley, contará siempre con el apoyo de sus
conciudadanos.
Mal me conocen quienes me atribuyen tendencias autoritarias y propósito de
odios políticos.
Sé muy bien que mi designación a la Presidencia de la República es resultado
de circunstancias que han coincidido y no de merecimientos que se hayan
impuesto; no ignoro los altos deberes que la primera magistratura de un país
culto impone mucho más a quien tiene tan pocos títulos como yo para
desempeñarlos y, por consiguiente, nada tienen que temer quienes me hayan
combatido, mientras se mantenga, como es de esperarlo, respetuosos al orden
y a la ley.
Llego al poder después de corta pero ardiente lucha, en la cual, más que en
ninguna otra, se han revelado síntomas de progreso en las costumbres y en el
criterio político de nuestro país y en que se ha confirmado, una vez más, que
está profundamente arraigado en el espíritu de la nación, que la conservación
de la paz pública es la condición inseparable para su prosperidad.
En el corto transcurso de quince meses se han efectuado por dos veces
elecciones para Presidente y Vicepresidente en condiciones de intensa
agitación de las pasiones políticas y el orden no ha sido perturbado.
Son los pueblos los acreedores a recibir por estos triunfos de la paz, las
congratulaciones de los Poderes del Estado y lo son también los hombres2
dirigentes de los partidos que inculquen en sus filas el acatamiento al voto
ciudadano y a los mandatos de la ley.
Descartada para siempre la violencia como origen del supremo poder en la
República, esta abierta una nueva época en el desarrollo de la nacionalidad
peruana, marcada por transiciones legales de la suprema magistratura.
Consolidar estos progresos, afianzar el principio de la legalidad en todos los
espíritus, es el problema político que nos plantean los acontecimientos y que
debemos afrontar con el propósito más elevado, con la más lejana visión de las
conveniencias del país, posponiendo todo interés partidista.
En el régimen de las instituciones democráticas, el sistema electoral es el que
encausa dentro de la ley las corrientes de los intereses políticos.
Es urgente llegar cuanto antes a la reforma de nuestra ley electoral de manera
que inspire confianza a todas las agrupaciones por las garantías que deben
encontrar en sus disposiciones.
Los partidos que cuentan con mayoría evidente en la opinión pueden
desprenderse sin temor de las ventajas que les da la situación actual,
reflexionando que su poder está en la voluntad popular y que siempre
obtendrán su preponderancia política si tienen el acierto de interpretar las
aspiraciones de los pueblos y si saben cumplir lealmente su programa de
gobierno.
El orden constitucional está tan sólidamente afianzado en la República, que es
innecesario que yo, mandatario elegido conforme a sus disposiciones, ratifique
ante el país el juramento que acabo de prestar ante Dios que cumpliré y haré
cumplir los mandatos de la Constitución del Estado y de las leyes de la
República.
En el programa presentado a mis conciudadanos en apoyo de mi candidatura
indiqué las más urgentes necesidades del país en orden a su seguridad, al
desarrollo de su agricultura y al fomento de sus intereses materiales, que son
los objetivos que debe perseguir una administración acertada, que se inspire en
las corrientes que dominan hoy en el mundo, cuya eficacia nos la confirman
nuestros pasados infortunios y otras fecundas enseñanzas que presentan
sucesos contemporáneos de otros pueblos.
Para alcanzar el primero de esos propósitos, conviene continuar la política de
acercamiento con todas las naciones vecinas y hermanas, procurando resolver
cuanto antes, con espíritu elevado de justicia, las cuestiones pendientes, sobre
todo las de frontera, cuyo estado incierto ofrece continuos motivos de
discusiones que interrumpen el tono de cordialidad, que debe prevalecer en las
mutuas relaciones de pueblos que tiene entre sí tantos lazos que los unen.
El arbitraje, formula tradicional de la política de la República, es el recurso
llamado a ponerles término decoroso; e incorporándolo también en nuestras
relaciones con los gobiernos europeos, ofrece sólida garantía de que no se3
perturbará la amistad que debemos estrechar con aquellos Estados, que nos
envían con sus grandes conquistas en el progreso científico, las energías de
sus razas y de sus capitales.
El desarrollo de la cultura nacional, que en casi todos los países está
concentrado al fomento de la instrucción pública en sus diversos grados, tiene
en el nuestro una importancia más trascendental, porque el problema no es
únicamente reducir el número de los analfabetos, es otro todavía más
importante: Transformar la población de la sierra del Perú en factor activo y
consciente.
El acierto con que se resuelve este problema tendrá intensa resonancia, no diré
para el porvenir sino para el presente inmediato de nuestro país.
Mi Gobierno se preocupará tenazmente del estudio de tan interesante
problema.
En cuanto a la multiplicación de las escuelas, este gasto no puede pesar
totalmente sobre el Presupuesto General. Se hace preciso despertar la acción
municipal y la de las juntas departamentales para que todas las energías
administrativas coincidan, y se resuelva la cuestión de la instrucción popular de
la cual depende el porvenir de la República.
Compromisos muy claros he contraído también con las clases obreras. No
pasará mucho tiempo sin que someta a vuestra sabiduría los proyectos de
leyes, que juzgo inaplazables, sobre las cuestiones sociales que tengo
indicadas.
El desarrollo de los intereses materiales plantea perfectamente el problema de
la viabilidad.
La ley de ferrocarriles, que el país debe a vuestro exacto conocimiento de las
conveniencias nacionales, tendrá puntual ejecución.
Su complemento debe ser una ley de caminos carreteros, con trazos
conformes a un plan debidamente estudiado, que permita disfrutar, desde
luego, a regiones vecinas a los ferrocarriles, las ventajas de tráficos rápidos,
seguros y económicos.
La administración del Perú no debe perder un momento, a fin de preparar al
país para que, abierto el canal de Panamá, aproveche inmediatamente las
ventajas de todo orden que le reportará está obra trascendental.
Los caminos abrirán al país para su explotación. Además, nuestra costa
necesita otras medidas ya enunciadas y que indica el aumento diario que
estamos palpando del tráfico comercial, sobre todo en los puertos del Callao y
Mollendo.
La revisión de las tarifas aduaneras de Iquitos, igualándolas a las del resto de
la República para invertir los mayores productos en el fomento de Loreto y de4
toda nuestra región oriental, es otra iniciativa que debe merecer vuestra
ilustrada y preferente atención.
Nuestras fuentes de producción y de riqueza: la agricultura, la minería, las
industrias, manufactura y el comercio, deben ser contempladas por los poderes
públicos para fomentar su desarrollo por medios que están a su alcance, con la
seguridad de que los recursos que con buen criterio se inviertan en su estímulo
rendirán efectos inmediatos en el aumento de la riqueza pública.
Aspiración vehemente en nuestro país es ya que la administración desarrolle
una acción vigorosa para satisfacer sus necesidades en el orden de ideas que
acabo de enunciar y para que, satisfechas éstas; puedan dedicarse mayores
sumas en beneficio de las diversas circunscripciones territoriales.
Para arbitrar los recursos necesarios a fin de realizar aquellas obras y para
otros objetivos que vosotros y el país entero conoce, se crearon los nuevos
impuestos, que están ya en vigencia, y que el país se ha convenido a pagar,
con la esperanza de que se dediquen a su fomento.
Por lo mismo que estos impuestos implican nuevos sacrificios, deber inmediato
del Gobierno es velar porque presida un espíritu muy severo de economía en
los gastos públicos, para que se inviertan los dineros nacionales con acierto y
con provecho.
Me cupo colaborar en las leyes de los impuestos, como ministro del Gobierno
que los creó y por lo mismo me creo más obligado que nadie a ser
administrador diligente y económico.
Carece en lo absoluto de fundamento racional la especie de que durante mi
Gobierno puedan crearse nuevos impuestos.
No. El aumento de los ingresos lo espero de medidas de buena recaudación y
del desarrollo de la riqueza pública.
La marcha próspera de la administración, la eficacia de su acción impulsiva en
el camino de las reformas ofrecidas por mí, dependerá en gran parte de la
armonía que debe reinar entre las Cámaras y el Poder Ejecutivo.
He tenido ocasión de manifestar ante el país cuáles son las ideas que abrigo
sobre la acción armónica de los Poderes del Estado, sobre los criterios en que
debe inspirarse el Presidente de la República; sobre el deslinde de los partidos
políticos en las Cámaras; sobre acción de las minorías, benéfica para la
libertad política y para el orden administrativo, siempre que estén
patrióticamente inspiradas.
Ahora agregaré que el mandatario que tiene el firme propósito de no apartarse
de los senderos de la ley, verá con legítima satisfacción que las minorías
desarrollen, durante su Gobierno, la acción fiscalizadora de sus actos, actitud
que no es incompatible con la conciliación política, porque esta no supone la
desaparición de los partidos sino la armonía de sus procedimientos dentro del5
orden legal y de las conveniencias del país, conservando sin embargo cada
uno sus ideales y sus hombres.
Ciudadanos:
Que el Todopoderoso conceda al Perú días de ventura; que yo alcance a
realizar las nobles ambiciones que abrigo en mi pecho para la felicidad de mi
patria y que me quepa la inefable satisfacción de devolver esta insignia, con
honor y con aplauso de mis conciudadanos.