MENSAJE DE EL JEFE DEL NORTE, GENERAL MIGUEL IGLESIAS, A LA ASAMBLEA DE CAJAMARCA, EL 12 DE ENERO DE 1884

MENSAJE DE EL JEFE DEL NORTE,
GENERAL MIGUEL IGLESIAS,
A LA ASAMBLEA DE CAJAMARCA, EL 12 DE ENERO DE 1884
Ciudadanos Representantes:
A impulsos de mi conciencia, y fiel a las inspiraciones del más puro patriotismo,
he dado el paso político de grandes trascendencias, que os congrega en
Asamblea, como Representantes de los pueblos del norte, para decidir de sus
destinos, influyendo notablemente en la suerte general de la República.
La fatalidad, que viene pesando año tras año sobre la patria que plugo al cielo
concedernos, nos ha reducido a situación tan cruel y perentoria, que, sin un
gigantesco esfuerzo de parte de los que aún no hemos perdido la fe ni valor
para la ardua empresa que se requiere, tendremos que renunciar, quizá para
siempre, a la consoladora, esperanza de levantar un día, de entre cenizas y
escombros, el edificio moral de nuestra nacionalidad regenerada.
Si en estos instantes, solemnes y decisivos, no damos su lugar a la verdad,
por mucho que nos aflija y avergüence ¿para cuándo reservamos su culto,
único que puede conducirnos a distinguir luz de tinieblas, causas y efectos,
salvadora senda y abismos de perdición? Es preciso proclamarla tan alto,
como sea necesario para que no vuelva a darse crédito entre nosotros a la voz
de las pasiones mezquinas, que, después de empujarnos en sesenta años de
vida autonómica a un presente de confusión, de sangre y de miserias,
pretenden arrastrarnos todavía a un porvenir y esclavitud, de luto y de lágrimas.
Uno, entre muchos errores políticos, nos ha creado la situación terrible de
actualidad. Chile y el Perú, las dos Repúblicas más importantes del Pacífico,
unidas por lazos de estrecha confraternidad en 1866, para dar glorias a la
América y asegurar su brillante porvenir, por lógica fatal del modo de ser
humano, llegaron a concebir mutuos celos entre sí. La preponderancia política
en el sur del continente, fue entonces el problema que los conductores de uno
y otro pueblo se empeñaron en resolver a favor del suyo. Desde entonces, las
recriminaciones, el rompimiento y la guerra pudieron preverse. Pero también
pudieron evitarse, por medio de nobles y levantados procedimientos. El Perú y
Chile, unidos cada día por vínculos más sólidos y sinceros representaban en
América, una potencia muy capaz, como lo tenían probado, de oponer
resistencias a las temerarias pretensiones de los Estados europeos, y afianzar
para siempre el imperio de las instituciones libres en el suelo americano. Aquí,
con sobra de riquezas naturales; allá con sobra de brazo; el común provecho y
el engrandecimiento de los dos países estaba preparado por la naturaleza
misma. La disensión, la guerra, no podían traer otra consecuencia inevitable
que la destrucción de los elementos que ambos pueblos presentaban unidos
como valla a los extranjeros amagos; el aniquilamiento de dos jóvenes
nacionalidades, el escándalo y el descrédito de la institución republicana. Para
un hombre sensato, para un honrado patriota, la elección entre los opuestos
caminos nunca pudo ser dudosa. Y no obstante, se nos condujo estúpida y
miserablemente al de la ruina.2
Previniendo la guerra y cuando la razón y el patriotismo preceptuaban no
comprometerla, los políticos de ambos países la hicieron inevitable.
El crimen fue más horrible de parte de nuestros gobernantes. Chile, pueblo
unido, sensato y fuerte por los beneficios de una larga y no interrumpida paz
interna, disciplinaba sus guardias nacionales, economizaba sus temores,
conservando su crédito, adquiría poderosos elementos navales, y esperaba,
disimulando, la ocasión propicia para imponerse. El Perú, hondamente dividido
por facciones personales, prodigando locamente sus riquezas, desangrando
por una sucesión interminable de contiendas civiles, precipitó localmente los
acontecimientos, dando a Chile el pretexto que anhelada. Signó una alianza sin
adquirir los medios materiales que la hiciera eficaz y respetable, y sin arma, sin
Ejército, sin recursos de ningún género, al decretar la expropiación de las
salitreras de Tarapacá, devolviendo a Chile capital y brazo empleados en
nuestro territorio, no sólo le dio un motivo de ruptura, sino un aumento de
medios decisivos de acción. El Perú procedía sin duda, en virtud de sus
soberanos derechos, pero no se le ocultaban las consecuencias. La guerra era
inminente y nos condujeron a ella maniatados.
Cuando en marzo de 1879 se quiso hacer valer los recursos diplomáticos para
aplazar una guerra que los intereses de Chile tenían decidida, ya era tarde.
Con la seguridad de su fuerza y de nuestro desconcierto, el Gobierno de Chile
eligió el momento; nos enrostró como una felonía el tratado secreto de Lima,
cuya copia textual poseía en sus archivos y dio el paso audaz aunque bien
calculado de declarar en un día la guerra a las dos naciones aliadas.
Entonces se trató de cubrir con los gritos del entusiasmo patriótico, nuestra
debilidad material y moral. ¡Guerra! ¡Fuego! ¡Sangre! ¡A la batalla, a la victoria,
a la venganza! Y entre tanto nuestra escuadra yacía podrida o desarmada en
las aguas del Callao; apenas si había armas útiles en nuestros parques y,
síntoma más triste, los odios de facción, las rivalidades internas, las furias de
las pasiones, vivas aún ante el peligro de la patria, hacían imposible todo plan
serio y decisivo de ataque o de defensa.
Para colmo de imperdonables errores y en los momentos de comprometido el
conflicto, nuestro Gobierno devolvió al de Chile ocho mil hombres avecindados
en el Perú que corrieron a tomar las armas para regresar por la fuerza de ellas
a los hogares de que se les arrojaba, y fueron luego sus mejores soldados, con
perfecto conocimiento del territorio teatro de la primera campaña.
Tronó, al fin, el cañón en los mares con suerte tan favorable para el enemigo,
que por una corbeta de madera que destrozó el ariete del Huáscar perdimos
estrellada contra una roca, la mejor de nuestras naves.
Las proezas de Grau, manteniendo solo el honor del pabellón peruano en la
inmensidad del Pacífico, le condujeron a un sacrificio estéril y nunca bien
llorado. Chile quedaba dueño de los mares y con libre acceso a nuestras
costas. Ya era oportuno sacudirse del vértigo que presidió nuestros primeros
pasos en la guerra, pensar con sensatez en la partida que afrontábamos,3
sofocar el necio orgullo personal, y salvar en cuanto fuera posible, nuestra
desgraciada patria. Predominaron las pasiones todavía, predominaron siempre.
Nuestro primer Ejército, el mejor Ejército peruano se desorganizó sin batalla en
San Francisco, y aunque un puñado de valientes, mediante esfuerzos
verdaderamente heroicos, vengaba el ultraje en Tarapacá, se le obligó también
a emprender una retirada mortal que esterilizaba su triunfo, abandonando
heridos, armas y parque, al enemigo.
Lo que desde aquellos días fatales hemos sufrido, no tiene como expresarse.
Los Angeles, Tacna, Arica, San Juan, Chorrillos, Miraflores… sucesión de
desastres irreparables.
Un Grau, un Bolognesi, un Ugarte, cien más que suben al cielo inmortalizando
su sacrificio; y al lado de esos titanes de la heroicidad, miserables que intrigan
frente al enemigo, que conspiran, que abandonan el puesto del deber, que
especulan con la sangre y el honor del pueblo víctima ¡Qué tremenda
expiación! ¡Qué espantosos castigo!.
Tended la vista sobre lo que fue el Perú de las tradiciones fabulosas y de las
magníficas esperanzas. Las grandes ciudades del litoral, centro, no ha mucho,
de actividad, de entusiasmo y de progreso, hoy sepulcros del patriotismo,
soportando en silencio la férula del vencedor, reuniendo las migajas de sus
miserias para cubrir gabelas y cupos interminables. Mas allá pueblos
incendiados, campos yermos, talleres silenciosos, escuelas abandonadas,
viudas inconsolables, huérfanos desnudos, clamores de mendigos. Por todas
partes humillación, y lágrimas y caos.
Y ¿hay quién pretenda prolongar esta situación en nombre de la patria? ¡Qué
horrible patriotismo!.
Mientras tuvimos naves, mientras tuvimos Ejércitos, armas, recursos,
esperanzas, la guerra obstinada pudo disculparse. Más cuando absolutamente
todo, se ha agotado o perdido, mantener el estado de guerra es un crimen.
El pueblo ha dado su sangre, sus ahorros, su pan del día, conforme se lo han
exigido, con promesas delirantes de triunfo o de reparación, los que han
arbitrado de su suerte. Nada más tiene que dar. Desengañado, en cuanto al
éxito de una guerra que la han fomentado y siguen fomentándola ambiciosos
sin corazón y miserables intrigantes; de una guerra que sólo le ha traído ruina y
vergüenzas, el pueblo peruano quiere la paz. Extenuado y a merced de los que
aún conservan armas que no supieron manejar en el momento oportuno contra
el enemigo común, y sí descargarlas contra sus indefensos compatriotas;
descreído por que a cada momento sufre nuevas decepciones y se le envuelve
en nuevas farsas mal urdidas por merodeadores políticos, ve en la paz
inmediata su única salvación posible.
En estas circunstancias y como lo he manifestado en mi Manifiesto del 31 de
agosto, me encontré al frente de los departamentos del norte, cuando el último
Gobierno improvisado para salvar el conflicto, faltando a su programa y a sus4
deberes, después de haber dado la última mano al saqueo de esta región noble
y sufrida, se trasladaba a continuar en el sur el sainete ridículo de la defensa
nacional.
Todos los peruanos honrados sentían la necesidad de entrar francamente en el
periodo de la paz. La guerra interminable sólo puede conducirnos a la suprema
catástrofe. Perdidas las últimas fuentes de salud, el Perú no se levantará jamás
de la postración a que lo han conducido sus hijos locos o corrompidos.
Mientras más se prolongue la mortal dolencia, más se alejan las esperanzas de
salvación para nuestra nacionalidad agonizante. La guerra desde febrero de
1880, no se hace a Chile, sino a nuestros propios desventurados pueblos.
Faltaba un hombre de bastante grandeza de alma para decir en voz bien alta
estas verdades tremendas, y arrastrar la ira de los malvados y las
consecuencias de las veleidades y del delirio de los insensatos; faltaba un
corazón bastante abnegado para ofrecerse en holocausto a la salvación de su
patria, y al buscarle con toda la fe que inspiran las obras santas, he creído
sentirle latir dentro de mi pecho.
Con la misma nobleza que me llevó a los campos de batalla cuando aún era
posible combatir, me he puesto a la cabeza del movimiento nacional
regenerador, no para imponer a los pueblos mi voluntad individual, sino para
escuchar la suya y acatarla.
Ya es tiempo de que se dé a los ciudadanos todos, los medios a que tienen
derecho para decidir de sus destinos. No sean, de hoy más, el horrible juguete
de caudillos traficantes o dementes. Hagamos de la democracia una hermosa
realidad. Nunca es tarde para sentar las bases de una reforma radical en el
sentido de lo justo y de lo reparador.
Sin abrigar la necia pretensión de constituirme en el genio salvador del Perú, y
comprendiendo que sólo la unión de todos los elementos sanos y honrados que
aún sobreviven al general cataclismo, puede intentar con éxito la obra de paz y
de rehabilitación, os he convocado y reunido, ciudadanos Representantes, para
poner en vuestras manos, como legítimos y competentes delegados de los
departamentos del norte, la autoridad que en ellos he ejercido.
En cuanto al uso que de la autoridad he hecho administrativamente, será
asunto de una memoria especial, que tendré el honor de presentaros por
secretaría.
Vuestra misión, atento en el decreto que os mandó elegir, se concreta a dos
puntos principales.
Recibir y ejercer la autoridad que os entrego;
Resolver lo que creáis más racional y digno en el sentido de iniciar la paz con
Chile, o continuar indefinidamente las hostilidades.5
En el primer caso y respetando la unidad nacional, procurar ponerse de
acuerdo con las regiones del Centro y del Sur, para obrar de consuno o con su
anuencia.
En el segundo, si con mejor criterio, que yo, estimáis la verdadera situación del
país, adquirir los medios indispensables para combatir eficaz y gloriosamente.
Creo un deber de alta importancia insistir en llamaros la atención, sobre la
nefanda influencia que en la suerte del Perú han ejercido las incalificables
luchas intestinas, hasta en los momentos de los supremos conflictos. Mientras
las inveteradas odiosidades de bando no se ahoguen en nombre de la patria
para reunir en un sólo todo los esfuerzos de sus hijos, la empresa salvadora en
el sentido de la unificación nacional sobre la sólida base de la reconciliación de
los hombres honrados. En todos los bandos políticos, hay indudablemente
sanos elementos que utilizar. Reuníos a la sombra del pabellón de la nueva
patria.
Por mi parte, si alguna vez no he podido contener mi indignación contra círculo
determinado, por creerle causante de las desgracias que nos abrumen,
cúmpleme declarar una vez más, que no he militado ni milito al servicio de
ningún bando personal; que tanto horror me inspiran la intransigencia y el
exclusivismo en el partido que constitucional se hace llamar, como, en el que
nacional se titula; y que, si he tratado nueva política en el país, ha sido y es,
reuniendo en torno mío a todos los peruanos que busquen la regeneración de
su patria en la paz externa, y en el orden, el trabajo, el progreso y la libertad en
el interior.
Quiero decir también una palabra sobre los que juzgándome un revoltoso
vulgar, delirante de ambición, han censurado con más o menos virulencia la
patriótica actitud que asumí para convocaros y congregaros. A los que me han
calumniado por sistema, comprendiendo los móviles verdaderos de mi
conducta, los compadezco. A los que se han engañado de buena fe, los
perdono y les envío un consuelo en la lealtad de mi procedimiento ante
vosotros.
Ciudadanos Representantes:
Vuestra influencia va a ser de vida o muerte para la patria. Que el cielo os
ilumine y os conduzca.
Satisfechos mis anhelos, y al volver a mi hogar, desde donde acataré siempre
vuestras decisiones cábeme el honor de saludaros, simple ciudadano.