PROCLAMA A LA NACIÓN DEL CONSEJO DE ESTADO PRESIDIDO POR JUSTO FIGUEROLA, EL 7 DE DICIEMBRE DE 1841

PROCLAMA A LA NACIÓN DEL CONSEJO DE ESTADO
PRESIDIDO POR JUSTO FIGUEROLA,
EL 7 DE DICIEMBRE DE 1841
Peruanos:
Vuestro Consejo de Estado escuchando el voto nacional y cumpliendo sus
obligaciones, acordó la declaratoria de guerra al enemigo capital del Perú, y al
más ingrato y pérfido de sus tenientes. Al autorizar esta terrible pero necesaria
medida, no se propuso exigir de Bolivia otro sacrificio que el de prestar al Perú,
seguridades de que su antiguo tirano no tendría en ella el poder de atentar
contra nuestra tranquilidad e independencia, y que nuestra patria no volvería a
ser la víctima de sus maquinaciones aleves, y el teatro de las matanzas feroces
con que inició su usurpación. Más la Providencia parece que ha querido probar
nuestra firmeza, permitiendo que el Ejército encargado de tan noble y
desinteresada misión, experimentase un revés cuando contaba con la victoria,
y que el generalísimo Presidente y los principales jefes y oficiales, perecieran
bárbara e ignominiosamente a manos de ese pueblo que debía interesarse en
alejar para siempre al hombre funesto, o degollados por orden de ese mismo
Ballivián a quien habían favorecido en su infortunio y reconciliado con su patria.
Conciudadanos:
Desde que se supo la ejecución de estas atrocidades sin ejemplo un grito de
indignación y de furor resuena incesantemente por todo el ámbito de la
República, y desde entonces el Consejo, como intérprete fiel del sentimiento
público, se apresuró a robustecer al Gobierno para vengar los ultrajes inferidos
al honor nacional por un enemigo que se jacta de atropellar los derechos de la
guerra y de la misma humanidad. Las plegarias que nuestros compatriotas nos
dirigieron en sus crueles agonías para llamarnos a las armas, se repiten por
todos los padres, por todas las madres, por todas las esposas y por todos los
hermanos, cuyos hijos, esposos y hermanos, han pagado su deuda a la
naturaleza y a la patria. Ellos nos piden venganza en los trasportes de su dolor,
y la obtendrán sin ofensa de la moral, porque tan horrendos crímenes no deben
quedar sin escarmiento. ¡Qué! ¿Por qué un contraste que la prudencia no
previó ha destruido una parte de nuestro Ejército, se lisonjearán los enemigos
de poder disponer de nuestro territorio al antojo de su ambición para
imponernos la ley, o reducirnos a aceptar una paz vergonzosa? No, la nación
llena de confianza en su Gobierno que es el paladión de su independencia y de
su seguridad, encontrará en el patriotismo de sus hijos recursos suficientes
para rechazar pretensiones insensatas; y si la fatalidad agravara sus
desgracias hasta el punto de ser imposible contenerlas, nos sacrificaríamos
todos, antes que consentir en nuestra degradación y en nuestra infamia.
Peruanos:
Salvad la República alejando de su seno los horrores de la guerra; precaver a
nuestros hermanos del sur, del incendio, del pillaje y del asesinato, es y será el
voto del Consejo. El Perú tiene necesidad de paz, y la desea; pero la quiere

honrosa y digna; y para alcanzarla, está resuelto a emplear tanto ardimiento,
como ferocidad han desplegado sus enemigos después de la batalla.
Lima, 7 de diciembre de 1841.
Justo Figuerola, Vicepresidente.- Santiago O’Phelan.- Lucas Pellicer.- Gregorio
Cartagena.- Pedro Astete.- Juan Bautista Navarrete.- Benito Laso.- Pascual del
Castillo.- Manuel del Río.- Manuel Echegoyén.- Juan Távara, consejero
secretario.