MENSAJE DEL PRESIDENTE PROVISORIO DEL PERÚ, LUIS JOSÉ DE ORBEGOSO, A LA ASAMBLEA DELIBERANTE DE LOS DEPARTAMENTOS DEL SUD (EN SICUANI), 7 DE DICIEMBRE DE 1835

MENSAJE DEL PRESIDENTE PROVISORIO DEL PERÚ,
LUIS JOSÉ DE ORBEGOSO, A LA ASAMBLEA DELIBERANTE DE LOS
DEPARTAMENTOS DEL SUD (EN SICUANI),
7 DE DICIEMBRE DE 1835
Ciudadanos Representantes:
Habéis sido testigos de las desgracias que por largo tiempo han apurado el
sufrimiento de los pueblos y de los sucesos que han tenido lugar en la última
revolución espantosa que ha experimentado la República. Habéis escuchado,
como yo, los clamores y votos de nuestros conciudadanos; y vuestra
conciencia ilustrada con la presencia de los acontecimientos e instruida con la
exposición publicada por mí el 1 de agosto último, que tengo el honor de
presentaros, me excusaba de renovar su memoria; sin embargo, creo de mí
deber llamar vuestra atención sobre el estado actual del Perú e indicaros las
medidas, que a mi juicio, deben terminar tantas calamidades.
Desde que la traición consiguió usurpar la autoridad suprema de la República,
la Constitución y los poderes creados por ella han sido impotentes para hacer
la dicha del país y contener las pasiones desencadenadas que se
desarrollaban con fuerza en un Estado naciente. Corrompidos o violentados los
Representantes del pueblo para colocar en la primera magistratura del Estado
a los primeros autores de la revolución infausta del año 1829; abierta la carrera
del crimen para obtener el supremo poder de la República; premiados los
rebeldes por el mismo Cuerpo Legislativo que debía ser el custodio fiel de la
Constitución y de las leyes; obligados los primeros mandatarios a transigir con
todos los partidos y con los hombres más perversos para conservar por medio
de los crímenes el poder que habían alcanzado por los crímenes mismos;
sofocada la opinión pública por una soldadesca inmoral, indisciplinada y
educada en los delitos, los pueblos inermes y sin vigor para reclamar sus
derechos; el Perú no podía gozar de tranquilidad, sus instituciones debían ser
constantemente violadas, la autoridad debía carecer de los homenajes que la
hacen respetable, los empleos debían ser el objeto de un tráfico criminal, las
arcas de la hacienda debían estar abiertas para acallar la voz de los
descontentos; y en tal estado de una desorganización general las rebeliones,
una vez legalizadas, debían sucederse unas a otras, como las oleadas del mar
y destruir la administración pública contra la cual, cualquiera que fuese la mano
a la que se confiase, había conjurados tantos y tan opuestos elementos.
En circunstancias tan difíciles, la Convención Nacional, forzando mi
repugnancia natural a mandar, me encargó del gobierno de la República; y, a
pesar de mis renuncias, me obligó a hacer sacrificio de mi persona en el
incendio general, que principiando de la capital, debía abrazar hasta los últimos
confines de la República. La rebelión del 3 de enero de 1834 confirmó mis
temores y aunque ella fue sofocada luego y restablecido el orden;
conservándose los mismos elementos de destrucción y reducido el Gobierno a
la impotencia de prevenir según las leyes o reprimir por la fuerza los delitos,
debían estallar otras y otras revoluciones que se fomentaban en la capital y los
departamentos. Me lisonjeé, sin embargo, de contener su estallido, aunque